La serie Monarca producida por Netflix comienza con un hecho sangriento, se oculta el cadáver y no se da aviso a la policía. No estamos al corriente de la razón del suceso, ni sabemos quién es el fallecido. Inmediatamente el escenario cambia para situarse en Estados Unidos, conoceremos entonces a la protagonista y su familia. Resulta ser mexicana, hija del dueño de una finca tequilera.
Es miembro de la elite empresarial del país, envuelto en problemas causados por el narcotráfico; manda llamar a su vástago, única de los tres hermanos, apta para hacerse cargo del negocio. Ella viaja con su hija en un avión privado que nos recuerda el avión presidencial que el actual gobierno tiene en venta. De entrada es una escena inverosímil, acartonada: se le ve con una copa de vino, mientras la adolescente disfruta de un refresco. El diálogo es igualmente insustancial. Y así seguirá.
En síntesis, es la historia de un empresario que anduvo en malos pasos, aceptó relaciones de protección con el narco, luego se arrepintió, trató de salirse de la maraña y fue asesinado dejando un legado a sus tres hijos y su esposa de cochupos, corrupción y amenazas. La consecuente disputa entre los hermanos: la buena, el malo y el tonto da como resultado una serie de muertes.
El pasar del formato telenovela al de serie, en el caso mexicano, sólo garantiza un acortamiento en el número de capítulos, la eliminación de episodios en donde no sucede nada, reiteración de escenas. En lo que respecta a la narración, el relato y el desempeño actoral parecen mantener la misma estructura y contenido de tele drama.
El tránsito a lo digital trajo consigo una nueva forma de consumir historias, aceleró la narración. Ya los jóvenes no sintonizan la televisión, prefieren los dispositivos conectados a internet, lo breve, rápido y de preferencia violento.
Monarca resultó una telenovela en pequeño, lo mismo que La casa de las flores. Y sin embargo esta última es la serie más vista en México, lo cual indica un apego de cierto público por el culebrón inaugurado en los años 60 y desarrollado a lo largo de más de 5 décadas.
En Monarca vemos a personajes similares a los ricos de las telenovelas, viviendo en mansiones de relumbrón, que usan autos blindados y jets privados. El libreto deja enormes agujeros de información, lo cual evita consolidar el sentido. Las explicaciones están demasiado ancladas en los diálogos, la mayoría de los cuales reproducen frases hechas. En las series, por ser más compactas, no hay remedio a esta falla. Todos los capítulos tienen que estar listos para cuando se lanza a la red, nada se puede recomponer en el camino.
Aun si el productor es Netflix, en México se han producido obras con formato de serie y contenidos de tipo social, como Tijuana, pocos episodios y sin final feliz sólo excepcionalmente. l








