“Rocketman”

La vida del talentoso Sir Elton John, músico tan extravagante como kitsch, tan chabacano como solemne, no podía mostrarse en la pantalla más que en forma de comedia musical: discos, canciones, diseños de ropa, imágenes y objetos de culto que ahora promociona la película prometen cuantiosas ganancias. Productoras como Disney codiciaron el paquete por un par de décadas, y al final Marv Films, compañía inglesa, y Rocket Films, productora fundada por Elton John, se hicieron cargo y todo quedó en familia.

Rocketman (Reino Unido, 2019) combina el encanto del naturalismo inglés con la comedia británica de tono fuerte, el niño Elton prodigio del piano, familia de clase media de posguerra, con un padre distante, tan tieso que cuando tiene la oportunidad de hacer las paces con su hijo sólo se le ocurre pedirle un autógrafo para un amigo.

Aunque el medio no es, precisamente, el de la clase trabajadora inglesa, los aprietos por los que pasa el joven Elton, sus adicciones (por drogas, shopping y lentes más que estrafalarios), su lucha por la aceptación de su familia y del público en su condición de homosexual, lo asimilan al héroe que triunfa y conquista su lugar en la realeza británica. Lee Hall, guionista de Billy Elliot, es autor del guion, y juntos colaboraron en la versión musical de Elliot. El cantante permitió que el director Dexter Fletcher, los actores y el equipo de producción fuesen tan lejos como quisieran, pero no hay duda de que mantuvo siempre una idea clara de cómo desea ser visto por su público y la posteridad.

Dexter Fletcher se ha hecho famoso recientemente por haber sustituido a Bryan Singer al final de la dirección de Bohemian Rhapsody, y es también autor de una estupenda farsa inglesa de super héroes, Kick-Ass (2010); la experiencia se nota en la dirección de escenas donde el director coordina surrealismo con danza y melodrama, las lágrimas corren fácil en Rocketman, las cámaras giran y los efectos especiales ilustran emociones de manera un tanto onírica.

La silueta de un demonio con alas extendidas aparece al fondo de un canal luminoso, es Elton John con zapatos alados, un tanto pesados con sus plataformas grotescas para compararlo con Mercurio, pero el golpe kitsch se deja sentir; acto seguido se dirige al público, dice su nombre y se confiesa alcohólico, hace una lista de sus adicciones (que incluyen el sexo, uno de los temas que orquestan este biopic ejemplar). Posterior a la terapia de grupo llegan los flashbacks, escenas retrospectivas, un intento de suicidio, una imagen de sí mismo, más joven, tocan el piano en el fondo de una alberca, metáfora del músico en el fondo del inconsciente, promesa clara de redención.

Rocketman no titubea en mostrar escenas de sexo gay, pues sería el colmo que una celebridad como es este cantante, casado abiertamente con un hombre, se mostrara puritano en el asunto; sin embargo, el tema no es el sexo, sino la búsqueda de amor y aceptación, y por fortuna Disney no metió las manos. Aunque Elton John no descuida el millonario negocio de explotar su imagen, la preocupación por mostrarse como ejemplo de un artista que logra salir del infierno de las drogas y aceptarse a sí mismo parece sincera; en Taron Egerton, actor y cantante, el roquero encontró a su mejor intérprete.