A un año de que Juan Guaidó se proclamara “presidente encargado” y anunciara la inminente caída de Nicolás Maduro, todos los intentos para defenestrar al mandatario –aislamiento diplomático, amenazas de invasión militar, sanciones económicas y hasta un eventual golpe de Estado– han fallado. Y dos terceras partes de los venezolanos –invadidos por la desesperanza y que incluso han empezado a huir del país– responsabilizan al presidente de origen chavista y a su gobierno del desastre económico, político y social que vive el país… pero viven resignados a esa realidad.
BOGOTÁ.- A un año de que el diputado opositor Juan Guaidó se autoproclamara “presidente encargado” de Venezuela, con la promesa de sacar del poder al mandatario Nicolás Maduro, el sentimiento predominante en ese país es la desesperanza.
Guaidó y sus aliados internacionales –principalmente Estados Unidos, Colombia y Brasil– crearon la expectativa de que el régimen que encabeza Maduro llegaría a su fin en los primeros meses de 2019, pero la estrategia para lograr ese propósito falló de manera estrepitosa.
El gobernante chavista, cuya “inminente” caída era proclamada hace un año por varios dirigentes opositores, no sólo consiguió mantenerse como presidente de Venezuela, sino que se afianzó en el poder.
Y esto es un balde de agua fría para las dos terceras partes de los venezolanos quienes, según todos los sondeos, responsabilizan a Maduro y a su gobierno del desastre económico, político y social que vive el país y, en consecuencia, quieren un cambio.
En los últimos 12 meses Guaidó y el grupo de países que lo apoya lo intentaron todo: aislamiento diplomático, ingreso de “ayuda humanitaria”, amenazas de invasión militar, sanciones económicas al gobierno y a sus principales figuras, el quiebre de lealtades en la Fuerza Armada y hasta un golpe de Estado.
Incluso la OEA está preocupada y ya convocó a una sesión extraordinaria para abordar el último giro de la crisis política venezolana.
Y nada de eso ha funcionado. Maduro y el régimen siguen allí, al mando del país. Guaidó enfrenta traiciones y escándalos de corrupción en la alianza opositora que lo llevó a proclamarse “presidente encargado”. Y los venezolanos sufren hambre y pobreza y huyen masivamente a otras naciones.
El salario mínimo, que equivale a 2.50 dólares mensuales, apenas cubre 3.5% del costo de la canasta básica familiar; más de la tercera parte de los niños de los barrios pobres sufren desnutrición crónica, y 87 de cada 100 hogares reportan privación alimentaria, según un estudio de Cáritas.
La ONG católica considera que Venezuela registra “una emergencia humanitaria compleja, persistente, enquistada y olvidada” y que la “precariedad humanitaria” es parte de una “nueva normalidad”.
El sello de esa “nueva normalidad” es el desánimo: 69.4% de los venezolanos vive decepcionado, molesto, desilusionado, triste o deprimido, según una encuesta realizada por la firma Delphos para la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).
El sondeo, divulgado el mes pasado, indicó que sólo 26.7% de los venezolanos son felices o tienen esperanza en que la situación mejorará.
Para el director del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la UCAB, Benigno Alarcón, ese estado de ánimo responde al incumplimiento de las expectativas de cambio que se generaron el 23 de enero de 2019, cuando Guaidó se autoproclamó “presidente encargado” de Venezuela.
Ese día, el dirigente opositor aseguró que lograría “el cese de la usurpación (de Maduro), un gobierno de transición y tener elecciones libres”.
Pero hoy esa promesa resulta poco creíble para la mayoría de los venezolanos. Según la encuesta de la UCAB, sólo 18.6% de la población cree que eso es posible y 60% descarta o duda que pueda producirse un cambio de gobierno en los próximos 12 meses.
“Guaidó creó expectativas muy altas, y no sé si eso fue un error o una necesidad del momento, pero lo que es un hecho es que lo que él planteó en ese primer momento (el 23 de enero de 2019) no funcionó como lo había previsto. Eso explica la desesperanza que estamos viendo”, dice Alarcón a Proceso.
Para el abogado y maestro en seguridad, este es “un juego que sigue en desarrollo porque ninguno de los dos jugadores ha dado jaque mate: la oposición no ha logrado el ‘cese de la usurpación’ y el gobierno no ha podido derrotar a Guaidó”, reconocido como presidente por medio centenar de países.
Nuevo orden interno y mundial
Maduro ha sorteado la crisis con el respaldo de China, Rusia y la cúpula de la Fuerza Armada, que demostró su adhesión al régimen durante el fallido golpe de Estado del 30 de abril pasado, el cual fue alentado por Estados Unidos, Guaidó y el exjefe de la inteligencia estatal, general Manuel Cristopher Figuera.
Víctor Manuel Mijares, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, señala que la oposición y sus aliados internacionales apostaron a un cambio político basado en la fractura de la cúpula cívico-militar que gobierna a Venezuela.
“Esto claramente no se logró y creo que el error garrafal de Guaidó, Estados Unidos, Colombia y Brasil (los países duros de la coalición contra Maduro) es que no tuvieron una lectura acertada de los cambios que se han dado en Venezuela y en el mundo en los últimos años”, señala.
El doctor en ciencia política por la Universidad de Hamburgo dice que Maduro controla el Estado venezolano y se ha visto favorecido “por la desintegración de la institucionalidad”.
También, sostiene, ejerce “un control muy importante” de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y esto hace “poco probable” que se dé la coordinación táctica que requieren las distintas unidades militares para ejecutar un golpe de Estado.
Por esto, agrega, falló la intentona golpista del 30 de abril de 2019 “y eso acabó por fortalecer a Maduro, quien demostró que tiene la capacidad de sostenerse políticamente en el cargo y que cuenta con el respaldo de la cúpula militar”, lo que “limita las posibilidades de Guaidó de llegar al poder”.
El especialista en derecho y política internacional de la Universidad Central de Venezuela considera que el caso venezolano demuestra que en los últimos años se configuró un nuevo orden internacional en el que China, Rusia y la India tienen un nuevo protagonismo.
“Y en Latinoamérica”, asegura, “seguimos creyendo que Estados Unidos tiene la voluntad y la cohesión interna para lograr una operación exitosa fuera de sus fronteras, y no es así. Washington no tiene una política externa coherente ni la capacidad para lograr en el mundo cambios drásticos importantes.”
Y el Grupo de Lima, que congrega a los países latinoamericanos que desconocen a Maduro como presidente, “está desintegrándose en la práctica y ha dejado a Colombia con todo el peso de la operación” contra el régimen venezolano.
Brasil, por su parte, donde hace un año asumió la presidencia el ultraderechista Jair Bolsonaro, “se ha venido desentendiendo de todo lo que tiene que ver con el apoyo a la oposición venezolana, que ha quedado en el terreno diplomático, pero sin mostrar mayor interés”, afirma Mijares.
Para el profesor de la colombiana Universidad de los Andes, el caso de Venezuela indica “cómo se están moviendo las fichas en el mundo y cómo occidente ya no tiene esa fuerza que tenía antes para imponer soluciones en el marco de los valores liberales y democráticos”.
Considera que eso explica en parte “la resiliencia autoritaria tan tenaz, tan fuerte, de un régimen como el de Maduro, que parece quebrado, pero que política y económicamente tiene todavía muchos instrumentos para sostenerse en el poder”.
Y esto lo lleva a pensar que “va a ser muy difícil” que tenga éxito el intento de Guaidó y de Estados Unidos de lograr una transición en Venezuela. “Creo que no están dadas las condiciones para que esa estrategia funcione, al menos en el corto y en el mediano plazo”, afirma Mijares.
Crisis que favorece al régimen
El quiebre de la economía venezolana no tiene precedente en la historia moderna de América Latina. El PIB del país se ha desplomado 62.2% respecto del nivel de 2013 y este año se contraerá otro 14%, según estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).
Esto quiere decir que el PIB, que en 2013 fue de 267 mil 94 millones de dólares a pecios constantes de 2010, será a finales de este año de 87 mil 776 millones de dólares, lo que explica el agudo empobrecimiento de las familias y el desfonde de las arcas estatales.
El sector público venezolano está en una virtual cesación de pagos y tiene cerrado el acceso a créditos internacionales. La industria petrolera estatal, que genera 98% de las divisas, tiene los más bajos niveles de producción en 50 años.
En 2019 cayeron 36% las exportaciones de crudo respecto a 2018, que ya había sido un año crítico para la estatal Petróleos de Venezuela.
El director del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la UCAB, Benigno Alarcón, considera que la severa crisis económica es una de las razones que contribuyen a que Maduro mantenga el poder, porque es él quien tiene el control de las divisas.
En una nación donde el aparato productivo está colapsado, sólo el gobierno tiene divisas para importar alimentos, medicinas y bienes de consumo, los cuales distribuye de manera clientelar a través del Ejército y del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela.
La alta dependencia que tienen la mayoría de las familias de los subsidios estatales ha terminado por fortalecer al madurismo. Y Maduro no sólo dispone de los ingresos petroleros.
De acuerdo con Alarcón, una parte importante de los recursos gubernamentales proviene de actividades “que no son ni del todo transparentes ni del todo legales”.
Esto incluye, dice el investigador de la UCAB, “contrabando de gasolina, narcotráfico, minería ilegal y corrupción”.
El economista Asdrúbal Oliveros, director de la consultora Ecoanalítica y analista del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la UCAB, estima que en 2018 la “economía negra” generó 14 mil 400 millones de dólares, equivalentes a 32% de los ingresos de divisas al país ese año.
Según Oliveros, esa cifra creció en 2019 y continuará al alza este año.
El impacto de esa “economía negra” en las arcas estatales ha terminado por distorsionar las cuentas nacionales. Tanto, que organismos internacionales, como la Cepal, no tienen forma de determinar los ingresos y los gastos públicos de Venezuela.
Entre resignación y éxodo
Según la encuestadora Delphos, Maduro sólo tiene el respaldo de 14% de la población, pero ha logrado que dos de cada tres venezolanos no tengan ninguna expectativa de cambio. La mayoría de los habitantes del país se debaten entre la resignación, la desesperanza y el deseo de salir al extranjero en busca de mejores condiciones de vida.
De acuerdo con datos de la ONU, en los últimos años han abandonado el país 4.7 millones de personas y esa cifra llegará a 6.5 millones al final de 2020, lo que equivale a 22% de la población.
Los migrantes se han convertido en un alivio para la precaria situación de miles de familias. Según Ecoanalítica, el año pasado Venezuela recibió remesas del exterior por 3 mil 700 dólares, equivalentes a 4.2% del PIB.
Este flujo de divisas y los dólares de la “economía negra” han contribuido a que la moneda nacional, el hiperdevaluado bolívar, sea cada día más irrelevante en las transacciones económicas.
Más de la mitad de las operaciones cotidianas de compraventa en las principales ciudades ya se realiza en dólares o en euros, estima Ecoanalítica.
Por lo pronto nada indica que la crisis económica, política y social tienda a ceder a lo largo de 2020. Por el contrario, la conflictividad aumentó los primeros días de enero.
El domingo 5 el régimen montó un cerco militar en torno a la Asamblea Nacional y cooptó a diputados opositores para impedir que Guaidó fuera reelecto presidente del organismo legislativo.
El diputado Luis Parra –cooptado por el régimen junto con otros 17 legisladores de la oposición, con maletines de dólares y euros, según denunciaron varios de sus colegas– fue elegido presidente de la Asamblea Nacional en una sesión que careció del quorum indispensable.
Y Guaidó logró el martes 7 ingresar al recinto legislativo y ser reelecto presidente de la Asamblea Nacional, lo que le permite seguir ostentándose como “presidente encargado” de Venezuela.
Alarcón considera que la maniobra del gobierno fue “tan burda” que sólo obtuvo “pérdidas” y propició “una reoxigenación de Juan Guaidó”.
Lo que viene es una convocatoria del oficialismo a nuevas elecciones legislativas, que pondrá a la oposición en el dilema de participar o no en esos comicios.
Si lo hace, se arriesga a que el madurismo, que según la oposición controla el Consejo Nacional Electoral, active la maquinaria clientelar que le ha hecho ganar las elecciones de gobernadores (en 2017) y de presidente (en mayo de 2018, cuando oficialmente Maduro logró reelegirse).
Y, si no participa, se expone a que el oficialismo se quede con todos los escaños del Parlamento, lo que ya ocurrió en los comicios de 2005.








