LA Phil en Bellas Artes

La Orquesta Filarmónica de Los Ángeles (LA Phil), sin duda una de las mejores orquestas norteamericanas, está celebrando sus cien años de fundación y diez bajo la batuta del joven venezolano Gustavo Dudamel (1981); parte del festejo es esta gira por México donde se presentan en Bellas Artes y en el Auditorio Nacional.

El segundo concierto tuvo un par de atractivos adicionales: la pianista china Yuja Wang (Pekín, 1987); un prodigio de técnica y musicalidad, y la obra de la mexicana Gabriela Ortiz (1964) Téenek–Invenciones de Territorio, obra comisionada por LA Phil que abrió el programa.

Gustavo Dudamel dirigió la obra de Gabriela Ortiz de una manera más que solvente; se trata de una partitura orquestal de doce minutos aproximadamente, nada fácil, sin concesiones. Gabriela Ortiz ya domina plenamente la técnica de la orquestación para sinfónica y lo demuestra con las bellas combinaciones tímbricas y rítmicas que Dudamel supo destacar hábilmente, consiguiendo una versión muy grata para el oído, lo que se debe también a la naturaleza misma de la obra: música que sin dejar de ser contemporánea se puede escuchar y asimilar, comprender desde la primera audición. Buena obra de Gabriela Ortiz.

Siguió el programa con la obra para piano y orquesta Must the Devil Have All the Good Tunes? del compositor estadounidense John Adams (1947), obra escrita para Yuja Wang y LA Phil por encargo de la propia orquesta. No es de ninguna manera uno de los conciertos para piano favoritos del público. Hubiera sido mejor si vamos a escuchar a esos portentos Yuja Wang y LA Phil, que tocaran uno de los tradicionales y maravillosos conciertos del repertorio tradicional (de Chopin, Bach, Mozart, Tchaikowsky, Beethoven, Brahms…  por mencionar sólo algunos). Pudo haber sido Yuja Wang el plato fuerte del concierto; pero la elección de la música no ayudó para ese propósito. 

Después del concierto de Adams, Yuja Wang nos obsequió un par de encores de antología: “La danza de los espíritus de la ópera” de Glück (1714-1787) Orfeo y Eurídice, y una obra que si no me equivoco es de Prokofiev, el final de una sonata. Esas dos piezas de regalo justificaron la visita de la señorita Wang.

Hay que destacar que la carrera de Gustavo Dudamel ha sido meteórica, plena de logros y triunfos; fue violinista concertino de la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela, y con ella se presentó por primera vez en el Palacio de Bellas Artes de la CDMX en 1996. Tenía entonces Dudamel quince años. Lo hemos visto en nuestro máximo recinto dirigiendo la Orquesta Simón Bolívar, la orquesta Filarmónica de Viena y ahora la Filarmónica de los Ángeles, cargo que desempeña desde 2009.

El plato fuerte fue después del intermedio, fue la archi-famosa Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky (1882–1971). Esta obra fundamental en el repertorio de las orquestas es todo un tour de force, que Dudamel dirigió de memoria y con estupendos resultados, mismos que no hubieran sido posibles si la Orquesta no fuera una agrupación como un portaaviones; todas las secciones: alientos, metales, percusiones y cuerdas son notables por su sonido, habilidad técnica, virtuosismo y cohesión. Una orquesta centenaria, comprometida con su comunidad y dócil, maleable con su actual director.

¿Ruidosa y estridente La Consagración de la Primavera a ratos? No lo creo, así es la obra, así lo pide el autor. Se trata en realidad de una pieza de danza contemporánea que ocasionalmente se presenta con diversas coreografías, pero que las más de las veces se escucha en su versión orquestal, sin baile, o a dos pianos como en su estreno absoluto, en París en 1911 y que llevaba en los pianos al autor Igor Stravisnky (1882-1971), y al pianista y compositor francés Claude Debussy (1862–1918).