Esta ópera maravillosa fue compuesta por Jacques Offenbach (1819-1880). Se estrenó en la Opéra-Comique de París (sin el acto de Giulietta) un año después de la muerte del autor, quien no alcanzó a completarla.
Hubo un preestreno a piano en su casa en mayo de 1879, y tras el debut se hicieron más de 100 representaciones, cantidad envidiable que demuestra el éxito de esta obra.
Jacques Offenbach (su nombre original era Jakob Eberst) nació en Deutz, Alemania, en una familia judía. Sus padres: Isaac Juda Eberst (músico) y Marianne Rindskopf, cambiaron su apellido por Offenbach, ciudad natal del primero. El joven Jacques aprendió violoncello y violín. Se trasladó a París, donde pasó el resto de su vida, donde estudió con Luigi Cherubini. Fue cellista de varias orquestas, como la de la Opéra-Comique.
Su obra póstuma, Les Contes d’ Hoffmann, fue orquestada por Ernest Giraud, pero un incendio el año de su estreno destruyó las partes orquestales. Se volvió a ejecutar en 1893, luego en 1911.
Esta obra tiene un prólogo, tres actos y un epílogo. Es un poco confusa, pues los tres actos no tienen nada que ver entre sí; se trata de historias muy independientes, salvo que en ellas aparece Hoffmann como protagonista. El acto uno trata de Olympia, la muñeca que podemos también ver en el ballet Copelia (de Leo Delíbes), proveniente del cuento “El hombre de arena” (Der Sandmann) del propio E.T.A. Hoffmann. El segundo acto trata sobre Antonia, y el tercero sobre Giulietta, y sus fuentes son Rath Krespel o El violín de Cremona (Consejero Krespel), Das verlorene Spiegelbild (El reflejo perdido) y “Klein Zaches, genannt Zinnober”. Conviene leerlos; hay varias ediciones en español de Los cuentos de E.T.A. Hoffmann.
La Ópera de Bellas Artes se lució con la presentación de esta complicada pieza, protagonizada por el mexicano Jesús León, de pequeña pero bella voz, musicalidad, buen desempeño actoral, muy grato su Hoffmann.
Cassandra Zoé cantó La Musa y Nicklausse, ha madurado mucho su voz de mezzosoprano, acaso es quien mejor cantó.
Encantadora la soprano rumana Letitia Vitelaru –a quien ya habíamos visto en Bellas Artes como la Susana de Las Bodas de Fígaro el año pasado–, quien interpretó las cuatro heroínas de Hoffman; se lució actoralmente, pero sobre todo con su impecable canto, especialmente el de la muñeca Olympia.
Philip Horst, bajo barítono norteamericano, cantó a Dapertutto, Copelius y los otros diablos, muy bien; buena presencia musical, estupendos y sonoros agudos, pero los graves ahogados no muy audibles.
Víctor Hernández actúa a la perfección y su francés es de primera, posee una bella voz. Estos personajes (Spalanzani y Schlemil) los borda.
Estupendos los demás coprimarios Rosendo Florez, Violeta Dávalos, Carlos Santos, Enrique Guzmán.
Muy correlón el director orquestal Jonas Alber. La dirección escénica de Benjamín Cann: brillante de pronto, confusa y amontonada a ratos, orgías innecesarias todo el tiempo.
La escenografía de Jorge Ballina, genial, hermosa como siempre, pero al usarla todo el tiempo abona a la confusión.
Con todo, el balance final fue gozoso.








