“Adriana Lecouvreur”, 28 años después

La última vez que pudo apreciarse la ópera Adriana Lecouvreur de Francesco Cilea (1866-1950) en nuestro país, fue en 1990 llevando en los papeles protagónicos a la entonces soprano, María Luisa Tamez, hoy mezzo, y al tenor Alfonso Navarrete. De aquí la importancia para el público mexicano de su presentación en el Auditorio Nacional, vía transmisión directa desde el MET de Nueva York, ya que toda una generación no había tenido la oportunidad de presenciarla en vivo.

Y no es que la Lecouvreur sea la gran, gran ópera ya que su argumento es bastante pueril e intrascendente; pero sí es una que por algo se mantiene en los repertorios de los grandes teatros y tiene pasajes realmente hermosos, como las arias de la soprano y mezzosoprano que son toda una prueba para las cantantes, a más de otras tantas partes orquestales y vocales. Con libreto en italiano de Arturo Colautti basado en la obra de teatro del mismo nombre de Eugène Scribe (el mismo de La Favorita de Donizetti y Vísperas sicilianas de Verdi, entre otras) y Ernest Legouvé, esta ópera se estrenó en el Teatro Lírico de Milán el 6 de noviembre de 1902 y, al año siguiente, el 5 de mayo de 1903, aquí en México en el Teatro Renacimiento.

La función que nos ofreció el MET contó con un elenco estelar encabezado por una de las grandes divas de nuestro tiempo, Anna Netrebko, en el papel principal; el tenor polaco Piotr Beczala, como su contraparte masculina, el Conde de Sajonia; la mezzosoprano georgiana Anita Rachvelishvili como su rival, la princesa de Bouillon; y como el empresario Michonnet, el barítono italiano Ambrogio Maestri. La nueva producción, muy buena por cierto, corresponde al británico Sir David McVicar, mientras que la dirección musical corrió a cargo del milanés Gianandrea Noseda.

Teatro dentro del teatro, Adriana Lecouvreur nos cuenta la historia de su protagonista, una destacada actriz de la Comédie-Française que se enamora y hace amante de Mauricio, conde de Sajonia, buen guerrero y mejor seductor quien alojado en el palacio del príncipe de Bouillon, se hace amante de la esposa de éste (y aprovecha para que ella interceda a favor de su carrera política). Los enredos amorosos culminan con la muerte de Adriana, envenenada por el aroma de unas violetas que aparentando ser de Mauricio, le envía su literalmente mortal rival. Como puede apreciarse, fuera del pequeño entorno en que la trama se desenvuelve, nada que importe a quienes estén más allá. Como literatura dramática (no olvidar que la ópera es teatro), bastante pobre esta creación de Colautti. Lo que salva a la obra es la música –como en los ejemplos que arriba citamos– y, en este caso, la puesta en escena y sus intérpretes.

Espléndida sin duda la Netrebko quien, en tanto representa a una actriz, tiene que actuar en diferentes recitativos con autenticidad y particularmente en el fragmento de Fedra, que es todo un reto. Con no menor calidad vocal se desempeña la Rachvelishvili que se está convirtiendo en la mezzo del momento a nivel internacional, y no a la zaga de éstas Piotr Beczala, quien igualmente es un referente dentro de las voces de tenor lírico de hoy. Buen desempeño igualmente del barítono Maestri en su Michonnet, sobre todo en la encarnación de su personaje. Desempeño por demás correcto del barítono bajo italiano Mauricio Muraro encargado del Príncipe de Bouillon y del tenor, también de Italia, Carlo Bosi como el Abad.

Ahora, a esperar si un año de estos podremos apreciar en vivo, en vivo a esta umile ancella (humilde sierva) como dice su aria más conocida.