“Hijas del sol”

Atorada un tiempo en la frontera turca, Mathilde (Emmanuelle Bercot), reportera de guerra, logra por fin acceder a un grupo de mujeres combatientes kurdas que luchan contra el Estado Islámico; luego de presenciar el asesinato de su marido y el secuestro de su hijo por parte de las milicias de Daesh, la comandante Brahar (Golshifteh Farahani), abogada formada en Francia, quien padeció como esclava sexual, pelea contra los fanáticos religiosos que temen perder el paraíso, deshonrados, si mueren ejecutados por una mujer.

Basada libremente en hechos reales, el título de Hijas del sol (Les filles du soleil; Francia-Bélgica-Georgia-Suiza, 2018) ostenta el tema del desierto y el linaje de estas guerreras; el tema combina la pesadilla que viven las mujeres convertidas en botín de guerra, y su heroísmo para combatir a sabiendas de que ya no tienen nada que perder; lástima que la realizadora francesa, Eva Husson, aderece la historia con un exceso de didactismo y un discurso feminista. El mérito indiscutible de Husson es haber puesto en el monitor el coraje de estas mujeres –ignoradas por la prensa sensacionalista–, que luchan valientemente como cualquier soldado, y que recuerdan a las milicianas durante la Guerra Civil Española; pero un tanto obcecada por su discurso, las convierte en víctimas, forzadas a defenderse y convertirse en ángeles de la venganza.

La realidad es que la mujer kurda lucha a la par con los hombres, las brigadas se dividen en batallones masculinos y femeninos, y según el testimonio de Azad Cudi en su estupendo libro (Long Shot), las mujeres son magníficos soldados, estrategas y comandantes, lo cual no es ninguna novedad en la cultura kurda, o yazidi, donde la guerra no es sólo un asunto de hombres. Cierto, los horrores que cometen los jihadistas contra mujeres y niñas son inenarrables, pero también lo son los que comenten contra los hijos, esposos y padres de éstas. El problema en la toma de decisiones narrativas de Husson es que, paradójicamente, anula por completo el logro feminista de la tradición kurda.

Mathilde, con un ojo parchado, al igual que la desaparecida (en la guerra siria) Marie Colvin, abre y cierra la cinta con un discurso en off de aspiración poética. En una cinta que depende más de su postura que de su arte, el homenaje supuesto a la valiente corresponsal norteamericana la reduce a un mero emblema, el de la mujer mutilada; además, el personaje de Mathilde sale sobrando en el drama, apenas y representa la mirada de la directora, sus comentarios sobre la comandante Brahar intentan asegurar que al público le quede claro que se trata de una mujer excepcional.

 Las secuencias de guerra, bien orquestadas, contrastan planos cerrados y tomas de combate, y para distanciarse de su modelo, Platoon (Oliver Stone), el pulso de la cámara nunca pierde de vista que se trata de mujeres-soldado, en media  bruma y la confusión de la guerra; el rostro de Farahani, actriz irania que actúa en Paterson de Jim Jarmusch, sostiene el patetismo de su personaje; pero Husson recurre constantemente a analepsis, vulgo flashbacks, que rompen el tono y convierten en melodrama la épica de estas valientes. l