Invitación a bailar

En 2013, J.M. Coetzee dio a conocer la novela La infancia de Jesús y apuntó que escribiría una trilogía. Desde la primera narración mostró que lo que hacía era una recreación simple de la vida de un niño, con ciertas reminiscencias de Jesús. Tres años después publicó Los días de Jesús en la escuela, y en este año presenta La muerte de Jesús (Ed. Random House. Col. Literatura; Barcelona, 2019. 192 pp.).

La relación que hace Coet­zee en la trilogía la centra en David y cubre de los cinco a los diez años. En la última novela el personaje sabe que Simón e Inés no son sus padres y que lo cuidan. Él desea vivir con independencia y rompe con todo aquello que lo ata, como la escuela y la familia. También quiere disfrutar y realiza aquello que lo divierte: juega al futbol, cuenta historias a otros niños, baila y vive en un orfanatorio. Cierto día se lastima y a partir de ahí su salud se deteriora. Ante la debacle sus compañeros lo acompañan en la agonía.

Coetzee plantea en esta historia que la peculiaridad de la vida de David no lo hace un ser especial. Es un niño como cualquier otro que desea vivir y divertirse. Rechaza las arbitrariedades y las discriminaciones. Le fascinan las estrellas, los grupos de amigos, la lectura del Quijote e inventar historias y luego contarlas. Como muchos niños, contempla el mundo de manera simple, acepta a los seres como son, admite lo que vive y agradece. Ante la adversidad, busca superarla, y frente a la injusticia, enmendarla.

Para Coetzee la actitud de los infantes hace mucho por mejorar la existencia, como los adultos también lo hicieron en la niñez, aunque ahora están integrados por los prejuicios, los miedos, las tradiciones y las obsesiones, entre otros. Sin embargo, los mayores tienen la posibilidad de retomar las actitudes simples y llanas que celebren y respeten a los demás.

La muerte de Jesús es una sugerencia que invita a bailar, a jugar y a narrar, como una manera de mejor estar en el mundo.­