Discípulo y amigo de Gilberto Aceves Navarro, el pintor, grabador y escultor Gabriel Macotela, despidió a su maestro, “un gran artista, y sobre todo un guía acertivo y cariñoso que como pocos logró dividir su tiempo entre la producción de obra y la docencia”.
Macotela (Guadalajara, Jalisco, 1954) fue uno de los primeros alumnos de Aceves Navarro, lo conoció en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos. Y así lo recordó en el acto-homenaje que le rindió la Secretaría de Cultura a través del INBAL en el Palacio de Bellas Artes, cuando lo despidió el gremio cultural así como la comunidad de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, hoy Facultad de Bellas Artes y Diseño de la UNAM, en donde impartió clases de 1971 al 2012.
“Él fue un caso sui generis como maestro y artista, tenía una capacidad única, casi extraña de enseñar porque gran parte de su vida la dedicó a eso, yo creo que pocos artistas en la historia de la pintura en el país le han dedicado tanto tiempo a la enseñanza. Sin sus consejos y su forma de enseñar muchos de nosotros no habríamos sido pintores. Tenía la capacidad de hacernos ‘ver’. La esencia de su obra fue el dibujo y nos transmitió eso, pues por el dibujo llegamos a todo… Tenía una concepción adelantada, moderna, contemporánea que era única; un hombre culto que además amaba a los pintores jóvenes, te guiaba en tu carrera, te seguía, no he conocido a nadie con tal disposición”.
–¿Con qué recuerdo se queda de Aceves Navarro?
–¡Hijole! Es que tenía un sentido del humor único, te morías de risa, era casi como un niño, muy juguetón.
“Debo confesar que al principio me costaba mucho trabajo entenderlo, yo venía de la Escuela de la Esmeralda que era una escuela muy tradicional. Estuve ahí dos años, tenía maestros de cultura tradicional, de la academia mexicana, así que fue un contraste muy fuerte cuando llegué a San Carlos siendo muy joven y ahí creo que fue la mejor época de la escuela.”
Entre sus profesores menciona a Manuel Felguérez, Vicente Rojo, Francisco Moreno Capdevila, y Sebastián, quien era uno de los más jóvenes.
“Ahí formamos el grupo SUMA, y él nos enseñó a ver pintura europea, americana, latinoamericana, tenía influencia de muchos lados. Adoró toda su vida al francés Jean Debuffet y al chileno Roberto Matta, a los pintores figurativos muy expresionistas alemanes y americanos, nos hizo ver todo eso de jóvenes pues no habíamos viajado y él nos ayudó, nos daba libros y nos ponía a estudiar.”
Entre las piezas que destacó Macotela de su maestro están la obra Yo canto a Vietnam, realizada en 1970 para el Pabellón de México en la Feria Mundial de Osaka, Japón; Canto triste por Biafra, políptico al óleo de cinco piezas que data de 1979, una de las 23 que resguarda el Museo de Arte Moderno de nuestro país, y las series dedicadas a la figura humana y músicos.
“Tenía una fascinación por la música, adoraba a Luciano Pavarotti, era su Dios, cada año se iba a la temporada de ópera en Nueva York con un amigo muy querido que lo invitaba, lo debió haber visto cantar unas cuarenta veces.”
Anecdotario
Macotela cumple 40 años de carrera artística en 2020. Adelantó que montará una retrospectiva en el Museo Sebastián para incluir un tríptico sobre la ciudad, con imágenes de la colonia Roma y dedicado a su maestro. Dice:
“Le encantaba la Roma, de hecho a sus primeros alumnos nos llevaba a los cabarets ahí, unos lugares increíbles. La última vez que puso un pie en uno fue en el Cherrys Bar que estaba por el Mercado Medellín, cuando un guarura trató de matarlo porque tuvieron un mal entendido en un baño: el sujeto estaba tomado, Aceves Navarro entró al bañó y sin querer lo golpeó con la puerta, el otro lo encañonó. Los alumnos estábamos felices en la mesa del cabaret mientras sucedió eso, hasta que lo fuimos a buscar porque tardó mucho y nos dimos cuenta de lo que pasaba; pero como tenía gracia y humor eso lo salvó, el guarura y él terminaron riéndose. A partir de eso ya no volvió a los cabarets.”
“De muy jovencito chambeó como rotulista y me contó que el maestro del negocio de rótulos lo adoraba porque no usaba regla ni trazaba nada, sólo calculaba y ya, porque tenía una capacidad alucinante para calcular y un pulso tremendo, hasta que un día les piden un gran trabajo en la Comercial Mexicana de Insurgentes, una manta kilométrica que medía media cuadra y tenía que decir ‘Gran venta de primavera’, y el maestro rotulista se lo pide a él porque era buenísimo.”
Ya que la terminó, el maestro rotulista le dijo: “Le quedó preciosa maestrito, ¿pero ya la leyó?”. Decía: “Gran ventana de primavera”. Concluye Macotela con una sonrisa: “Y lo despidieron. Fracasó como rotulista”.








