En lo que va de este año hemos podido admirar, en el Auditorio Nacional, dos óperas de la temporada 2019 desde el Met de Nueva York Adriana Lecouvreur (1902) de Francesco Cilea (1866-1950) y la multirrepresentada Carmen (1875) de Georges Bizet (1838–1875).
Adriana Lecovreur, en la vida real, fue una actriz de la Comedia Francesa que en 1730 muere envenenada al aspirar el polvo letal esparcido entre las dalias que le obsequió La Principessa di Bouillon, su rival en amores. Es una bellísima ópera que conviene rescatar y ponerla de nuevo en el repertorio de los teatros líricos; se le tiene relegada y realmente es muy lucidora para los cuatro protagónicos principales, y aun para los personajes pequeños.
Nada más por escuchar el aria de la soprano “Io sono l’umille ancella” ya vale mucho la pena, así como el momento climático “Giusto Cielo! che feci in tal giorno?”, monólogo de Fedra interpretado también por Adriana; asimismo las dos arias del tenor “La dolcissima effigie” y “L’anima ho stanca” son de enorme belleza, los dúos, las escenas concertantes… cada página de esta obra es fruto de la mente de un gran músico, un maestro consumado de la composición, injustamente olvidado. En nuestro país se representó por última vez en 1986, hace 33 años.
El personaje del barítono es el de Michonnet, el director de escena, callado enamorado de Adriana; en esta ocasión fue encomendado al italiano Ambrogio Maestri, quien bordó su personaje con canto y actuación de muy alto nivel. A este personaje Francesco Cilea escribió otro memorable solo o aria para decirlo de manera generalizada (hoy en día se le llama aria a casi cualquier solo que canta en la ópera un personaje, pero en estricto uso del término casi nunca son arias); nos referimos al “Ecco il monologo”, una hermosa romanza donde mezcla sorprendentemente el canto y la palabra hablada.
Adriana fue interpretada por Anna Netrebko, quien cantó y actuó de manera memorable; desde hace varios años el Met la ha programado para aparecer en la noche de apertura de temporada. Últimamente la Netrebko ha abordado un repertorio más demandante en términos de potencia y caudal vocal, digamos que ha pasado de un repertorio lírico y ligero a uno más fuerte, lírico spinto (del italiano “spingere”, empujar), lo cual podría ser un suicido vocal o una acción exitosa… el tiempo lo dirá. Como quiera que sea, la Netrebko está en plenitud de cualidades.
También en plenitud está el tenor polaco Piotr Beczala, otro de los favoritos del Met que, en esta ocasión, interpretó el personaje de Maurizio, que en realidad es el Conde de Sajonia. Es recurrente esta situación en los argumentos operísticos: En el Barbero de Sevilla el conde Almaviva finge ser el pobre Lindoro; en Rigoletto el Duque de Matua se hace pasar por un estudiante pobre: Gualtier Maldé, y hay más ejemplos, lo mismo en el ballet. Piotr Beczala nos proporcionó un Maurizio de antología, totalmente recordable como uno de los grandes intérpretes de este rol.
El cuarteto de solistas lo completó la mezzo georgiana (de la exUnión Soviética) Anita Rachvelishvi, otra consentida del Met a quien frecuentemente admiramos en diversos roles y una vez más bordó su personaje, La Principessa di Bouillon, y nos obsequió una inolvidable versión de su aria “Acerba voluttà”, los dúos y en general todo su rol.
El director concertador, Gianandrea Noseda, estupendo.








