“El caso de Richard Jewell”

En un concierto en el Centennial Park en Atlanta, Estados Unidos (1996), durante la celebración de las Olimpíadas, Richard Jewell (Paul Walter Hauser), guardia de seguridad, descubre una mochila con una bomba casera. Celoso en el cumplimiento del deber evita una matanza, y se convierte en héroe de la noche a la mañana; cuando un agente del FBI (John Hamm) filtra a la prensa que Richard responde al perfil del típico terrorista, el obeso Richard, que aún vive con su señora madre (Kathy Bales), se ve satanizado y perseguido por los medios.

Richard Jewell (E.U., 2019), basada en un artículo, comprueba que a sus casi 90 años Clint Easwood mantiene el pulso firme y la mente despejada para contar historias morales de manera directa, sin artificios; en la mira del eterno vaquero se halla siempre la autoridad, no la que está para mantener el orden y proteger al ciudadano, sino la que abusa del poder y pone en riesgo los valores americanos que el realizador defiende abiertamente. Vale suponer que la historia de Jewell, y la personalidad de ferviente servidor de la ley –mezcla de boy scout y antipático guardián del orden–, representaban una joya irresistible para el director de Poder absoluto (1997).

No es fácil abrazar a este niño gordo de mamá, y Eastwood no se esfuerza por venderle al público una imagen de hombre de buen corazón; lo que se ve es lo que hay, le gustan las armas y su ideal máximo es ser policía, pues Jewell encarna un ideal americano de ley a punto de extinción o un mito imposible. Es a través de la relación con su progenitora, magnífica Kathy Bates, desesperada no por proteger a su hijo, sino porque no puede protegerlo; con el abogado Bryant (Sam Rockwell), el otro personaje que ayuda a expresar la esencia de Jewell, es la mera sensatez, y la falta de ambición, lo que le ayuda a ponerse a la altura de su cliente y amigo.

El mal lo representan el FBI y la prensa, Eastwood explota el estereotipo de John Hamm en la serie de Mad Men, calculador e inteligente, para provocar un chasco con la imagen de un agente autoritario y sin escrúpulos; Kathy Scruggs (Olivia Wilde), reportera del Atlanta Journal, extrae la información del agente para dar un brinco en su carrera.

La insinuación, en la película, de que Scruggs ofrece sexo a cambio, ha provocado indignación tanto en el periódico de Atlanta como en las filas del MeToo; la actriz se justifica, pues su prestigio está en juego, con decir que existía una relación desde antes con el agente de FBI. Clint Eastwood presenta a Scruggs y a su colaborador como un par de felinos, en una toma la sombra de la persiana filtra los ojos de pantera de Olivia Wilde. La verdad es que esta imagen de mujer fatal de cine negro queda a medias, ni la exonera ni va lo suficientemente lejos, una simple pedrada. 

Si la crítica a la ceguera del FBI y al cuarto poder, los medios, suena a Trump, es mera coincidencia; Clint Easwood no es un demagogo, tiene claro que la persecución de la prensa amarillista y la televisión de hace un cuarto de siglo no han hecho más que fermentar mejor en las redes sociales. No puede perderse de vista que el acoso que sufre Richard Jewell es tan absurdo como la fabricación histérica del héroe. Sam Rock­well, por su parte, se sale por la tangente con el comentario de que Richard Jewell es una película narrada a la antigua; habría que ver qué entiende por cine moderno.