A Gabriel Sandoval y Carmina Rufrancos
Desde el principio de la humanidad sólo un tema intriga más que el origen de la maldad: el origen de la maldad generalizada.
La historia mexicana de la última década está herida por una expresión de violencia sin antecedente; violencia irracional, infinita, aterradora, inconcebible. Más de 300 mil seres humanos han sido asesinados y muchos de ellos en circunstancias y escenarios de terror.
¿Cómo sucedió que mi país se volvió inhabitable para tantos?
No hay banalidad en el mal cuando las cabezas son cercenadas, las mujeres aparecen abiertas en canal, los niños han visto morir a sus padres antes de ser, ellos mismos, acribillados; no hay banalidad en el mal cuando la policía desaparece estudiantes, los militares asesinan, los agentes judiciales se vuelven sicarios o los marinos desaparecen gente.
Agotado por las muchas teorías y exhausto por las tantas explicaciones de los expertos, en mayo de 2015 tomé la decisión de cruzar la puerta que presuntamente separa a las buenas de las malas personas.
Antonio Cervantes, amigo y colega, me contó que en la prisión de Chiconautla se topó con un interno que aseguraba haber sido uno de los 20 fundadores del grupo de Los Zetas, por allá de 1996, cuando todavía era el brazo armado del Cártel del Golfo.
Según su propio dicho, el Zeta 9 había sido encerrado bajo una identidad falsa y por un delito que le ayudó a esconderse durante los momentos más complicados para los integrantes de su organización criminal.
Tardé varios meses para poder ingresar a la prisión de Ecatepec, construida en los años ochenta, en el corazón de un basurero que hoy permanece abierto. (Le debo a otro amigo entrañable haberlo logrado.)
Durante la primera cita constaté que el Zeta 9 tenía información verosímil, así que, sin estar seguro al 100% de su identidad, decidí visitarlo todos los miércoles, durante más de un año y medio.
Hijo de la guerra es un relato sobre las conversaciones que sostuvimos, sobre la repugnancia y la empatía que se produjo en cada cita, sobre la biografía de un individuo que confesó responsabilidad sobre al menos 400 muertes.
Tengo todavía en mi poder el expediente judicial de Galdino Mellado Cruz; ahí dice que es integrante de Los Zetas y tiene como profesión el narcotráfico. También cuento con cientos de notas publicadas en muy diversos medios, donde Tomás Zerón, exdirector de la Agencia de Investigación Criminal, aseguró haber localizado el cadáver de Galdino Mellado Cruz dentro de una casa de seguridad en Reynosa, Tamaulipas.
Las matemáticas no dan: según el expediente judicial, Mellado ingresó a Chiconautla en diciembre de 2010 y permaneció ahí cinco años y tres meses. En contraste, de acuerdo con Tomás Zerón, Mellado perdió la vida en mayo de 2014.
Desde la primera conversación con este sujeto comprendí que, si él dijese la verdad, habrían sido muchos los que mintieron respecto a su muerte.
En este relato hay verdad, pero también hay ficción. Mientras el periodista intenta con obsesión hacerse responsable de lo primero, la ficción queda a cargo del criminal.
En Hijo de la guerra se teje un manto cerrado y extenso a partir de los hilos de la verdad y la mentira, un manto que cubre la realidad al punto de confundir definitivamente.
No sólo la vida de Mellado Cruz se esconde bajo esa prenda; el origen de la violencia que hoy nos destruye está arropado por el mismo tejido.
En la tragedia que nos tiene aterrados, también resulta mayor la ficción que la realidad; por eso este relato es verosímil.
Hoy debo confesar que no regresé siendo el mismo después de cruzar aquella puerta enorme de la prisión de Chiconautla: en la maldad también está lo humano y, por tanto, en lo humano se halla la posibilidad de discernir la maldad.
Ahí radica la banalidad a la que aludió Hannah Arendt: no es cierto que haya un abismo profundo separando a unos y otros seres humanos; en todo caso el abismo sucede dentro de cada individuo.
A Galdino Mellado y a mí nos tocó formar parte de la misma generación, nacimos también en el mismo país, escuchamos música parecida, nos educaron los mismos programas de televisión, nos movieron también aspiraciones que, al origen, eran legítimas.
Las mayores diferencias entre nosotros podrían explicarse, en todo caso, por la voluntad arbitraria de la cigüeña.
Al decir esto no justifico ni exculpo a nadie de los dos, sólo describo.
Luego la vida sembró, como minas en el desierto, dilemas distintos y también mapas diferentes para descifrarlos. Lo demás es lo demás y por eso resulta tan banal y al mismo tiempo tan aterradora la maldad.
El Zeta 9 está inspirado en Virgilio, un personaje que permite descender los círculos de esta comedia nuestra, tan horrorosamente infernal. Junto a él, en vez de Dante hay un periodista que, por arrogante, creyó poder tocar el mal sin salir contagiado.
Es sin duda grande el impuesto de la ingenuidad que la gran mayoría debemos pagar antes de saber que en el origen sí estuvo el Estado.
Hijo de la guerra saldrá a la venta en librerías este próximo martes 8, publicado por el sello Seix Barral de editorial Planeta.








