Siempre he dicho que para iniciar a alguien, principalmente si es un niño, en el maravilloso mundo de la ópera, nada mejor que La flauta mágica del Divino Mozart, auténtico cuento de hadas con todos los elementos para mantener entretenido a cualquiera durante sus dos horas y cacho de duración.
Partiendo de su nombre, una flauta mágica que (claro) produce efectos mágicos, hadas buenas, una terrorífica bruja negra, la Reina de la noche, un par de príncipes enamorados, ella y él, un sumo sacerdote encarnación de la sabiduría, un dragón que respondiendo a su condición arroja fuego por la boca, y hasta un simpatiquísimo y simple hombre-pájaro: Papageno, cuya mayor aspiración es tener una linda Papagena, buen vino y buen mangiar. Metidos todos estos elementos y algunos más en la extraordinaria licuadora musical de Mozart, el producto es una obra maravillosa.
Si esto es así con toda la ópera completa, imagínese usted lo divertida que, si está bien hecha como es el caso que nos ocupa, es una versión abreviada de no más de una hora de duración en la que los elementos y pasajes esenciales se mantienen. Es decir, para nada se desvirtúa la esencia de la obra y menos se le convierte en una chabacanería.
Esa versión abreviada es la que recibe el nombre de La flauta mágica según Papageno que (obvio) coloca a Papageno como eje central para la narración y desarrollo de la ópera. Es entonces el simplón pero todo corazón Papageno (una especie de Sancho de alguna manera) quien nos va conduciendo por los intrincados caminos que llevarán al príncipe Tamino hacia la toma de conciencia; es decir, la luz de la que la masonería nos habla y de la cual Mozart era practicante. Pero esto no de forma solemne o doctoral, sino divertida, con la participación básicamente infantil pero también de varios adultos que se sumergen en el juego y aúnan sus voces para advertir sobre el dragón, indicar por dónde salió equis personaje, etc. Lo típico en una función de teatro infantil, sólo que aquí envuelta en una música instrumental de factura superior y música vocal de igual factura que, entre otras serias dificultades, requiere de cantantes quienes aún sin tener las grandes voces, sepan sortear sus muchos obstáculos.
Y esto es lo que sucede en esta adaptación de Óscar Tapia que de verdad hace la delicia de los asistentes y que él mismo se encarga de dirigir, ofreciendo una muy digna representación escénica teniendo en el piano a David Pérez, y a Juana Sánchez en la flauta; buen vestuario de Laura Martínez e igualmente buena, funcional y colorida escenografía y utilería, desafortunadamente no atribuidas a nadie en el programa de mano.
Con un elenco que combina juventud con experiencia, La flauta mágica según Papageno cuenta con la participación cantábile del barítono Luis Rodarte que nos da un muy disfrutable Papageno; el tenor Juan Carlos López quien ofrece un solvente Tamino; una igualmente aceptable Pamina a cargo de la soprano Pilar Flores; el bajo Daniel Cervantes que hace un buen Sarastro; la soprano Darenka Chávez a quien le quedó grande la Reina de la noche, y una agradable Citlali Carrillo, soprano que interpreta a Papagena. Loable trabajo de estos compañeros operópatas que merece más funciones en el Teatro de la Ciudad, Centro Nacional de las Artes o Teatro Helénico por ejemplo, para que mayor cantidad de gente, adultos incluidos, lo disfrute.








