En los últimos años, y notablemente en los países de habla hispana, el intento feminista de “reformar” las lenguas, de normar el discurso para evitar un uso sexista de la expresión y procurar una visibilidad gramatical de la mujer, ha generado una polémica. Doctor en letras por la Universidad de París, si bien naturalizado mexicano, el autor de este artículo (“El lenguaje incluyente y las lenguas. La Gran hermana te está observando”) es investigador y profesor de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Como tal, pero a título personal, propone aquí una reflexión sobre el legítimo afán feminista de propiciar un empleo no sexista, y lograr una mayor visibilidad de la mujer en las lenguas.
La legítima reivindicación de las mujeres, en cuanto al lugar que ocupan en la sociedad y el afán justo de poner fin a la inequidad y desigualdad manifiestas que existen en diversos ámbitos sociales, en relación con el género masculino, ha alcanzado, en los últimos años, un espacio que de alguna manera si bien no las fundamenta ni las justifica, las abstrae conceptualmente, las contiene y las refleja: el lenguaje. Esta ideología emergente aboga, en términos generales, por una actitud no sexista en la expresión verbal, y una mayor “visibilidad” de la mujer en el discurso, y allende el discurso, en el sistema mismo que le subyace y lo configura.
Lo esencial (en el sentido filosófico del término) que representa el lenguaje para el ser humano, incitó a una vanguardia feminista a buscar más allá de lo socio-existencial, en el subsuelo lingüístico, la raíz del mal para extirpar algunas de sus hebras sexistas más flagrantes.
La lengua es un mundo
En este mismo sentido, de manera algo hiperbólica, podríamos definir una lengua como un “mundo”, según las acepciones lexicográficas que definen el término “mundo” como “conjunto de cosas abstractas, de conceptos, considerados como formando un universo”, o bien como “conjunto de cosas o seres que son considerados como formando un todo organizado” 1.
En esta perspectiva, el sistema sintáctico, morfológico, léxico de una lengua, sus campos semánticos y su semiología, así como las modalidades de su uso discursivo constituyen un mundo en el que se perfilan una axiología y una episteme 2 propias. Una lengua es un verdadero microcosmos verbal y eidético que mantiene una estrecha relación con un macrocosmos a la vez natural y cultural en el que están inmersos sus hablantes. En este contexto, parece lógico que este “universo de seres, o cosas abstractas” esté organizado de tal manera que lo femenino tenga un lugar protagónico.
En este mismo rubro de las definiciones, pero en el contexto más entrañable de una filiación ideológica, casi ontológica, del ser humano con el lenguaje, lo que define a dicho ser humano como tal es antes que nada la función simbólica, y su instrumentación predilecta: las lenguas, las cuales distinguen a su vez una colectividad humana de otra (sin discriminación genérica). “Soy lo que digo”, escribió el filósofo alemán Martín Heidegger, quien reiteró: “El lenguaje es la casa del ser”; “nacimos del lenguaje”, expresó el lingüista Petitgérard; “los seres se definen y se sitúan en y mediante el lenguaje”, afirmó el también lingüista Emile Benveniste. En cuanto a Ludwig Wittgenstein, declaraba: “Los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”. A su vez, el filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte decía: “La lengua de un pueblo es su alma”.
Estos lapidarios aforismos expresan el carácter esencial que tiene la lengua para un individuo y una colectividad, esencial como ya lo expresamos, en un sentido filosófico que trasciende lo meramente comunicacional. En este contexto, es comprensible que el género humano femenino busque esbozar contornos genéricos, semánticos y gramaticales, que lo sitúen más adecuadamente en un mundo lingüístico que se fue configurando paulatinamente, a través del tiempo, desde los primeros balbuceos verbales pre-históricos hasta nuestros días.
Las palabras y los conceptos
Desde una perspectiva evolutiva, ideas y conceptos pre-lingüísticos todavía muy difusos, expresados mediante gestos, visajes y sonidos significativos, se colaron en palabras, frases y más generalmente en un lenguaje verbal el cual a su vez incidió de manera retro-alimenticia sobre el pensamiento. El homínide y luego el ser plenamente humano empezaron a pensar de manera precaria, antes de que hubiera una lengua formalmente constituida. Hablando se hizo la lengua, como caminando se hace el camino. Esta dialéctica culminó con la configuración estable pero siempre incoativa de un sistema lingüístico que entrañaba el sentir y conceptos que regulaban la relación de las colectividades humanas con su entorno natural o cultural, en cada etapa de la evolución.
Con el tiempo la relación dialéctica de la lengua con el pensamiento que la iba configurando se estabilizó, ya que los patrones conceptuales discursivamente generados se habían “sedimentado”, fijando en una lengua ya gramaticalmente estructurada lo que había pertenecido a un discurso todavía distáctico.
Lo masculino y “el” masculino
En este contexto evolutivo de una relación del pensamiento con la lengua que lo expresa, el hecho de que un masculino “supra genérico” se haya impuesto, en términos morfológicos y sintácticos, en la mayoría de las lenguas del mundo –aun en idiomas que tienen el género neutro como el alemán y el sueco–, podría no deberse al sistema patriarcal imperante en la primeras colectividades humanas, ni a un “machismo lingüístico” hereditario, sino a lo impersonal, indistinto, y por tanto difusamente incluyente que lo caracteriza.
En esta inclusión que borra los contornos genéricos, lo femenino no es visible, ciertamente, pero tampoco lo masculino. En cambio, el género gramatical femenino, como se ha dicho y ejemplificado, es excluyente: si hablo de “mis hijos” sin designar específicamente a los de sexo masculino, esto incluye a las hijas. Si digo “mis hijas”, la frase excluye a los hijos.
La gramática y
el lenguaje de género
La lengua, por otra parte, iba a adquirir una cierta autonomía al integrar mecanismos fonológicos y morfológicos semánticamente incontrolables como la asimilación y la disimilación, por ejemplo, los cuales manifestaban el imperio del sonido y se iban a sistematizar arbitrariamente, sin que hubiera una relación semántica que mediara. Por ejemplo, el hecho de que en francés “la leche”: le lait, sea gramaticalmente masculina, es una aberración semántica. Se debe a una disimilación fonética que buscó evitar o eliminar la yuxtaposición de dos “a” en lo que habría sido la lait con la cacofonía (lalalía) resultante.
En inglés, la forma posesiva de la tercera persona del singular distingue genéricamente el poseedor o la poseedora: his o her, lo que da una cierta visibilidad genérica a la mujer. En cambio, en francés, la marca genérica del adjetivo posesivo depende no del poseedor sino de la persona o del objeto poseído: ma, ta sa valise (“mi, tu, su maleta”, femenino) /mon, ton, son manteau (“mi, tu, su abrigo”, masculino). En castellano, hablando de la tercera persona, no se distinguen los géneros si bien se diferencian en otras personas, en relación con el objeto poseído: nuestro/nuestra.
En la mayoría de las lenguas indígenas mexicanas no existe el género gramatical. En náhuatl el pronombre personal de la tercera persona yéhuatl (“él o ella”), es epiceno, así como lo es el término maya correspondiente letie. Sin embargo, en tiempos prehispánicos, una distinción genérica se manifestaba en la pronunciación de la sílaba hue-. Los hombres la pronunciaban como una semiconsonante sonora: huehue “anciano”, mientras que las mujeres la pronunciaban como labiodental, también sonora (veve). Asimismo, en el caso del vocativo, se usaba la palabra con acento agudo para el hombre mientras que la mujer mantenía la acentuación grave: Totatziné/totatzin (“¡padre nuestro!”). Esta distinción genérica en el vocativo se fue borrando con el tiempo.
Los géneros gramaticales y sus valores eventualmente asociados, entrañaban quizás una ideología original, pero los significantes que la manifestaban fueron evolucionando y se sedimentaron en función de parámetros morfo-sintáctico-fonéticos independientes del sentido, hasta quedar petrificados en un estado determinado que generaba relaciones relativamente arbitrarias.
Hoy el sistema ya no corresponde del todo a las nuevas realidades ni al lugar que la mujer adquirió a lo largo de la historia pero, a nivel gramatical, la ética no puede intervenir en los mecanismos sintácticos, morfológicos y fonéticos que rigen la lengua. Ahora bien, es preciso distinguir la lengua como sistema cerrado, del uso discursivo abierto y libre que cada uno hace de ella. Si la lengua no define cauces gramaticales que obliguen a hablar de manera genéricamente correcta, el uso que cada uno hace de la lengua lo permite.
El new speak, la “neolengua”
¿Puede o debe el lenguaje “genéricamente correcto”, el cual incide sobre las modalidades discursivas, modificar el sistema en sí?
Los artículos que han sido publicados por lingüistas sobre el tema, condenan con justa razón los excesos y las modificaciones arbitrarias que afectan el funcionamiento natural de la lengua. Conferir sistemáticamente a la vocal “a” un valor femenino, y a la vocal “o” un tenor masculino, carece de sentido lingüístico, lo que han demostrado de manera cómica las numerosas parodias de esta tendencia en las redes sociales: los miembros y las miembras, los jóvenes y las jóvenas, los periodistos y las periodistas, etcétera.
La propuesta de neutralizar una supuesta discriminación verbal mediante la vocal epicena “e”, a semejanza de vocablos invariables como “estudiantes”: “todes”, “les niñes”, “les diputades” –que evite el desdoblamiento “todas y todos”, “las niñas y los niños”, “las diputadas y los diputados”–, es absurda. Podríamos añadir a esta extraña morfología una sintaxis que definiera un orden de prelación lingüístico, y no libremente discursivo, que obligara a poner lo femenino antes de lo masculino en un desdoblamiento. Asimismo, la concordancia gramatical de adjetivos epítetos o atributos, o de participios pasados, con sustantivos respectivamente femenino y masculino, la cual es hoy masculina, tendría que ser cuestionada por ser sexista. Aun si son diez entes femeninos y un solo masculino, predomina el género masculino. Para evitar esta inequidad lingüística sería necesario forjar palabras o establecer reglas gramaticales neológicas.
Esta manera de proceder y el resultado al que podría conducir esta actitud frente a la lengua, recuerda inconfundiblemente la famosa novela de George Orwell: 1984, y la coerción expresiva ejercida por el poder totalitario del partido Ingsoc, y de su líder, el “Gran hermano” Big brother. En la obra de Orwell, la “viejalengua” (oldspeak) había sido depurada y transformada de tal manera que era prácticamente imposible hablar contra el régimen político instalado, y pensar libremente. La “neolengua” (new speak o novlang), definida por el autor en un apéndice, al disminuir considerablemente las opciones léxicas, al fundir en una sola categoría lingüística ciertos adjetivos, verbos o sustantivos, y al trazar nuevos surcos frásticos, permitía controlar el pensamiento del pueblo. En última instancia, la “patolengua” (duckspeak), que consistía en graznar las palabras, se había vuelto, en el contexto de la novela, la versión óptima de una idea verbalmente expresada.
El caso de la visibilidad de la mujer en la lengua y de un uso no sexista del lenguaje, es muy distinto en cuanto a su justificación ética, pero es parecido en lo que concierne a las opciones propuestas para reducir la desigualdad en los ámbitos gramaticales.
Creo que la solución podría ser la de convencerse de que el género gramatical “masculino”, fuera de los contextos específicos en que manifiesta la masculinidad, ha sido neutralizado en el curso de la historia, y que es precisamente esta neutralidad culturalmente percibida la que hizo que se afirmara como supra genérico. Si no podemos modificar el hecho lingüístico sin incurrir en los disparates antes mencionados, podemos cambiar la visión que tenemos del género masculino gramatical y atribuirle un valor epiceno que no corresponde a lo masculino, lo que hacen de hecho la gran mayoría de las mujeres.
La mujer y lo femenino deben sin duda alguna efectuar una “reconquista” socio-cultural, actuar para que el lenguaje sea depurado de sus anacronismos genéricos más agraviantes, pero con los recursos expresivos que ya tienen las lenguas, sin que la “Gran hermana” (Big sister) tenga que imponer una neolengua absurdamente coercitiva. l
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1 Cf. Le Petit Larousse illustré.
2 Conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo en determinadas épocas (DRAE).








