La performatividad de Toledo

Existen acciones imaginadas, ejecutadas y lideradas por Francisco Toledo (1940-2019) que, desde el ángulo performativo, se enaltecen y no se olvidan.

Una de dos de esas acciones, muy importante para los derechos humanos en México y quizá la más difundida por los medios periodísticos y las redes sociales, fue cuando Toledo corrió decidido –a sus 74 años– por el andador turístico de la ciudad de Oaxaca de Juárez, para que un papalote con el retrato impreso de uno de los 43 estudiantes desaparecidos se elevara.

Al correr con fuerza su cuerpo hizo el reclamo de aparición como un grito físico, mientras que el cometa que sostenía con su mano volaba suavemente como el cuidado a un niño. Esta combinación de corporalidad impetuosa y liviandad del objeto hicieron de su petición una acción poética o vicerversa.

Los elementos que el autor de múltiples obras sobre especies de animales como por ejemplo Los conejos (1975), utilizó en esa intervención pública el 15 de diciembre de 2014 –a 81 días de la desaparición de los jóvenes de Ayotzinapa–, fueron: la imagen del rostro del estudiante, el papalote, el cuerpo corriendo –acción física sin la cual ese objeto no se anima– y el espacio transitado y visitado del centro histórico de la capital de Oaxaca.

Si bien este conjunto de recursos podría reconocerse como la performatividad de Toledo, su intención no era artística sino de divulgación del hecho deshumanizado entre los ciudadanos oaxaqueños y los visitantes nacionales e internacionales.

El fundador del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) invitó a niñas y niños a volar el resto de los papalotes para completar los 43 retratos, a partir de las 17 horas de aquella tarde de diciembre. El propio Toledo diseñó las pandorgas, que fueron elaboradas en el Taller Arte y Papel de San Agustín Etla, municipio de Oaxaca.

Esta conocida acción de papalotes significó también un acto de fe para el artista, pues la realizó bajo la creencia de la tradición del Día de Muertos del sur de esa entidad, en la cual volar cometas ayuda a las almas a descender por el hilo hacia la tierra. Toledo, originario de esa región, se consideraba a sí mismo un “artista tradicional”, según entrevista con Roberto Ponce (Proceso, 2236).

Otro acto de su autoría con sentido político fue la creación de la “medalla al mérito político” el 30 de septiembre de 2015, cuya forma replicaba una oreja pero en tamaño miniatura, para colgarse en el pecho –a modo de pin solapero– de los funcionarios públicos de Oaxaca del periodo 2010-2016.

Ese “reconocimiento” ironizaba las sorderas del exgobernador Gabino Cué Monteagudo, del exsecretario de turismo José Zorrilla, y del actual consejero presidente del Instituto Estatal Electoral y de Participación Ciudadana Gustavo Meixueiro Nájera, frente al rechazo ciudadano del proyecto de construcción del Centro de Convenciones en el Cerro del Fortín, reserva zapoteca del valle de Oaxaca. El mismo Toledo diseñó el pequeño objeto con un material corriente.

La medalla nunca se entregó a esos destinatarios pero fue publicitada por los medios a través de internet, visibilizando la demanda liderada por el artista. Toledo, la miniatura y la red configuraron, en esta ocasión, una performatividad lograda a partir de la combinación de medios reales y virtuales.

A pesar de que el fundador del Centro de las Artes en San Agustín Etla (CASA) no se ubicaba en la vanguardia, su activismo y sus recursos del objeto, la imagen y la narrativa para difundirlo lo convirtieron en un artista contemporáneo. Y quizá, difundir como función del arte sea su mayor legado, aprendida del Taller de la Gráfica Popular (Proceso 2236).