“Oriundos”, los asturianos de Fernando Fernández

Recuerdos, cartas y álbumes de fotos, entrevistas e investigaciones por archivos y bibliotecas, amén de notas tomadas durante los viajes entre México y España que realizó, conforman el cuerpo de una senda literaria donde el poeta, ensayista y editor Fernando Fernández construye la narrativa genealógica de sus antepasados emigrantes: Oriundos (Cataria, 267 páginas).

 En la solapa de esta primera edición plena de anécdotas, leemos:

“Oriundos (es) una crónica familiar y al mismo tiempo un ejercicio de intrahistoria sobre la emigración española anterior a la Guerra Civil.”     

Nacido en la Ciudad de México en 1964, Fernández fundó y dirigió la revista Viceversa; encabezó el Programa Cultural Tierra Adentro y fue director general de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. El autor respondió por escrito el cuestionario de Proceso, como se reproduce a continuación.   

 –¿Qué es Oriundos? ¿Cuál es su relación con España?

 –El libro es una crónica sobre la emigración de los españoles a México, particularmente asturianos, durante las primeras décadas del siglo XX, y la manera en que mantuvieron vínculos con su país de origen. Se centra en el caso de mi familia y está armada principalmente a partir del testimonio de mis abuelos paternos y mis tíos abuelos, por un lado, y por el otro de cuanto conseguí leer en bibliotecas y archivos y vivir yo mismo a lo largo de los cinco años que pasé en Oviedo, capital del Principado de Asturias. 

 –¿Cómo se originó el proyecto de escribirlo?

 –Fui a España a pasar una larga temporada de vacaciones después del cierre de la revista Viceversa, que dirigí durante casi una década. Aunque mi propósito era establecerme en Madrid, por esos días me invitaron a un pueblo de la montañosa comarca asturiana de Cabrales, al norte de la península, al homenaje a un viejo maestro rural que en la década de 1920 había sembrado en los niños del pueblo el amor a los árboles y la poesía.  

 “Aquel hombre, que resultó ser el padre de mi abuelo, había decidido estudiar para hacerse maestro, lo que consiguió en contra de la aprobación paterna y sin descuidar las labores del campo. Setenta años más tarde, en su homenaje, entre los aldeanos octogenarios que habían sido sus alumnos y se arrebataban la palabra para contarme anécdotas de su vida y decir de memoria sus versos, decidí establecerme en Asturias para intentar conocer y documentar su historia. Ése fue el origen del libro”.

Una palabra “quemante” 

El periplo vital y los avatares de sus antepasados entre España y México pueden leerse como un caso representativo de las miles de familias marcadas por la emigración, a lo largo del primer tercio del siglo XX, y del modo con que se acomodaron entre dos culturas y formas de entender el mundo. 

“Que yo sepa, no hay novelas sobre ese tema, ni películas o poemas. Los testimonios mismos son escasos, si no es que inexistentes. Esto es así, al revés de lo que ocurre con el exilio, que ha sido ampliamente estudiado, pensado e imaginado. Los españoles de la emigración anterior a la Guerra Civil, aunque sea numerosa su presencia en México, no han contado su historia, y mi libro es una invitación a hacer algo al respecto.”

–Al no ser su familia parte del exilio español, ¿cómo se relaciona usted con ese fenómeno histórico trascendental que cumple 80 años?

 –A nadie deja de tocar ese fenómeno, crucial para la historia moderna de México. En mi caso, la relación empezó desde antes incluso de mi nacimiento, ya que el médico que me trajo al mundo era un exiliado, Urbano Barnés. Ya era un hombre viejo; pero me salvó de la propuesta de un joven pediatra mexicano, quien, como había yo nacido de un preocupante color amarillo, insistía en hacerme una transfusión sanguínea integral. 

“Luego, mi relación con el exilio pasó por la Facultad de Filosofía y Letras, uno de los lugares donde la huella de los refugiados quedó marcada más hondamente, y en donde fui alumno, entre otros, de Federico Álvarez; después, por los dos años que trabajé en el Instituto Luis Vives, y por último por mi larga y fructífera amistad con Gerardo Deniz, uno de los principales poetas del exilio español en México, cuya vida y obra he estudiado con amor.”

Fernando Fernández relata su paso por el Instituto Luis Vives:

–Mi primer contacto personal con el exilio ocurrió cuando tenía poco más de veinte años y fui invitado a dar clases en el Instituto Luis Vives, fundado en México por exiliados españoles… Mi jefa era una mujer inteligente y sensata (María Luisa Gally Companys), nieta del histórico presidente de la Generalitat fusilado por Franco. 

“Por aquellos días estuve en la conmemoración de un aniversario de la Segunda República; a la hora del brindis, un escritor un poco mayor que yo, responsable del discurso, dijo que los ahí reunidos por lo menos teníamos el consuelo de saber de qué lado habían estado los buenos. Más allá del pedestre maniqueísmo del comentario, el entusiasmo de mi familia por Franco me hizo sentirme avergonzado entre aquellas personas llenas de historias desgarradas que debían de tener toda la razón.”

–Sorprende que su bisabuelo haya sido el republicano más votado en Cabrales en las elecciones de la primavera de 1931; pero luego, que su hijo haya peleado del lado franquista, e incluso haya sido falangista… 

 –Efectivamente, al volver de pasar casi 40 años en México, mi otro bisabuelo (no el maestro rural, sino su cuñado), formó parte de la candidatura republicana y fue el vecino más votado del concejo. Nadie que haya vivido la emigración puede ser otra cosa que republicano, ya que las vidas de quienes han tenido que emigrar suelen ser un alegato contra todo privilegio heredado. En la casa de mis abuelos jamás se dijo nada respecto a que aquel antepasado común, por cierto el primero que adoptó la nacionalidad mexicana, hubiera sido republicano. Por cierto, esa palabra, “republicano”, tan saludable entre nosotros, fue en España durante mucho tiempo una palabra quemante y subversiva. Yo descubrí el dato por azar, en la prensa de la época.

–Pero se decepcionó de la República, ¿por qué?

–Porque en mi familia impresionó mucho la violenta persecución religiosa que la República no supo o no pudo controlar. Durante la guerra, al ser desesperada la situación económica, incluso fueron a buscarlo a él, que había sido el principal republicano de la comarca, para exigirle una barra de oro. Claro que quienes actuaron en su contra no eran propiamente republicanos, sino miembros de la FAI, la Federación Anarquista Ibérica. Como no encontraron nada, se lo llevaron a él y estuvieron a punto de fusilarlo… Como consecuencia, su hijo (tío abuelo mío) se enroló en la guerra, que pudo haber evitado por tener la nacionalidad mexicana, y se convirtió en un entusiasta falangista.

–¿Qué lecciones saca de esos hechos?

 –Que el hijo del primer republicano de la comarca haya acabado convertido en falangista habla de la complejidad del proceso histórico de la década de 1930, y del error que supone aproximarse a ella de modo maniqueo.   

Y concluye el también autor del ensayo Contra la fotografía del paisaje (2014) y el poemario Oscuro escarabajo (2018):

“Afortunadamente, en los últimos años la historiografía ha tendido a adoptar posturas más equilibradas, lo que ha hecho que nos acerquemos a una visión más justa de lo ocurrido”.