“Los muertos no mueren”

El título en español de The Dead Don’t Die (E.U., 20) traduce bien el martilleo de consonantes del original en inglés, la robotización que sugiere la imagen del zombi con la que juega Jim Jarmusch para ilustrar el talante político de una sociedad pasmada con sus propios íconos. Claro que la admiración de Jarmusch por creadores del género como George A. Romero, aunada a su delicioso humor con el desfile de sus actores fetiches, tales como Bill Murray, encantadores como héroes o villanos, anula el efecto crítico.

En un pueblo americano podría ser cualquiera, Centerville –donde todos los habitantes se conocen entre sí–, los oficiales Cliff Robinson (Murray) y Ronnie Peterson (Adam Driver) atienden la denuncia del hurto de un pollo; a poco notan que el tiempo y el espacio se han alterado, los animales se comportan de forma extraña, el mundo cambió de eje y los muertos comienzan a salir de sus tumbas; la estación de radio toca una melodía de Sturgill Simpson, “The Dead Don’t Die”, Ronnie comenta que es la canción del filme que se está viendo. 

La mitología del zombi es reciente, apenas cumplió cincuenta años, La noche de los muertos vivientes (1968) de Romero definió la estructura para siempre, un virus raro o alguna alteración energética provoca que los muertos se animen y se alimenten de los vivos; la crítica a la sociedad de consumo, a la falta de criterio personal, es obvia, el remedio es vomitivo, imágenes de gore, cerebros devorados, vísceras, sangre y humores viscosos. Mucho de la paranoia y el heroísmo del Western recoge el género, grupo de vivos acosados por hordas de salvajes con intención caníbal, héroes improvisados con pocas armas y municiones.

El cine de zombis no tiene nada de sutil, y no hay por qué exigirle a Jarmusch, capaz de asomarse a abismos metafísicos como Dead Man (1995), profundidad en lo grotesco; su aproximación a cualquier tipo de género siempre ha sido iconoclasta, y Los muertos no mueren no es la excepción; debido a eso el espectador puede sentir que las reglas fallan y que la cinta brinca, hacia el final, de forma arbitraria a otra especie de cine. El zombi es todo lo opuesto al glamour del vampiro que el director explota en Sólo los amantes sobreviven (2013).

En declarado homenaje a Romero, Jarmusch muestra un Pontiac modelo 1968, no evita pasar por los hermanos Coen –maestros en representar el carácter y el ritmo de esos pueblos americanos, extravagantes de tan simples–, o por el horror y la ironía de David Lynch; el humor con el que opera esta historia proviene de la resistencia al cambio de ritmo y hábitos de sus pobladores, y más, de la tendencia a normalizar lo descabellado, como cortar cabezas con el estilo de un buen bateador.

Si el cine de zombis mantuviera la obviedad de su premisa, el género estaría condenado al aburrimiento y a anularse, a auto-devorarse, por eso se vale cada vez más del humor; de por sí, el zombi es una caricatura horrenda, por eso el poeta que habita al autor de Paterson (2016) convierte la repetición de gestos y frases de los muertos vivientes en ritmos y juegos coreográficos. Por lo visto, Jim Jarmusch es incapaz de hacer una película de horror