“Bacurau” en La Muestra

La 67 Muestra Internacional de la Cineteca cierra con Bacurau (Brasil-Francia, 2019), Premio del Jurado en Cannes, filme escrito y dirigido por Kleber Mendoça Filho y Juliano Dornelles, una carta manchada de sangre al gobierno de Bolsonaro.

Ocurre en un futuro próximo: Una mujer regresa a su pueblo, Bacurau, sitio alejado en el norte de Brasil, para asistir al funeral de su abuela, matriarca del lugar; a poco la gente cae en cuenta de que Bacurau ha desaparecido del mapa, no se encuentra en google y los celulares no funcionan; extraños drones, platillos voladores comienzan a aparecer, un grupo de americanos irrumpe con la intención de cazar y exterminar a los habitantes.

Es apenas el tercer largometraje de Kleber Mendoça, y su estilo, inquietante e ingenioso, se reconoce ya por su sátira contra el abuso del poder; Bacurau combina la claridad de un panfleto político con el ensayo etnográfico, todo con la sutileza de un poema coral, sin protagonista único, con cerca de veinte personajes, cada uno con un rol y una voz que apoya la de los demás. Ya sea la médico del pueblo, Domingas (Sonia Braga), o la prostituta local, o el viscoso político local Tony Jr (Thardelly Lima), o el guerrillero, típicos todos de la literatura latinoamericana, pero aquí cada uno sirve de contrapunto al otro.

Dentro del formato de drama en tres actos, base de la eficacia narrativa de Hollywood, Kleber Mendoça y Juliano Dornelles utilizan géneros diferentes para cada acto; la primera parte transcurre de manera plana, naturalista si no fuera por algunas licencias propias del realismo mágico –como la del ataúd de la anciana matriarca chorreando agua desde dentro–. El tono cambia en la segunda parte, casi sin diálogos, y con acción propia del thriller americano pero con una ambientación que recuerda el extrañamiento, terror colectivo, de las películas de John Carpenter. Las fuerzas se desencadenan en el tercer acto, en el enfrentamiento entre los invasores la sangre no se escatima.

Drama social, western post-moderno, relato fantástico, ciencia ficción, para ilustrar una parábola social; las metáforas políticas son obvias, la desaparición del pueblo, desaparición de los derechos de sus pobladores, exterminio del Amazonas, pero la manera de experimentar con los géneros recuerda a Jim Jarmusch en su reciente Los muertos no mueren, donde las reglas del código del género –un alfabeto que el espectador entiende perfectamente–, sirven para explicar ideas sociales, el grotesco político en el caso de Jarmusch, o en el caso de Kleber Mendoça la injusticia, la corrupción, y el derecho de defenderse contra la tiranía y la opresión, en la línea más clásica, la de Lope y Cervantes, pero visto desde el espacio. 

Parecería que en estos tiempos de desmesura y cinismo político, ciertos realizadores recurren al lenguaje más simple del cine que aman para llegar a la conciencia del gran público. Claro que se requiere de mucho talento para hacer un collage de géneros, primero hay que conocer el pasado, por eso el museo de historia de Baracau es más importante que la iglesia del pueblo; segundo, un talento con el uso de la cámara y del ritmo de la imagen, donde luz y sonido funcionan como metáforas morales de bondad o de oscuridad. Todo lleno de humor y desparpajo.