Según Macri, la culpa de la crisis es de Perón

A finales del siglo XIX Argentina tenía el PIB per cápita más alto del mundo; ahora es apenas la vigesimoprimera economía global y se sigue hundiendo. Y el presidente Mauricio Macri, a quien una gran crisis económica le está estallando en la cara, sólo atina a buscar culpables. Primero arremetió contra los Kirchner, pero de unas semanas para acá enarbola un fantasma del pasado: el peronismo, un fenómeno social ocurrido hace siete décadas y cuyas políticas “populistas” fueron interrumpidas por otros gobiernos y dictaduras de derecha.

BUENOS AIRES.- “Llegó la hora de dejar atrás 70 años de engaños”, dijo el presidente Mauricio Macri el 4 de septiembre en la sede de la Unión Industrial Argentina. Cuatro días después, en Mendoza, aseguró: “Siento que llegó la hora de que esta generación sea la que resuelva definitivamente nuestros problemas, que arrastramos desde hace 70 años”. Y remató el martes 23 en La Rioja: “No vamos a construir en dos años lo que no se hizo en 70”.

Desde hace algunas semanas Macri afirma que su gobierno debe remediar “70 años” de decadencia argentina. En los dos primeros años de su gestión le endilgó sus fracasos a la “pesada herencia” kirchnerista. Ahora, mientras su estrella declina, culpa al peronismo, el que en 1946 entronó a Juan Domingo Perón. El presidente se deslinda así de su responsabilidad en la profunda crisis económica que desde abril atraviesa Argentina y pone el foco en la batalla cultural, no en la económica.

Incapaz de seducir por medio de logros, Macri utiliza la polarización para afirmar lealtades y refutar críticas. En su nueva cruzada discursiva, el presidente abraza una vieja idea del conservadurismo liberal en Argentina, que sostiene que “antes de Perón” el país era uno de los más prósperos del mundo y que el peronismo es la causa de todos los males que hasta hoy lo aquejan. El antiperonismo, como opinión no institucionalizada, vuelve a ser una forma ideológica que puede expresarse sin riesgo de sanciones sociales. 

“Gran parte del electorado macrista también la está pasando mal con el ajuste, que va mucho más allá de la falta de actualización de los salarios, y hay que darle algún elemento para que siga apostando al gobierno”, dice a Proceso el sociólogo Carlos de Angelis, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. 

“En ese sector hay un sentimiento antikirchnerista, pero también algo que lo trasciende, una disputa histórica, casi filosófica, entre un país construido desde el Estado, como fue el del peronismo, que creó cientos de empresas públicas con la idea de industrializar, y un país que se integra al mundo liberando al sector privado, el sector agroexportador”, explica. “Unos y otros se echan la culpa por el fracaso. El nuevo discurso es el del valor del mérito, y el peronismo sería lo contrario, que te faciliten lo que no te mereces”. 

La declamada necesidad de extirpar al peronismo de la identidad política argentina para superar 70 años de “decadencia” suena a objetivo imposible, a apuesta trasnochada, a argumento cojo. El deseo pasa por alto el hecho de que Perón y sus seguidores han gobernado sólo 35 de los últimos 72 años. Diez de ellos, además, a través de Carlos Menem, cuyas políticas, de sesgo neoliberal, son similares a las que hoy aplica Macri y a las que durante 18 de esos años aplicaron diferentes dictaduras militares. 

La equiparación de peronismo y corrupción omite los casos que hoy salpican al presidente Macri y a varios de sus funcionarios. Para el gobierno, sin embargo, el antiperonismo explícito es eficaz en términos políticos.

Granero del mundo

Con datos del Fondo Monetario Internacional, a marzo de este año Argentina era la vigesimoprimera economía del mundo y la tercera de América Latina, después de Brasil y México, y su PIB per cápita ocupaba el puesto 58 en el mundo. Una actualización del Maddison Historical Statistics, basado en cifras estimadas por el economista inglés Angus Maddison, sostiene que en 1895 y 1896 Argentina ostentaba el mayor PIB per cápita en el mundo. El país, integrado al comercio mundial mediante la exportación de carnes y granos, ocupaba el quinto lugar en 1913, el octavo en 1950, para después ir descendiendo. 

Tal es el elemento clave esgrimido por quienes consideran que a Argentina se le reservaba un destino de grandeza. El incumplimiento del presagio revive una y otra vez la búsqueda de responsables. 

“La comparación es con Canadá y Australia, que son dos países que sí lograron una coexistencia de un país industrial que a la vez sostiene una gran producción agrícola, apelando siempre a la innovación y la actualización”, explica De Angelis. 

“También en Brasil, en Corea y el sudeste asiático hubo industrializaciones tardías, con el Estado al frente de la planificación. Perón fracasa en su modelo industrializador, al desarrollar una industria de muy baja productividad, con productos que no pueden competir en ninguna parte del mundo”, dice. “Y durante el kirchnerismo los recursos del campo, más que financiar la industria se redistribuyen entre los pobres generados por la crisis de 2001”.

En diciembre de 2015, por primera vez en la historia argentina, el sector conservador liberal representado por Mauricio Macri llegó al poder vía elecciones democráticas. Anteriormente había gobernado sólo gracias al fraude, las dictaduras militares o cooptando al peronista Carlos Menem en los noventa. Los gobiernos populares, encabezados por políticos radicales o peronistas, concedieron a la población participación política y derechos sociales. 

“En el primer gobierno peronista (1946-1955) coincidieron la democratización social acelerada y la adopción de una forma política democrática que no era liberal ni republicana”, opinó el historiador Luis Alberto Romero en La Nación el pasado 16 de septiembre. Definió esta “democratización del bienestar” como el acceso de los sectores trabajadores a bienes y servicios que ya estaban al alcance de los sectores medios, lo que “produjo crujidos y rechazos”. Los cambios, similares a los implementados en Europa en esa época, aquí se produjeron “por la vía autoritaria”.

En la actualidad Argentina es un país con un sector competitivo: el agro. Su burguesía, poco afecta a invertir en investigación y ciencia para incrementar la productividad del trabajo, se dedica a los negocios con el Estado, a ofrecer servicios a un mercado cautivo, a la especulación financiera y a la fuga de divisas que ingresan a través del endeudamiento externo del Estado.

“Peronia”

Endeudar al fisco, adelgazar la industria y reprimarizar (volver a la producción de materias primas y bienes poco elaborados) la economía… En pos de la jerarquía y el orden, el gobierno de Macri lleva a cabo un monumental ajuste, que desempodera a los sectores beneficiados por el anterior gobierno. 

Macri no sólo criminaliza a la anterior mandataria, Cristina Kirchner –a quien una justicia federal sumisa mantiene a un paso de la cárcel–; también acusa a Perón. 

Mediante el uso de troles que operan desde diferentes dependencias del Estado, el gobierno ataca a políticos, periodistas y activistas que se le oponen, pero también alimenta la figura de un enemigo al que se busca deslegitimar y criminalizar. 

Este enemigo está formado por “piqueteros” (personas que participan en bloqueos), beneficiarios de planes sociales, sindicalistas, indígenas, maestros. De manera genérica se les acusa de “baja laboriosidad”, propensión a las demandas irracionales y de añorar una Argentina “populista”, nacida hace “70 años”, en algo que los troles llaman “Peronia”. “Al gobierno, al igual que le pasó al kirchnerismo, le resulta más fácil construir un enemigo que tratar de explicar por qué el modelo no recibe inversiones productivas”, resume De Angelis.

El mensaje apunta a un universo de sectores medios que considera que las ayudas a los sectores bajos conspiran contra la “cultura del trabajo” y que con sus impuestos se financia la “fiesta” del consumo de los pobres. Se trata de una clase media que ha sufrido un descenso notorio en su nivel de vida desde que gobierna Macri, pero que todavía se conforman con una pertenencia simbólica a un mundo que se expresa en ese apoyo.

“Esa clase media que paga el aumento en los impuestos, a la que todos los meses le aumenta el transporte público y demás servicios, que recibe un castigo enorme, este sector no tiene representación formal, la representación es Macri: el representante de la clase media es Macri”, sostiene De Angelis. “Y ahí tenemos el debate entre colegas, de por qué en esta situación un núcleo duro de clase media lo va a seguir votando. Hay un regreso de la ideología. Pero es muy difícil que un antiperonista te explique bien por qué lo es, más allá de los lugares comunes”.

El sociólogo ensaya otra explicación complementaria, que pone el foco en un impulso irracional llamado “aporofobia”. “Es el odio, el rechazo o el miedo a los pobres, que proviene básicamente de los sectores medios, pauperizados, que ven al pobre como un competidor por los recursos”, explica.

El hecho de que los modelos “populistas” busquen la integración social y el apoyo de los pobres, empoderándolos con ayudas materiales o simbólicas, cuestiona la estructura jerárquica, generando rechazo en sectores medios que perciben esta igualación como una amenaza.

“Mientras las clases medias suelen construir sus aspiraciones de estándar de vida mirando hacia las clases superiores, comienzan a observar que los ‘de abajo’ compiten con ellas por los recursos, ahora amparados por las políticas públicas”, explica De Angelis. 

Grafica el fenómeno mediante una entrevista realizada en un suburbio de Buenos Aires durante un trabajo de consultoría: “En un barrio de clases bajas una señora me dice: ‘¿Cómo puede ser? Están poniendo cloacas en la villa (colonia miserable) que tengo enfrente y a mí no me ponen cloacas’. Me decía que ella trabajaba y pagaba impuestos”, cuenta el sociólogo: “Hay una lucha por el recurso y se percibe al tipo que viene a competir por el recurso como un enemigo social”.