“El libro verde”

Tony Vallelonga (Viggo Mortensen), rudo ítalo-americano del Bronx, guardespaldas en un centro nocturno, acepta trabajar como chofer para Don Shirley (Mahershala Ali), un pianista negro de origen jamaiquino a punto de emprender una gira por el sur de Estados Unidos; el arranque de Green Book (Estados Unidos, 2017) augura un “road picture” en tono de comedia de cuates (buddy movie) que ocurre en 1962, en plena era de la segregación racial, y con el detalle de que Tony es racista.

Fórmula eficaz en las comedias del director Peter Farrelly, que ahora dirige sin su hermano Bobby (Loco por Mary) ha sido el manejo de dúo de cómicos (Dumb and Dumber) a la manera del Gordo y el Flaco; y pese a la gravedad del tema, viaje por la tierra del Ku Klux Klan, El libro verde no es la excepción; mientras que el doctor Shirley es un virtuoso del piano, políglota y educado, refinado, Tony es un burdo machista, que resuelve los problemas a trancazos.

La receta invierte los estereotipos negro y blanco de Hollywood, de acuerdo a lo políticamente correcto: El negro ya no es el criado ni el ignorante; el blanco, católico, buen esposo y padre de familia, apenas sabe hablar y menos escribir… Pero cada uno tiene mucho que aprender del otro en situaciones chuscas, como la del blanco enseñando al negro a comportarse como negro y comer con las manos; la señora Daisy maneja y el distinguido afroamericano da las órdenes.

El título alude a la “guía verde” diseñada por Víctor Green en 1936, que proponía sitios permitidos como hoteles, restaurantes y lugares de atracción para los turistas negros que se atrevían a viajar por el sur. El hecho de que la cinta esté basada en personajes reales funciona como envoltura de regalo para el espectador que puede hacerse la ilusión de que así fueron las cosas, sobre todo porque ocurren en el pasado y la segregación racial ya no existe, y los negros, como los que el par de viajeros miran en el camino, ya no son explotados en las plantaciones de algodón.

En realidad, en The Green Book, con amistad sin fronteras, como agrega el título en español, hay dos películas; una es el cuento de hadas, disfrutable de principio a fin, con una narración fluida y llena de sorpresas, y con dos actores estupendos capaces de dar vida a cualquier estereotipo; una fábula moral del Hollywood de la nostalgia.

La otra película, la que haría un director como Spike Lee, es la de la cruda realidad actual con el problema racial aún lejos de resolverse, y con un presidente que, por veces, se hace sospechoso de ser un supremacista blanco. Dos estigmas pesan en esta otra película, el escándalo de la familia de Shirley que niega los hechos, y el cliché del “magical negro”, dedicado a salvar a los blancos, que tanto aborrece Lee.

Con todo, real o ficticia, la historia y la personalidad de Don Shirley, que Farrelly muestra como un rey africano sentado en su trono, es una gran adquisición  para el público.