“La vida aquí es un infierno, pero tenemos que ganarle”, sentencia Mina (Betalehem Asmamawe), joven de 16 años, frente a Eli (Yohanes Muse), hermano adoptivo, y primer amor, que vive escondido en una enorme higuera.
Es el año de 1989, la guerra civil arde en Etiopía, tanto el ejército de la junta militar (Derg) como las milicias rebeldes secuestran jóvenes para entrenarlos y obligarlos a combatir, por eso la pareja defiende su trozo de paraíso en ese pueblo de las afueras de Adís Abeba.
Si hay paraíso, hay pérdida. El tema de esta ópera prima de Aalam-Warqe Davidian El árbol de higo (Etz Tana; Alemania-Etiopía-Francia-Israel, 2018) es el fin de la inocencia; el contexto es la guerra, el éxodo de la población judía etíope que reclama ser aceptada por Israel. El relato es autobiográfico en parte: a los once años la realizadora tuvo que emigrar con su familia a Jerusalén, y ahora regresa a su tierra natal para contar esta historia que escribe y dirige con actores no profesionales.
Con El árbol de higo Davidian presenta el rol fundamental que la mujer asume durante la anarquía en tiempos de guerra; la abuela de Mina sostiene la casa y la permanencia del hogar mientras tramita pasaporte y permisos para viajar a Israel, el oficio de prestigiada tejedora funciona como metáfora de coherencia. El padre se haya ausente, la imagen masculina de los solados de uno y otro bando es brutal, y la promesa de virilidad de los jóvenes se ve amenazada en la raíz misma, como el hermano de mina con un brazo mutilado. El instinto de la adolescente entiende el peligro que corre Eli, compañero de juego, hijo y amante de esta mujer que despierta a la vida.
Aunque la niña vive solo el momento, sabe que el reloj de la bomba corre en cuenta regresiva; escuela, tareas en casa, y escapada cotidiana para encontrarse con Eli en aquel pequeño vergel, Shula, palabra rica en connotaciones en las lenguas semitas, de la cual el amárico, lengua oficial de Etiopía, una de las más bellas, el significado va desde llama hasta paz; hormonas y armonía (la sulamita del “Cantar de los cantares”, por ejemplo). Davidian logra que su actriz, reclutada entre la población local exprese, fuerza y vulnerabilidad, angustia y deseo.
Pese a la riqueza del simbolismo del árbol, vida, mito bíblico, futo prohibido, Davidian nunca pierde de vista el realismo del ambiente de guerra, la pobreza y la amenaza de las hambrunas a las que Etiopía ha estado sujeta; la cámara documenta vida cotidiana y costumbres, diferencias culturales y políticas, el espectador experimenta un tanto de la confusión que padece la población, y solo gradualmente comprende la situación de esos judíos que viven ahí desde el siglo IV, o de los cristianos, como Eli y su madre, sin salida.
Y ya sean judíos, cristianos, comunistas o fascistas, Mina tiene que ser testigo del egoísmo y la falta de compasión de la gente que niega la realidad, como ilustra el episodio del soldado sin piernas colgado de un árbol que descubren Mina y Eli; el hombre intentó suicidarse, tarda un tiempo en volver en sí, para luego ser ignorado de nuevo colapsado en medio del camino. Con este relato directo y sencillo, Davidian reconcilia su pasado africano y expone el conflicto de la migración, tan doloroso es irse como quedarse.








