Rosario Ibarra y su indoblegable lucha

La desaparición del estudiante de medicina Jesús Piedra Ibarra en abril de 1975 –y de decenas de jóvenes durante la Guerra Sucia del régimen echeverrista– dio origen a una lucha colectiva y personal de sus familiares por encontrarlos. Sobresalió por su esfuerzo y valentía Rosario Ibarra de Piedra, quien encaró a presidentes e incluso buscó a su hijo en las fauces de la bestia: le exigió datos sobre su hijo a Miguel Nazar, el torturador que dirigía la DFS. Tras varias décadas de denunciar el autoritarismo, la complicidad y la indiferencia de sucesivos gobiernos ante esos crímenes, el Estado mexicano finalmente reconoce los valores de su lucha indoblegable: la activista recibirá la medalla Belisario Domínguez del Senado de la República.

 

Detrás de ese cuerpo menudo y esas sobrias maneras de vestir de doña Rosario Ibarra de Piedra, muy pronto descubrí el volcán efervescente de energía interna que la llevó durante décadas a sostener una lucha incansable contra la desaparición forzada y a batallar, sin tregua ni claudicación, en busca de justicia y para reencontrarse con su hijo Jesús, detenido-desaparecido por agentes del gobierno en abril de 1975.

Nos entrevistamos aquella primera vez en las calles de Adolfo Prieto en la colonia Del Valle, domicilio del ingeniero José Álvarez Icaza y su esposa Luzma. En esa misma ocasión –corría el año 1977 y doña Rosario tenía 50 años– conocí a doña Elodia, la madre de Arturo y Emilio Gámiz, dos de los ocho guerrilleros muertos en el ataque al cuartel militar de Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965.

Sumarían en años siguientes varias decenas las ocasiones en las que pudimos conversar e intercambiar información con La Doña, como solíamos nombrar a Rosario. Ella siempre aportaba datos y anécdotas nuevos. Los temas recurrentes eran la represión, la tortura, el destino desconocido de los hijos, esposos, hermanas, compañeras de los familiares del por entonces llamado Comité Nacional pro Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos, luego rebautizado Comité Eureka.

Me tocó ver, entrevistar y acompañar a los familiares de los detenidos-desaparecidos a finales de agosto de 1978, instalados en huelga de hambre en la Catedral Metropolitana, dispuestos a quedarse allí hasta el 1 de septiembre, día del segundo informe presidencial de José López Portillo.

Las madres lograron conmover al más alto nivel de decisión. Con esa presión moral, de Los Pinos salió al Congreso de la Unión una iniciativa de ley de amnistía.

“Se decreta amnistía en favor de todas aquellas personas en contra de quienes se haya ejercitado acción penal, ante los Tribunales de la Federación o ante los Tribunales del Distrito Federal en materia de fuero común, hasta la fecha de entrada en vigor de la presente ley, por los delitos de sedición, o porque hayan invitado, instigado o incitado a la rebelión, o por conspiración u otros delitos cometidos formando parte de grupos e impulsados por móviles políticos con el propósito de alterar la vida institucional del país, que no sean contra la vida, la integridad corporal, terrorismo o secuestro.”

El ayuno de los familiares arrancó a más de mil 500 presos políticos de las cárceles, dejó sin efecto más de 2 mil órdenes de aprehensión vigentes y propició el retorno al país de 57 exiliados políticos. Para entonces el Comité de familiares ya había rescatado de las mazmorras clandestinas del propio gobierno a más de otro centenar y medio de desaparecidos sobrevivientes.

La amnistía, sin embargo, no solucionó de raíz el escabroso tema de los desaparecidos. El aparato gubernamental mexicano, democracia aparente, dictablanda o dictadura perfecta, era muy parecido en sus prácticas represivas a las dictaduras militares del Cono Sur y de Centroamérica en los mismos años; por eso no tuvo la grandeza de admitir que combatía con ilegalidad a los que ya había decretado que eran ilegales por ser opositores que combatían, pacíficos o armados, a un sistema autoritario en el que democracia, justicia, paz e igualdad brillaban por su ausencia.

López Portillo llegó a nombrar a los exlíderes estudiantiles, a luchadores sociales, a los exguerrilleros, “jóvenes revolucionarios equivocados”.

Al justificar las razones de amnistiarlos, aludió al grupo que lo presionó desde Catedral:

“Al ver a las madres que entran en huelga de hambre buscando a sus hijos y a otras enlutadas –hijos todos los mexicanos, todos los jóvenes, iguales que nuestros propios hijos–, he ratificado mi decisión: los minúsculos grupos o intereses no pueden frustrar la posibilidad de que el país, olvidando en todos los ámbitos, tenga el derecho a estrenar tiempos vírgenes… Ratificamos nuestra voluntad de esta Ley de Amnistía.”

 

Cinismo de Nazar, simulación
de Echeverría

Recuerdo años después a una Rosario Ibarra cargada en hombros de la multitud, alzando el puño que apuntaba a Palacio Nacional, un primero de mayo de 1984. Su movimiento por los desaparecidos había incursionado ya en otros ámbitos, como el campesino, el sindical y el universitario. Los familiares convertidos en semilla del Frente Nacional Contra la Represión.

No se me borra la emocionante ceremonia, en el primer Aguascalientes de los zapatistas en Chiapas, cuando el Sub Marcos depositaba en manos de Rosario, a la que entonces nombraba “madre”, la bandera nacional en agosto de 1994, el levantamiento armado transmutado ya, desde hacía ocho meses, en un conflicto de fusiles callados.

Poema y prosa dedicados por el Sub a Rosario, enmarcados y colgados en una pared de la sala de su abigarrada casa en los edificios Condesa por aquellas épocas, cuando La Doña cada vez que viajaba a Chiapas guisaba y llevaba un platillo especial que ella bautizó como “Rospamar” (de Rosario para Marcos) y aceptó a petición de los zapatistas la titularidad de una cuenta bancaria en la que se hacían depósitos venidos del extranjero para las comunidades indígenas de la zona zapatista. Resguardo impoluto de donativos, la luchadora social evitó tener la mínima injerencia, pues su prestigio y honorabilidad eran garantes del destino de los fondos.

Rosario, con la foto de su hijo Jesús colgando en el pecho, pudo interpelar al menos en 39 ocasiones a Luis Echeverría Álvarez, cuando era presidente de la República, exigiéndole una investigación en profundidad sobre el destino de su hijo estudiante de medicina en Monterrey. La Doña se ganó la confianza de elementos del Estado Mayor Presidencial –uno de los cuales le pidió ser madrina de su hijo–, los cuales le informaban en dónde estaría presente el mandatario y la dejaban pasar entre la multitud. Echeverría le recibía documentos, daba órdenes a sus subalternos, pero era solamente una simulación, esa doble personalidad que mostraba en público, entre populista, tercermundista y paladín de lo que él mismo bautizó como apertura democrática, sin resultado alguno en la realidad.

De manos de su “compadre” militar recibió en 1977 las decenas de páginas de transcripción de llamadas telefónicas intervenidas por los servicios secretos y que diariamente se enviaban al presidente José López Portillo en Los Pinos. Me las entregó y se publicaron en la revista Proceso número 33.

La Doña se ponía sus ropas más humildes y anodinas para ingresar con familiares de militares y otros presos a la prisión del Campo Militar Número Uno, en las afueras de la Ciudad de México. Había logrado apuntarse como pariente de alguno de ellos. Preguntaba discretamente, miraba por todos lados en busca de algún indicio de que Jesús Piedra estuviese en ese lugar. Me cuenta que llegó a grabar un caset con “Las Isabeles” (“Del corazón de una palma…”) y otras canciones preferidas por su hijo, porque él entendería que ella estaba allí, esperando encontrarlo.

Luego solía pasar horas sentada en el pequeño parque en forma de copa en Circular de Morelia, frente al número ocho, Roma Norte, en donde estaba la Dirección Federal de Seguridad (DFS), organismo creado por el presidente Miguel Alemán en 1947, formado mayoritariamente por integrantes de una generación de cadetes recién egresados del H. Colegio Militar. Junto con su hija Claudia, La Doña veía entrar y salir vehículos con personas que iban al sótano por una rampa.

La DFS actuaría casi en secreto, rindiendo informes exclusivamente al presidente de la República, pero pronto fue transferida de Presidencia a la Secretaría de Gobernación. Antes de Circular de Morelia, tuvo oficinas cerca del Monumento a la Revolución, una de ellas un piso completo del edificio de la Procuraduría General de la República, enfrente del Frontón México, en donde serían fichados e interrogados, a finales de los años cincuenta, el líder cubano Fidel Castro Ruz y el médico argentino Ernesto Che Guevara, ambos capturados precisamente por agentes de la DFS al mando del capitán Fausto Morales Juárez, quien los pondría en manos del capitán Fernando Gutiérrez Barrios.

Doña Rosario y su hija lograron entrevistarse con Miguel Nazar Haro, entonces director de la DFS, quien en efecto las recibió en su oficina, pero negó que Jesús estuviera en el lugar o que hubiera pasado por ese edificio. Con premeditada saña, el jefe policial arrojó un montón de fotos sobre su escritorio. “O a ver si lo encuentran en estas fotografías”, que no registraban otra cosa que cuerpos acribillados, ropas y cuerpos sangrando, jóvenes guerrilleros ya liquidados por las policías, el ejército o la temible Brigada Blanca que allí mismo tenía su sede desde 1975. Conseguido su objetivo de infundir terror en madre y hermana del desaparecido Jesús, les abrió la puerta para despedirlas con una mueca parecida a una sonrisa. En su mentalidad, ellas debían pagar por la osadía de haberlo ido a buscar a su domicilio particular, en donde una persona les dijo en dónde encontrar a este viejo policía, famoso por torturar él personalmente a los cautivos, en el Distrito Federal o en cualquier punto del país hasta donde iba a recogerlos y conducirlos a alguna cárcel clandestina.

“Él, estoy segura, sabía muy bien dónde estaba Jesús. Estoy convencida de que Nazar intervino en la tortura de mi hijo, si no personalmente, sí ordenando que lo torturaran en su vista”, recordó en octubre de 1984 en entrevista con Óscar Hinojosa, en Proceso.

Al finalizar el encuentro con Nazar, “con el descaro más grande del mundo, me dijo que a mi hijo lo debieron haber matado las guardias blancas de Garza Sada”.

Rosario Ibarra de Piedra reaccionó violentamente:

–¡Esto es una desvergüenza! ¿Qué hace usted tan tranquilo, si es policía facultado para ello, que no va a aprehender a las guardias blancas de Garza Sada?

El jefe policiaco reculó:

–No, no se crea. Por ahí se lo han de tener en algún ranchito. Y yo no lo voy a buscar.

Para la activista, la conducta de Nazar era una impostura.

–En aquel tiempo mi hijo estaba en el Campo Militar número Uno –le dijo a Hinojosa. Se lo reveló un funcionario que pudo ver un archivo secreto el 18 de junio de 1977.

“México ha firmado tratados internacionales, pero para el gobierno mexicano valen menos que el papel en que están escritos”, decía Rosario ante escritores del Pen Club Internacional, en Nueva York, en 1980.

Afirmaba, según reporte de Federico Campbell, que “el gobierno mantiene una careta que muestra al exterior. Afuera critica a las tiranías fascistas, pero hacia adentro deja hacer a algunos cuerpos represivos lo mismo que se practica en los regímenes dictatoriales que tan acremente critica en los foros internacionales.

“Una vez le dijimos a un alto funcionario de Gobernación que nos callaríamos si nos entregaba a nuestros hijos vivos, pero que si eso no sucedía, 300 años después, cuando nadie supiera quién fue Luis Echeverría, sí se iba a saber en cambio quiénes eran Jesús Piedra Ibarra, Jesús Ávila González, Rafael Ramírez Duarte y otros cientos de desaparecidos en México.”

 

Terrorismo oficial

 

La Doña también se apareció en actos públicos en donde estaba el presidente López Portillo. Así ocurrió en Monterrey, en la inau­guración de la escuela de música y danza “Carmen Romano de López Portillo”. El terrorismo en nuestro país –soltó en presencia de JLP– es dirigido y organizado por altos funcionarios del gobierno federal.

Arrancó al entonces mandatario la promesa de que recibiría a los familiares “la semana que entra” para buscar solución al problema de las desapariciones forzadas. Concluyó el sexenio lopezportillista, siguieron Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, la alternancia partidaria con Vicente Fox y Felipe Calderón, la vuelta del PRI con Enrique Peña Nieto y los viejos desaparecidos siguen ausentes, sin solución a la vista, a punto de que cumpla un año este gobierno de la Cuarta Transformación.

Dos veces candidata presidencial, cuatro ocasiones propuesta para el Nobel de la Paz, senadora de la República, Rosario entregó una banda tricolor de presidente legítimo a Andrés Manuel López Obrador tras el llamado fraude electoral de 2006. AMLO votó por La Doña en las presidenciales de 2018. Ahora ella podrá ver su rostro de 92 años reflejado en una merecida medalla Belisario Domínguez. Sólo que ese brillo metálico no logra borrar décadas de impunidad.