Behnaz Jafari, famosa actriz iraní, recibe el video, grabado en un iPhone, de una joven que comete suicidio porque su familia se opone a que estudie actuación, y la diva nunca responde a esa llamada de auxilio; aunque sospecha que se trata de una guasa, Jafari siente culpa y se dirige a esa lejana y desolada región del norte de Irán a investigar el asunto. Conduce el auto el director Jafar Pahani, como ya lo hizo en otro de sus filmes.
Desde su arresto domiciliario, bajo prohibición de hacer cine y viajar fuera de su país, Jafar Pahani se las arregla para seguir dirigiendo, Tres caras (Se rokh; Irán, 2018) es la cuarta película de esta serie que comenzó con la estupenda Esto no es una película (2011) y que logró infiltrar en Cannes dentro de un pastel; en vez de filmarse como víctima del régimen, Pahani se arriesga a diseccionar la cultura patriarcal y el peso que ésta ejerce en la mujer, sobre todo en las capas más tradicionales.
De los tres rostros a los que refiere el filme, uno es el moderno, Behnaz Jafari, que se interpreta a sí misma, y que es conocida es su país sobre todo por su trabajo en televisión; el segundo es el de Marziyeh, la joven de ese remoto pueblo amenazada por su padre y por el hermano energúmeno, especimen que Pahani trata como si fuera el perro furioso de la casa al que hay que encerrar cuando llegan las visitas; y como el eje es la mujer, el tercer rostro no es el del director, sino el de la actriz que vive retirada, refugiada allí después de la revolución islámica, dedicada a la pintura. Este rostro, oculto como faz de la luna, es el de la mujer nunca aceptada por el pueblo; su nombre es Sherezade, la heroína persa (irania) de Las Mil y una Noches, que ahora ya no cuenta historias.
Mezcla de ficción y documental, el estilo de Pahani, próximo del reportaje, incorpora elementos de la realidad, todo aquello que pueda estar al alcance de la mano de este artista que camina con un grillete puesto, tal un carro vetusto, camaritas y teléfonos celulares, la gente que lo rodea, carreteras montañosas y mucho polvo. Pero el realismo, en este discípulo y asistente de Kiarostami, poco tiene que ver con el neorrealismo con el que algunos intentan asociarlo, como si mostrar situaciones de pobreza, escasez e injusticia sólo pudieran asociarse a esta corriente.
Dentro de la austeridad impuesta por su condición de disidente, la imaginación es la clave de su cine, ante todo la que el director muestra con el manejo de la cámara, o la forma de convertir en metáfora el docudrama de una vaca muerta a mitad del camino, la mujer que ensaya su tumba recién excavada, o la risa que provoca la historia del patriarca rural preocupado por la práctica correcta de la circuncisión y el cuidado del prepucio; aún mayor es la imaginación que Pahani exige de su público, obligándolo a resolver enigmas entre la realidad y la ficción.
El uso del teléfono celular para captar la realidad del momento, algo que la mayoría da por hecho, es uno de sus acertijos más recientes; la imagen del suicidio de la joven desesperada, puede ser real, o quizá alguien la editó. De esa misma manera Pahani mantiene en vilo al espectador que trata de adivinar si lo que ve en la pantalla es realidad filmada o un mero montaje para manipularlo.
Además de sus planos interminables o giros de círculo completo, en este cuento persa moderno, este realizador iraní se da el lujo de citar a Kiarostami de principio a fin, tanto que sería ocioso mencionar cada una de las cintas del desaparecido director que Pahani cita.








