“El artista anónimo”

Veterano en la venta de arte, Olavi (Heikki Nousiainen) tiene que retirarse.  

Por él no lo haría, pero no hay remedio, las rentas suben en esa parte de Helsinki y ya poca gente se acerca a su galería, el arte tradicional ya no se aprecia, difícil adaptarse a la nueva forma de hacer negocios. Una gran oportunidad llega cuando encuentra un cuadro posiblemente de un autor importante. A sus 72 años, Olavi quiere hacer un último gran trato: luego de años de separación, se ha reencontrado con Lea (Pirjo Lonka), su única hija, y así descubre la habilidad de Otto (Amus Brotherus), su nieto, para el comercio y la nueva tecnología.

El realizador finlandés Klaus Härö se especializa en dramas con dilemas afectivos complicados. En El artista anónimo (Tuntematon mestari; Finlandia, 2018) Olavi se sabe al punto de la derrota: envejeció y no supo mantenerse al día; pero se agita y recupera la pasión frente a la promesa del filón de oro que representan el cuadro y tener que enfrentar a los lobos, los mercaderes del arte que buscan arrebatárselo. A la vez, debe dar cuentas de la relación familiar que destruyó, y rescatar al nieto, o quizá dejarse rescatar por él.

Según declara Härö en la entrevista de Columba Vértiz de la Fuente en Proceso, guion e idea provienen de su guionista de siempre, Anna Heinämaa, de quien respeta la demanda de tanta carga afectiva que imponen reencuentros familiares y heroísmo de un abuelo, cosa poco común en el cine finlandés donde la emoción se muestra contenida, y el estupendo trabajo de los actores les evita caer en la parábola ejemplar.

El retrato del cuadro es el rostro de un Cristo, del ruso Ilya Repin, pintor que en su tiempo fue tan famoso como Tolstoi en la escena literaria. La metáfora del filme es obvia pero efectiva: un hombre que debe enfrentar su destino y trascenderlo. Y más que el rostro del galerista, Härö supo retratar la relación de familia, sobre todo la del abuelo y el nieto, el viejo y el joven, probar la autenticidad del cuadro (Un maestro desconocido); recuperar la sustancia y el sabor de la vida es clave en la cinta.

La pintura se extiende al manejo de cámara y color, empleo de luz natural, tonos azulados de estación fría, la atmósfera del frío de afuera se filtra al interior por puertas y ventanas; en una escena, Olavi le muestra al nieto el cuadro de un viejo con un joven, y discute lo que la pintura puede enseñar sobre relaciones intergeneracionales. Tal obviedad parecería redundante si no fuera porque (de manera inconsciente, por supuesto) el cuidado del realizador para apegarse al tema que propone su guionista, desarrollar y armonizar los motivos entre ese viejo y ese joven que construyen un puente, conectan con un arquetipo universal.

Aunque se alaba en reseñas y comentarios, como el público tiende a derramar algunas lágrimas con El artista anónimo, se le califica de tearjerker, algo así como un producto destinado a explotar sentimientos. Pero el buen cine y la literatura tocan lo universal cuando se saben anclar en lo particular, y de acuerdo al controvertido James Hillman, el arquetipo que sostiene una expresión creativa como ésta es el del Senex y el Puer (que no tiene que ver con el padre y el hijo): el viejo rejuvenece y acepta su destino gracias al contacto con el niño, y el joven se ancla en la realidad apoyado por la sabiduría del viejo de la tribu.