El largo título de esta producción de Guillermo del Toro, Historias de miedo para contar en la oscuridad (Scary Stories to tell in the Dark; E.U., 2019), propone de entrada un modo de empleo y un objetivo: hay que asustarse.
A los vampiros, hombres-lobo y momias, se les ha llegado a perder el respeto, de tan sobados, por eso Del Toro lleva años diseñando y desenterrando monstruos y criaturas fascinantes. Con una cinta sobre trolls (Trollhunter, 2015), el noruego André Ovredal era ideal para dirigir el proyecto.
Pero, sobre todo, el título, Historias de miedo para contar en la oscuridad, recurre a la nostalgia que provoca en varias generaciones de lectores la colección de cuentos de terror para niños y jóvenes de Alvin Schwartz; el equipo de guionistas, Del Toro incluido, selecciona seis historias y las parcha en una trama del género adolescentes mentecatos atrapados en un maleficio.
El lugar, un pueblo de Pensilvania; el año es 1968, en plena guerra de Vietnam, y Nixon está a punto de ganar las elecciones presidenciales; en el autocinema donde llegan Stella (Zoe Colletti) y su par de amigos, se exhibe La noche de los muertos vivientes, la obra maestra de George A. Romero de la que Stella se sabe diálogos de memoria; se les suma Ramón (Michael Garza), y para más señas, es noche de Halloween. Y claro que no podían perder la oportunidad de meterse a la casa embrujada donde encuentran un libro con hojas en blanco sobre las que se escriben, por sí mismas, historias con sangre… Ahí quedan atrapados, no faltaba más.
Los libros de Alvin Schwartz, escritor y periodista, fueron resultado de un trabajo serio de investigación sobre cuentos del folclor y leyendas urbanas, él fue algo así como el Grimm de la cultura americana, con influencia de T. S. Eliot y Mark Twain; apoyados en las ilustraciones originales, escalofriantes, de Stephen Gammell (proscrito de las bibliotecas para niños), Del Toro y Ovredal crean una nueva colección de engendros de pesadilla, tales como el espantapájaros asesino.
El problema es que los monstruos resultan más interesantes que los protagonistas, meros esquemas del género; el mejor dibujado es Ramón, el latino, quizá porque el secreto que carga le da profundidad. El bestiario del director mexicano gana, crece la colección del mundo deltoriano, de acuerdo al término que comienza a imponerse entre los admiradores del director (tarantinesco, de Tarantino, sería el equivalente para los cinéfilos). A diferencia de La forma del agua, donde había simetría, y hasta fusión, entre la criatura y la protagonista, aquí molesta el desequilibrio.
También hace un poco de ruido el aspecto alegórico de la cinta, la elección de Nixon, Vietnam y los zombies, con el presente de la era Trump; no porque el espectador no esté de acuerdo, sino porque la alusión no va más lejos y se siente demasiado forzada como para concluir que el momento político actual es una historia de terror. l








