“No hay quinto malo”, reza la conseja popular, y la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM), la única activa en nuestra ciudad en estos meses de vacaciones musicales veraniegas, así se encargó de demostrarlo en el quinto concierto de su temporada que, como todos los años, se desarrolla sábados y domingos en la Sala Nezahualcóyotl.
Con un solista de lujo, el violinista estadunidense –aunque nacido en San Petesburgo, Rusia– Philippe Quint, y bajo la dirección de su titular, Carlos Miguel Prieto, la OSM ofreció uno de esos conciertos que más allá de lo puramente musical, se quedan en la memoria por la manera jovial en que se desenvolvieron. Es que, con entrega plena y ganas de tocar, solista, director y orquesta se dieron vuelo y, a más del Concierto para violín y orquesta en re mayor de William Bolcom, y la suite para la película The Kid de Charles Chaplin, el estupendo Quint –con su Stradivarius al canto–, el conductor y la orquesta se quedaron allí felices de la vida sobre el escenario y se “aventaron” otras tres piezas.
La impresión fue que pararon porque el programa tenía que seguir y aún faltaba toda la segunda parte, pero que, de no haber sido así, se hubieran quedado tocando toda la noche, como en esas veladas en las que, en casa, se reúne un grupo de amigos y entre copa y copa las horas transcurren plácida y musicalmente sin que a ninguno le importe la hora que sea. Una delicia realmente.
El programa fue uno de esos que provocan lleno completo. Empezó con un compositor ruso, Rimski-Korsakov y terminó con otro, Modesto Mussorgsky. En medio, el estadunidense Bolcom, y el inglés, aunque universal, Chaplin. Del primero se escogió la muy conocida y monumental obertura La Gran Pascua Rusa, y del último la siempre atrayente Cuadros de una exposición, orquestada por Maurice Ravel.
Figura mundial, Quint, cuyas primeras enseñanzas musicales las tuvo en la especializada escuela para niños sobredotados de Moscú –lo que ya nos habla de su genio–, es uno de esos no muy abundantes ejemplares que a la perfección técnica e interpretaciones impecables añade la jovialidad, la alegría de hacer lo que está haciendo, el júbilo de saber, sentir que se está haciendo algo perfectamente normal, cotidiano, lo de cada día, nada extraordinario (aunque el escucha sabe que sí lo es), y logra, sin buscarlo, trasmitir justamente “la alegría de vivir”. l








