El siguiente es el texto que la actriz Cecilia Suárez leyó el pasado 27 de septiembre durante el lanzamiento de la Iniciativa Spotlight para eliminar la violencia contra las mujeres y las niñas, que tuvo lugar en la Organización de las Naciones Unidas de Nueva York. Titulado “Harta”, sus alarmantes datos provienen de la OCDE –Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos–, del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública-México, y #Ellos Hablan, de Lydia Cacho (Grijalbo, México, 2018).
Honrada de encontrarme en este recinto histórico, escenario de momentos en que la humanidad ha discutido su pensamiento y acción frente a las paradojas de su historia, no puedo sino detenerme un momento y pensar que se ha tratado, casi de manera constante, de grandes proyectos que intentan contener y transformar nuestra más grave condición humana: el ejercicio constante y cada vez más cruel de la violencia.
En este caso, la violencia de género es alimentada en principio por la idea de que hombres y mujeres somos diferentes y de que el poder y la autoridad residen en un solo espacio de esta ecuación.
Sobre esa idea nace el patriarcado, este patológico sistema de creencias convertido en un modo de pensar, de actuar, de ser y proyectar, que sitúa a mujeres y hombres en puntos distantes, desiguales, injustos, dolorosos y por demás, absurdos.
Me declaro harta de esta forma de vida. Y lo expreso así, desde la sensibilidad entretejida con un ejercicio de reflexión porque considero a la emoción humana como la geografía vital en la que el patriarcado ejerce su destrucción más letal.
¿Qué sentimos cada uno de nosotros mientras observamos cómo en el diario transcurrir se va imprimiendo el maltrato, el abuso sexual, o se va coartando la vida? ¿Qué sentimos mirando cómo se perpetúan las diferencias de oportunidades basadas en el género y no en la capacidad? ¿Qué sentimos cuando se cree en la apropiación del cuerpo de las mujeres como objeto de uso, de placer, de sometimiento, de vejación, de mercantilización del deseo o de la capacidad reproductiva? ¿Qué sentimos siendo testigos de varones a quienes se les niega el derecho de sentir, de llorar, de expresar lo que padecen mientras se les impone un modo de ser “un verdadero hombre”, obligado a ser siempre fuerte y desde luego, violento?
El patriarcado nos destruye por igual. Es urgente admitirlo. Soy mexicana. El mundo entero conoce los gravísimos problemas que enfrentamos en mi país, resultantes todos de esta visión patriarcal que nos domina y que padecen, con especial crueldad, las mujeres, las niñas y los niños. México ocupa:
-El primer lugar mundial en abuso sexual infantil.
-El primer lugar mundial en embarazo adolescente.
-3.1 menores son asesinados cada día.
-Se ubica entre los 14 países con mayor incidencia de feminicidio y el tercer lugar en América Latina con 708 casos registrados en lo que va del 2018, cuyo grado de crueldad y sadismo aumenta de manera alarmante.
El panorama no merece otra palabra que atroz y demuestra que el Estado Mexicano ha sido incapaz de implementar soluciones profundas que incidan en las causas y condiciones que generan esta realidad.
México requiere con absoluta urgencia estructuras democráticas capaces de garantizar derechos fundamentales, entre ellos, el derecho a la seguridad y por ende atender las singularidades que las mujeres expresan en materia de violencia e inseguridad en sus espacios de vida.
De igual forma abordar el pensamiento y proceder del machismo, para a su vez y en conjunto instrumentar soluciones en ambas direcciones.
Es por eso que es fundamental llevar la mirada al sentir… para tratar de comprender, de comprendernos… en ese espacio cabe la posibilidad de ser plenamente conscientes de que nos encontramos sujetos a una diferenciación que nos condena a habitar infiernos paralelos.
Por ello, la importancia de la Iniciativa Spotlight.
Estamos ante un momento de nuestro devenir como especie humana, en el que es urgente volver a preguntarnos todo de nuevo y de de-construir una idea –el patriarcado– que tanto dolor nos ha causado.
Preguntarnos otra vez: ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el propósito, el sentido de nuestra vida? ¿Para qué estamos aquí? ¿Cómo inventar de nuevo lo que son los valores, la educación, el trabajo, el amor, el ser mujer, el ser hombre, el ser sociedad, el respeto, la justicia? ¿Cuál es el propósito fundamental, por ejemplo, de la educación, si la vida es mucho más que inculcar saberes para la producción, la industria o las finanzas? ¿Cómo enseñar la trascendental importancia para la vida misma, de la generosidad, la comprensión, la conversación, la consideración por los demás? Todo esto tan riqueza humana, como la riqueza material.
Al patriarcado hay que oponerle el corazón de cada ser humano, la inteligencia y la capacidad de imaginar las cosas de otra manera. Hoy hago mías las palabras de la escritora y activista Grace Paley:
“Necesitamos la imaginación para comprender lo que les ocurre a las personas que nos rodean, para intentar comprender las vidas de los demás. Escribir desde la conciencia o desde la perspectiva de otras personas, desde otra vida, desde la posición de un vecino o de la persona que hay al otro lado de la calle, es seguramente el acto más importante de la imaginación, y además puede ser de provecho para el mundo.”
Muchas gracias.








