La última mirada en la Galería 526

Perteneciente al Seminario de Cultura Mexicana, la Galería 526 ha destacado desde el año pasado como un atractivo espacio de exhibición y convivencia para las artes visuales.

Creado en 1942 a iniciativa de la Secretaría de Educación Pública, el Seminario subsidiado por ésta y actualmente bajo la presidencia del arquitecto Felipe Leal, promueve actividades vinculadas con disciplinas artísticas, ciencias sociales y ciencias exactas desde un lugar con un enorme potencial cultural.

Remodelada en 2017 con un espléndido y contemporáneo diseño museístico que convirtió el área de bodegas en un espacio abierto al tránsito urbano, la Galería 526 sobresale no sólo por su envidiable ubicación, sino por el riguroso y amable profesionalismo de su gestión.

Coordinada por la conocida exgalerista Sanda Racotta –cofundadora de la galería Sloane-Racotta que operó de 1980 a 1995 en la Ciudad de México–, la galería emplazada en el número 526 de la lujosa calle de Mazarik, a sólo unos cuantos metros del Conservatorio Nacional de Música (colonia Polanco de esta ciudad), se ha convertido en una alternativa institucional para creadores contemporáneos de alto nivel artístico.

Después de exhibir en octubre del año pasado una selección de la producción más reciente del joven pintor mexicano Eric Pérez, actualmente presenta una sugerente muestra del fotógrafo Edgar Ladrón de Guevara (1961, México) bajo el título de La última mirada, donde hace un breve recorrido por la propuesta creativa que lo caracteriza: la invención de imágenes que, si bien son producidas con numerosos y diferentes procesos fotográficos, se alejan por completo de la reproducción tradicional de la realidad, convirtiéndose así en inquietantes y seductoras proposiciones visuales.

Con excepción de una serie realizada entre 2001 y 2003 en la que todavía se perciben figuras de cuerpos femeninos desnudos en tonos azules que casi se desintegran entre la luminosa luz que los rodea, la exhibición se concentra en ocho series (2015-2019) que convierten realidades visibles en ilegibles –o casi ilegibles– formas desfiguradas.

Creadas a partir de elementos o visiones tan cotidianas e insignificantes como acercamientos a banquetas rotas, fragmentos de pintura seca, semillas de amapola o bolsas de té ya usadas, el artista atrapa alevosamente al espectador exigiéndole descifrar esas extrañas, sutiles y a la vez contundentes imágenes repletas de luz.

Realizadas a partir de intervenciones diversas a los procesos de producción –fotografiar, imprimir, trazar, colorear, encimar elementos, re-fotografiar–, sus imágenes se convierten en expresiones fotográficas que presentan una realidad tan ficticia que parece real.

El tema central de toda la propuesta es el transcurrir del tiempo: la manera de vivirlo y la transformación –erosión o desgaste– que provoca en la materia. Con imágenes que lo evocan o presentan con propuestas tan atractivas como una madeja que se desenreda hasta convertirse en una línea para representar la radiografía de un día de vida, la obra de Ladrón de Guevara no establece diferencias entre la vida íntima y el devenir social.

Ya sean sus sensaciones por la música que escucha, los recuerdos de su padre o la referencia a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa –con un interesante políptico de igual número de piezas que a partir de 43 fragmentos de pintura roja hace abundantes referencias a insignificantes vistas urbanas–, su obra, al fusionar vivencias, crítica y reflexión, se convierte en una propuesta transgresora que altera la tradición fotográfica y el estereotipo del arte político.