Como parte del más que merecido homenaje que la nación está rindiendo al gran revolucionario Emiliano Zapata en ocasión del centenario de su asesinato, la mezzosoprano María Luisa Tamez armó un concierto-espectáculo que, bajo los auspicios de la Coordinación Nacional de Música y Ópera del ahora llamado INBAL (como si la Literatura no fuera Arte y no fuera bella), anda presentando aquí y allá por toda la República, mismo que tuvimos la oportunidad de escuchar en el bellísimo Museo Nacional de Arte.
Para esta ocasión, a más del maestro Carlos Alberto Pecero, uno de los mejores pianistas acompañantes de este país (habitual en estos conciertos), la cantante hizo conjunto con los también maestros Giova García en la guitarra y canto y Gabriel Jácome en la armónica y voz. Ambos son jarochos y, como tales, más que a otra, se dedican a la música popular. Buena elección dado el repertorio escogido y la intención del espectáculo-concierto.
Naturalmente y como no podía ser de otra manera, la representación incluyó, entre otras, las muy conocidas “Adiós mi chaparrita” y “La cucaracha”, así como “Adelita” y “La Valentina”, atribuidas ambas al más prolífico de los compositores, el muy popular DP (dominio público). Pero también otras cuantas como “Corrido del Plan de Ayala”, “Corrido de Zapata niño” y “Corrido del general Zapata” de, respectivamente, Leonardo Kosta, José Muñoz Cota y Jesús Díaz Bustamante, aunque predominantemente se escucharon las composiciones de DP.
En su propia voz, la mezzo fue alternando canciones y poesía ya que varias obras las fue diciendo, no cantando, seguida siempre por los instrumentistas que creaban el entorno preciso.
Loable intención pues, de la buena cantante que es la Tamez de rendir homenaje a quien auténticamente lo merece, y bien ideado y estructurado el espectáculo en el que cada uno de los participantes tiene su turno de lucimiento individual y, permanentemente, el de conjunto.
Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas en este Homenaje a Emiliano Zapata –como se titula el concierto-espectáculo–, ya que nuestra mezzosoprano cae en el problema eterno de las cantantes de ópera mexicanas, que es el error de cantar todo como si fuera, justamente eso, ópera.
El resultado, dada la calidad de la intérprete y su belleza tímbrica no es desagradable, pero tampoco se está disfrutando auténticamente del corrido bravío, la alegre polka o pegajosa mazurka, por ejemplo, sino que se está escuchando una voz que, con mucho, rebasa los requerimientos de la pieza en cuestión y, naturalmente, tampoco se cuenta con el estilo. Esto se hace particularmente notorio al contrastar su canto con el de los dos jarochos que lo abordan desde una perspectiva diferente, y más acorde al tipo de música de que se trata.
Por eso, repito, la motivación de creación del homenaje es incuestionable, la concepción del espectáculo es buena y también su estructura, así como el desempeño de los instrumentistas en el que, hay que agregar, de nueva cuenta sorprende la versatilidad de Pecero, quien se mueve aquí con la misma maestría con la que acompaña cualquier concierto operístico.
Un espectáculo de luz y sombra en el que la luz es mayor sin duda.








