La culminación de otra temporada menos chica en la Plaza México desnudó los padecimientos del Coso de Insurgentes que no acusa el desgaste de siete décadas de encierros, sino la resistencia de sus promotores a recuperar un espectáculo taurino en la Ciudad de México que apueste por encastes menos predecibles y por carteles atractivos y equilibrados. De seguir como va, la tauromaquia estaría sentenciada a convertirse en un vago recuerdo.
Con sólo 16 festejos concluyó la llamada Temporada “Grande” 2018-19 en la Plaza México, denominada así para diferenciarla de la “chica”, o de las novilladas, que desde hace años está reducida a un mero requisito para autorizar la venta del Derecho de Apartado –generalmente incumplido– del serial de invierno, no con la firme intención de estimular y poner a competir a jóvenes toreros que tienen cualidades y que en el mediano plazo debieran tomar la estafeta del relevo generacional.
Pero eso fue antes, cuando los carteles se nutrían por dos o más toreros que surgían cada año y que luego de triunfar en las principales plazas tomaban la alternativa, salían a presionar a los consagrados y convocaban a un público ansioso de ver la competencia real entre unos y otros ante toros bravos.
Luego, el neoliberalismo taurino prevaleció, la autorregulación se entendió como un capricho de los millonarios despreocupados por las pobres entradas y la dependencia anual a los veteranos diestros extranjeros redujo a lo mínimo el interés por los diestros nacionales.
En la decimotercera corrida, con menos de un cuarto de entrada, prueba de que los triunfos obtenidos no garantizan más asistencia debido al reciclaje de carteles, el español Antonio Ferrera y los mexicanos Arturo Saldívar y Diego Silveti partieron plaza por segunda ocasión para lidiar un encierro de Villa Carmela, disparejo de presentación pero con tres ejemplares que merecieron mejor suerte.
Ferrera, luego de triunfar en la quinta corrida con un noble toro de Santa Bárbara, repitió color, ahora con Luna llena, cuya fuerte embestida detuvo y picó en lo alto el varilarguero mexicano Alfredo Ruiz.
Fue otra faena entre altibajos de histrionismo, muletazos templados y entre encorvados y con el pico de la muleta a una bravura que evidenció el contraste entre el buen estilo del toro y la discreta expresión del torero.
Una oreja era más que suficiente, pero el juez Ramos otorgó dos en vez de ordenar arrastre lento a los despojos del bravo y noble astado, quizá porque Ferrera volvió a incurrir en la impertinencia de sugerirle con señas que premiara al toro con la vuelta al ruedo.
Saldívar trajo al santo de espaldas: su segundo se inutilizó en un par de banderillas y en lugar de ser sustituido el juez corrió el turno, incurriendo en un nuevo petardo. Regaló uno deslucido de Xajay al que Fernando García hijo colocó soberbio par de banderillas.
Silveti, tras su discreta actuación en la segunda corrida, volvió a llevarse el mejor lote… sin lograr aprovecharlo.
Aniversario sin adversarios
Algo inexplicable ocurrió en el festejo número catorce y primero de aniversario, ya que estando anunciada una corrida de ocho toros de Montecristo, “alguien” de las confianzas del rejoneador Diego Ventura tuvo la ocurrencia de sugerirle aceptar dos reses de El Vergel, deslucidas y de escaso trapío, con las que devolvió el apoteósico triunfo obtenido en la corrida inaugural ante dos bravos de Enrique Fraga.
Errores como ese le pueden impedir a Ventura convertirse en un ídolo de la afición mexicana. Joselito Adame, Ernesto Javier Calita, quien también repetía luego de su triunfo en la décima corrida, y la figura internacional peruana-española Andrés Roca Rey alternaron a pie.
La reventa estuvo desbocada de nuevo y se llenó en el numerado; hubo una bien intencionada exposición de pintura y fotos de época en una parte del túnel y también estaban los cerveceros ocupando el pasillo del segundo tendido. Aficionados y público disfrutaron de ese ambiente de excitación que permite imaginar parte de la historia, siquiera una vez al año.
Joselito Adame, ya sin ínfulas de primera figura, sino con una actitud de torero responsable y capaz, cuajó una inteligente y templada faena a su primero, sobre todo por naturales, siendo premiado con dos orejas benévolas y saludando de mano a cuantos estaban en el callejón, haciendo eterna la vuelta.
Con su soso segundo, logró colarse entre los pitones hasta meter a la gente en la faena, dejó una estocada caída y todavía así recibió otra oreja.
Calita realizó con su bravo primero una importante labor de capa y muleta. Fue cogido sin consecuencias. Se volcó en una estocada algo trasera y emborronó su labor con cuatro descabellos. Un público menos fiestero lo habría obligado a dar una vuelta al ruedo.
Y Roca Rey, con una extraña fuerza interior que le permite que se vean mejor muchos de los toros que enfrenta, aguantó sin pestañear la lenta y sosa embestida de su primero hasta estructurar una buena faena por ambos lados. Tras un pinchazo dejó una entera llevándose merecida oreja.
Al día siguiente, en el 73 aniversario de la inauguración de la Plaza México, con otra media entrada y en un despliegue de imaginación empresarial, La Clonada –al igual que su antecesora– ofreció un cartel con dos figuras milenarias importadas, Enrique Ponce y Pablo Hermoso de Mendoza, y dos jóvenes mexicanos, Sergio Flores y Luis David Adame, ante ocho toros de Los Encinos.
Algunos de los ejemplares eran noblotes y con transmisión, pero relativo fondo, bautizados por su criador con nombres de escritores extranjeros, que en el coloniaje no hay tema aborrecido.
Con la maestría cobera que lo ha caracterizado en 26 años de actuar en la Plaza México –“si con esto se conforman, esto les doy”, pareciera decir–, lidió bonito en toriles a su pasador primero, dejó tres cuartos de espada perpendiculares, recibió dos orejas y el burel arrastre lento, al fin que los aniversarios son para echar la casa por la ventana.
Todavía el divo valenciano se alcanzó a dar una vuelta tras mal matar a su segundo. La réplica se la supo dar el tlaxcalteca Sergio Flores, quien se llevó la oreja de su repetidor primero y otra más de su emotivo segundo, por un trasteo entregado, solvente y dominador, el burel fue premiado con arrastre lento.
El joven Luis David, que ya prefiere omitir el Adame, recibió a su primero con lucido y variado repertorio capotero, desplegando imaginación y creatividad con la muleta para hacerse de dos orejas, no obstante la desprendida colocación del acero.
Hermoso de Mendoza, quien no pudo mandar por delante al primer espada, como acostumbra, tuvo una actuación lucida pero discreta ya sin el despliegue de otros años, obteniendo no sin trabajos una oreja de su segundo. Abundaron premios, duración y euforia; escaseó la intensidad de la lidia.
La oreja de desdoro
El poder, si carece de claridad y le sobra soberbia, acaba siendo rebasado por las circunstancias aún más poderosas.
Ya la antecesora de La Clonada se había encargado de dividir a la Asociación Nacional de Matadores, sacándose de la manga otra agrupación y dejándolas sin capacidad negociadora.
Así, un festejo que en épocas menos contaminadas servía para que el gremio de los matadores allegara recursos a sus arcas, tradicionalmente mermadas, cuando no aviesamente saqueadas por deshonestos contadores, La Clonada decidió, en el tercer año de su desalmada gestión, facilitar la plaza para que se realizara la primera corrida de La Oreja de Oro, un trofeo que otrora se disputaban seis triunfadores de la temporada, nacionales y extranjeros, figuras o no, con un encierro de prestigio. El protagonismo sabía ceder el lugar a la solidaridad.
Pero en su afán de superación, por lo menos de los desaciertos cometidos por su antecesora, la actual empresa cerró su tercera temporada con un cartel ya no cuadrado o desequilibrado, sino de plano diseñado por antitaurinos, parchado con sobreros de dos ganaderías, Cieneguilla y Arturo Gilio, con los triunfadores Sergio Flores y Arturo Saldívar, algo tan fuera de lugar como la confirmación de alternativa del franco-yucateco Michel Lagravere, y con un tardío homenaje al maestro Mariano Ramos mediante la develación de su efigie en bronce.
Son los niveles de solidaridad de la empresa con los toreros y la impotencia de éstos para recuperar una tradición. ¿No les permitieron, no pudieron o no quisieron Fabián Barba, Arturo Macías, Calita y Leo Valadez participar en esta corrida? ¿Los estatutos de la asociación no establecen que los diestros triunfadores de la temporada deben torear la corrida de La Oreja de Oro a solicitud del Comité Ejecutivo? ¿Hacer la América no alcanza a los toreros importados para apoyar al hospitalario gremio? Asimetrías de una globalización taurina tan voraz como la otra globalización.
La entrada no llegó al cuarto del aforo –estos toreros aún no son figuras porque el empresariado no los puso a competir entre sí recién vueltos de España– y, sin embargo, se vieron faenas y toros de auténtico lujo: Saldívar hizo un bello quite a su primero, de Gilio, para luego realizar una faena de dominio y estructuración coronada con soberbio estoconazo, cortar una de las orejas más importantes del serial y explicarnos por qué los figurines evitan alternar con él.
El segundo de Flores, de nombre Compadre, también del hierro de Gilio, de armoniosa encornadura e inobjetable trapío, claro, con emotividad y fuerza, permitió al diestro de Apizaco bordar una inspirada y variada faena que culminó de pinchazo y entera para adjudicarse una oreja que valió por dos de muchos.
Lagravere, sin suerte con su lote, regaló a Don Paco, de San Mateo, precioso toro al que César Morales dio un gran puyazo y con el que su matador logró ligar algunas tandas por ambos lados, malogrando su labor con la espada. El magnífico toro recibió los honores del arrastre lento.
Con infecciones muy serias, como amateuritis, orejitis y regalitis, la Plaza México acusa no el desgaste de siete décadas, sino la renuencia de sus promotores a reposicionar el espectáculo taurino en la Ciudad de México mediante una gestión profesional y respetuosa, una apuesta por encastes menos predecibles y más emocionantes y combinaciones de toreros verdaderamente atractivas, equilibradas y promovidas.
Tradición abandonada a su suerte, sin vigilancia de las autoridades ni sensibilidad del malinchista monopolio y sus asesores, corre el riesgo de volverse pronto sólo un vago recuerdo.








