Turismo bajo ocupación

Los cristianos celebran esta semana el nacimiento de Jesús en Belén, pequeña ciudad palestina visitada por miles de peregrinos… siempre y cuando reine la calma en la región. Esta localidad celebra que 2018 fue un año próspero para el turismo, pese a los incontables obstáculos que representan los más de 50 años de ocupación israelí, dificultades ante las que la mayoría de los visitantes cierran los ojos.

Belén, Palestina.- El autobús blanco con matrícula israelí se detiene a las puertas de la iglesia de la Natividad. De él bajan unos 25 turistas latinoamericanos y su guía, que los conduce hacia la entrada del templo. La media de edad del grupo ronda los 50 años. Faltan sólo dos semanas para Navidad y en los rostros de los viajeros se observan la impaciencia y la emoción por estar tan cerca de uno de los puntos esenciales de su visita a Tierra Santa: el lugar donde según la tradición nació Jesucristo.

La guía explica en español la historia de este lugar sagrado, las destrucciones y reconstrucciones del templo, la repartición del lugar sagrado entre católicos, griegos ortodoxos y armenios, y la actual renovación de la iglesia. Siguen los ­flashes, selfies y videos para la familia. 

“Estoy feliz. Tan feliz que casi ni me lo creo. Es un sueño estar hoy aquí”, dice Nora, fotografiándose frente a la entrada de la Gruta de Belén. De origen hondureño, esta mujer vive en Estados Unidos desde hace más de 20 años. Su viaje a Tierra Santa transcurrirá principalmente por lugares situados o controlados por Israel. El único punto de su peregrinación que está administrado por el gobierno palestino será esta ciudad, epicentro de la fe cristiana y azotada y aislada por la ocupación. 

Pero ni Nora ni la mayoría de los integrantes del grupo parecen mostrar demasiado interés en saber más de las circunstancias actuales de esta ciudad de 30 mil habitantes que cobija a una importante comunidad de palestinos cristianos. Algunos ni siquiera han caído en la cuenta de que no están en territorio israelí. “Mi viaje tiene motivaciones religiosas y no quiero hablar de esas cosas”, zanja la turista.

“Nosotros ya habíamos venido”, interviene Vicente, de México, que viaja con su esposa. “Vinimos hace 17 años, poco después de los atentados del 11 de septiembre. No había nadie por aquí. Estaba desierto. En esta ocasión vemos que hay muchos más turistas y estamos tranquilos. No sentimos el conflicto que hay en esta tierra”, explica.

El grupo aguarda su turno y pasará escasos minutos en la Gruta de Belén, un pequeño espacio donde se venera el lugar en que pudo situarse el pesebre de Jesús. 

Una oración, más fotos y de vuelta al autobús. El grupo saldrá de la ciudad atravesando un retén militar israelí y también la barrera de separación que Israel construyó desde 2002 en toda Cisjordania y en torno a Jerusalén con el argumento de impedir la entrada de terroristas. Este muro aísla de Jerusalén a los habitantes de Belén, ciudades ligadas por la religión y la historia. 

Las dos localidades se encuentran a sólo una decena de kilómetros. Cualquier palestino de Belén necesita hoy un permiso israelí para cruzar esta barrera.

“Sí, vi el muro y me dio miedo. Una sabe que ha habido ataques contra autobuses, que los palestinos tienen ideas muy radicales”, explica Glenda a media voz. “Pero queríamos ver la iglesia de la Natividad y no hay otra manera”, agrega con gesto resignado esta colombiana nacionalizada estadunidense, admiradora del presidente Donald Trump.

Indiferencia e ignorancia 

El grupo de turistas latinoamericanos habrá pasado unas cuatro horas en esta ciudad palestina. Es el caso de la mayoría de los extranjeros que llegan a Belén, que vive del turismo después de que sus motores económicos tradicionales –la agricultura y la industria textil– se vieran reducidos a su mínima expresión debido a las restricciones de movimiento y a la proliferación de colonias israelíes en la región.

“La ocupación israelí y la irrupción de productos chinos o indios han aniquilado nuestra industria local y nuestra agricultura. Ahora el turismo, principalmente religioso, es nuestra principal fuente de ingresos, pero es un sector que se ve influido por la violencia y la situación política. No es estable”, explica Anton Salman, alcalde de Belén. 

Salman celebra que el periodo de relativa calma en la región haya hecho aumentar el número de visitantes extranjeros en 2018, cuando según fuentes oficiales se registraron, hasta noviembre, 1.8 millones de turistas en Belén, frente a los 1.2 millones de 2017 o los 750 mil de 2016. Son cifras aproximadas, basadas en visitas a la iglesia de la Natividad y en datos de los hoteles, porque la Autoridad Palestina no tiene capacidad para controlar los puntos de entrada a la ciudad ni a la región, ya que todos los turistas que llegan a esta ciudad lo hacen por una frontera controlada por Israel.

“En muchos casos los peregrinos no saben dónde están cuando llegan a Belén. No saben que esto es Palestina. Vienen a ver piedras, los traen en autobuses, los bajan y no conversan con ningún palestino de la ciudad, que son, como dijo Juan Pablo II al visitar esta tierra, ‘los descendientes de los pastores’ que acudieron al pesebre de Jesús. Muchos turistas, consciente o inconscientemente, no se dan cuenta de la importancia que tiene este pueblo”, afirma Xavier Abu Eid, un portavoz de la Organización para la Liberación de Palestina.

Los cristianos representaban 20% de la población de esta tierra en 1948, cuando se creó Israel; hoy no llegan a 2%. La región de Belén es un caso excepcional, ya que en ella se concentran entre 25 mil y 30 mil cristianos; es decir 8% de la población.

La familia Giacaman decidió quedarse. Desde hace décadas administra aquí una tienda de recuerdos. “El negocio ha ido bien este año. Los turistas que entran en nuestro comercio visitan Belén sin grupos ni guías. Tienen más tiempo y sí quieren saber más de nosotros y del conflicto que vivimos. Muchos quedan boquiabiertos cuando les decimos que somos palestinos y cristianos y vivimos en paz con los musulmanes porque, por encima de todo, somos palestinos”, explica Mary.

La comerciante muestra con orgullo una fotografía del Papa Francisco junto a una cruz de madera de olivo palestino que le llevó en persona al Vaticano. En el recuerdo de los cristianos de Belén permanece nítida la visita que el cabeza de la Iglesia católica realizó a la ciudad en 2014 y no olvidan su imagen rezando, con una mano apoyada en el muro que cerca la ciudad.

Los grafitis 

El ir y venir de turistas, autobuses y visitas guiadas comienza a primera hora de la mañana. Un gran árbol de Navidad, decoraciones en las calles, villancicos como música ambiente y vendedores de gorros de Santa Claus recuerdan que las fiestas están cerca. Desde temprano, Hisham, guía palestino de Belén, aguarda a algún turista en la plaza de la iglesia de la Natividad. “Es un buen periodo, pero en cuanto haya el menor rebrote de violencia, la gente dejará de venir”, vaticina.

Él y sus compañeros palestinos se quejan de la competencia desleal de los guías israelíes que “vienen libremente a Palestina a trabajar mientras que un guía palestino no puede salir de Belén ni trabajar en Israel”. 

“Israel controla todo”, resume con desdén. 

Por 30 dólares este guía promete una hora de visita y explicaciones en inglés en la iglesia. Por el mismo precio hace también “tours políticos” y lleva a un campo de refugiados palestino de Belén o a la barrera de separación que rodea la ciudad. 

Desde marzo de 2017, la inauguración de un hotel al pie de este muro de hormigón, ideado y decorado por el artista británico Banksy, se ha convertido en un punto de interés para muchos visitantes. El popular grafitero, cuya identidad no se conoce, ha venido varias veces a los territorios palestinos y el Walled Off Hotel (Hotel Amurallado) es una forma de denunciar la existencia de este muro. 

“Soy fan de Banksy y quería conocer este lugar”, afirma Michael, turista estadunidense que vino sólo para visitar este hotel. 

A su paso por Belén, este muro construido por Israel se ha convertido, del lado palestino, en sitio de expresión donde se multiplican grafitis, mensajes de apoyo a los palestinos y críticas a Israel o a Trump. 

“Los estadunidenses somos en gran parte responsables política y financieramente de este conflicto. En mi país, la tendencia general es culpar a árabes y palestinos de lo que pasa aquí, pero en mi generación, que ronda los 30, esto está cambiando poco a poco”, agrega Michael.

En la región formada por las localidades de Belén, Beit Jala y Beit Sahur, hay unos 40 hoteles y 7 mil camas, según cifras de la alcaldía. Nuevos hoteles siguen inaugurándose, aunque raramente se llenan.

“En Belén tenemos que entender, ­como ya entendieron en otros lugares de peregrinación cristiana (como ­Lourdes o Fátima), que además de lo religioso hay que potenciar otros tesoros de la ciudad, como la cultura o la gastronomía. Y paralelamente debemos mejorar la calidad de nuestros servicios. Eso hará que el turista decida quedarse una noche”, afirma Fadi Kattan, chef palestino ­propietario de un pequeño hotel en el centro.

Kattan ofrece una experiencia 100% local a quien decida pasar una noche en su hotel, establecido en una casa histórica restaurada, y reserve una cena en su restaurante: los productos son locales, desde el aperitivo hasta el postre, ya que la materia prima se compra diariamente a pequeños agricultores de la región, la silla en la que se sienta el comensal fue fabricada por artesanos de Belén y el mesero nació y vive en la ciudad.

Suena casi idílico, aunque el día a día de este pequeño empresario está repleto de dificultades. “La ocupación israelí tiene un impacto directo en mi vida de hotelero. Por ejemplo, en verano Belén tiene agua corriente una vez cada dos o tres semanas y hay que sobrevivir con el agua que se almacena ese día, mientras que los colonos israelíes que viven en nuestra tierra, a poca distancia del hotel, tienen agua corriente cada día. Agua palestina”,
denuncia.

En Belén hay más de 20 colonias israelíes. La comunidad internacional considera ilegales todos estos asentamientos que se alzan en tierra palestina y en los que viven más de 550 mil personas, según datos de la ONG israelí Peace Now.

La mayoría de los recursos hídricos de la región de Belén se encuentran en la zona donde se han instalado estas colonias y los palestinos han perdido el acceso a estas fuentes de agua.

“Otro problema es que los agricultores a los que compramos los productos viven rodeados por estas colonias o tienen que atravesar una zona de asentamientos para llegar al hotel. No podemos prever a qué hora traerán los productos y también son más caros”, explica Kattan.

Además denuncia el control y la ­presión que Israel ejerce sobre los turistas que desean visitar libremente una ciudad como Belén. “Los israelíes quieren hacernos pasar por monstruos. Por ejemplo, un extranjero alquila un coche en Tel Aviv y no puede entrar con él porque el seguro no le cubre en caso de accidente. Las cosas se complican, el visitante duda y se plantea anular la reserva. Si decide venir, tiene que dejar el coche del otro lado y nosotros lo vamos a buscar al retén militar. Todo ello causa, de entrada, una sensación de intranquilidad”, explica.

Sin embargo, Kattan recuerda que aquí la tasa de criminalidad es una de las más bajas del mundo y un turista está más seguro paseando de noche por su ciudad vieja que por el centro de Nueva York o París.

La Puerta de la Humildad 

A la iglesia de la Natividad de Belén sólo se accede agachándose para atravesar la Puerta de la Humildad, una entrada de apenas metro y medio destinada antaño a que los caballos no pudieran entrar en el templo y así preservarlo. Cuando el visitante se incorpora, una vez dentro de la iglesia, su mirada se clava en mosaicos de una calidad y belleza conmovedoras, y en una hilera de columnas decoradas con frescos que conducen a la entrada de la gruta del pesebre.

La iglesia de la Natividad de Belén, construida en el año 399, está protegida por la UNESCO desde 2012, cuando fue inscrita en la lista del patrimonio en peligro, debido a infiltraciones de agua. Desde 2013 los trabajos de restauración han transformado y fortalecido el lugar sagrado y han rescatado de sus suelos y paredes obras que los peregrinos podrán contemplar esta Navidad.

“El 80% de las obras están terminadas y la iglesia está casi fuera de peligro”, celebra Ziad Al Bandak, consejero del presidente palestino Mahmud Abbas y responsable del comité de rehabilitación de la iglesia.

Palestina es el principal patrocinador de estos trabajos de restauración. De los 13 millones de dólares gastados hasta ahora, siete proceden de fuentes publicas y privadas palestinas. El resto fueron donaciones de diferentes instituciones o países como Italia, Francia, Polonia, Brasil o Chile. Quedan por recaudar 3 millones de dólares para terminar de restaurar mosaicos del suelo antes de que Belén se convierta en capital de la cultura árabe en 2020, apunta Al Bandak.

“La UNESCO ha significado un paso importante para la preservación y protección de lugares como éste. En la Plaza de la Natividad había tanques israelíes hace 15 años. Son sitios que no se han protegido adecuadamente y que son patrimonio palestino, pero también de toda la humanidad”, estima Abu Eid.