Se compromete con “la defensa de la familia”, “el respeto a los valores cristianos” y “la protección de la propiedad privada”; promete privatizar las empresas públicas y reducir el número de ministerios… y ya tiene más de 30% de la intención de voto para las elecciones presidenciales de Brasil, a celebrarse este mes. Se trata de Jair Bolsonaro, expulsado del ejército por planear atentados contra esa institución, y quien ha sido varias veces diputado. Su más célebre participación en el Congreso fue cuando ensalzó a Carlos Alberto Brilhante Ustra, el más tristemente célebre torturador de la dictadura brasileña.
RÍO DE JANEIRO, Brasil.- Nadie hubiera podido imaginar que el diputado federal que cometió la peor ofensa a la expresidente Dilma Rousseff el día de su destitución sea hoy el candidato que encabeza la contienda presidencial de 2018.
El 17 de abril de 2016 Jair Bolsonaro dedicó su voto a favor de la destitución “a la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el terror de Dilma Rousseff”.
En 2008 Brilhante Ustra fue el primer militar en ser reconocido por la justicia brasileña como torturador. Entre 1970 y 1974 dirigió el DOI-CODI, un centro de tortura en Sao Paulo donde cerca de 500 personas fueron torturadas; entre ellas, la propia Rousseff.
En 2011, la Comisión de la Verdad, instalada por Rousseff, acusó a Brilhante Ustra por la tortura, seguida de la muerte, de 60 personas. Pero el militar murió en 2015, a los 83 años, sin haber sido juzgado ni condenado, gracias a la Ley de Amnistía que los propios militares se otorgaron en 1979 y cuyo respeto exigieron para dejar el poder a los civiles en 1986.
No fue la primera vez que Bolsonaro hizo una apología impune de la tortura. Por sus palabras el día de la destitución de Rousseff fue procesado por el Partido Verde, pero absuelto medio año después por sus colegas del Consejo de Ética de la Cámara de Diputados, por nueve votos a uno. Antes de este episodio ya había declarado en una entrevista televisiva: “Estoy a favor de la tortura”. Y en radio dijo: “El error de la dictadura fue torturar y no matar”.
Nunca antes ningún político había defendido tanto a la dictadura y a sus torturadores ni había llegado a proponer un gobierno tan acotado por militares. Varios de sus asesores son uniformados y su compañero de fórmula, el candidato a vicepresidente, es el general Hamilton Mourao, quien hizo declaraciones tan polémicas sobre el tema que el propio Bolsonaro tuvo que callarlo.
Para Maud Chirio, profesora de historia contemporánea en la Universidad de París y especialista en la dictadura brasileña, Bolsonaro representa una amenaza para la democracia, pero no significa el regreso a una dictadura: “Si Bolsonaro gana, tendremos un régimen militarizado, no un régimen militar. La jerarquía es importantísima para los militares y Bolsonaro es un excapitán, excluido del ejército por haber fomentado un atentado contra instalaciones militares. Es imposible para los uniformados imaginar que él podría ser jefe de un régimen castrense”.
Bolsonaro entró al ejército en 1973, a los 18 años; se formó en la Academia Militar das Agulhas Negras, en Río de Janeiro. En los archivos militares consta que se involucró con personas que buscaban oro de manera ilegal. El entonces teniente fue calificado, en un documento de 1983, como “una persona inmadura que tiene una excesiva ambición económica”.
Pero los verdaderos problemas comenzaron en 1987. El ya capitán entró en contacto con Cássia Maria, reportera de la revista Veja, para comunicarle su proyecto de rebelión para protestar por los bajos salarios de los militares. Su plan era colocar bombas en varias instalaciones castrenses de Río de Janeiro para expresar el descontento de los uniformados.
Insistió en que las bombas serían de baja intensidad para no dañar a nadie. Pero la periodista informó de todo a los superiores de Bolsonaro y éste fue investigado durante cuatro meses y expulsado de la milicia.
En política
Fuera de los cuarteles Bolsonaro entró en la política en 1988; fue electo consejero municipal de Río y en 1990, diputado federal.
Desde entonces no ha dejado la política ni ha transformado mucho su discurso: siempre usa la inseguridad como su principal foco de atención y centra su preocupación en la defensa de policías y militares. A ello sumó la lucha contra el aborto y la enseñanza de cuestiones de género después de acercarse al grupo parlamentario evangélico, a cuya religión se convirtió.
Sus condenas a la corrupción comenzaron más tarde, en junio de 2013, cuando ocurrieron las históricas manifestaciones contra la organización de los grandes eventos deportivos: el Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos.
Esas manifestaciones, las más grandes desde el fin de la dictadura, pedían más inversión en los servicios públicos de transporte, salud y educación. El movimiento lo formaban básicamente estudiantes y personas cercanas a la izquierda, pero en pocos días la derecha se sumó. Eran las primeras protestas populares que criticaban el gobierno después de 10 años del Partido de los Trabajadores (PT) en el poder. El tema de la corrupción apareció y fue retomado por los grandes medios… y por Bolsonaro.
“Hasta 2013 Bolsonaro era un especie de líder sindical para policías y militares. Su público era muy limitado y su actividad parlamentaria, casi nula en 23 años como diputado federal. En 2014 se convirtió en el diputado mejor elegido de Río, con medio millón de votos, porque fue el portavoz de estas protestas sobre el tema del dinero público mal utilizado”, analiza Mauricio Santoro, politólogo de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.
En 2015 y 2016, durante las manifestaciones que pedían la destitución de Rousseff, Bolsonaro ganó una plataforma inédita. “Fue capaz de capturar el fuerte sentimiento contra el PT, haciéndose pasar por un exmilitar honesto y recto”, considera Esther Solano, quien coordinó el libro El odio como política, dedicado al crecimiento del exintegrante del ejército.
Su supuesta “honestidad” está ahora muy cuestionada, después de recientes revelaciones de la prensa. El patrimonio de Bolsonaro creció exponencialmente en cerca de 30 años de vida política. En su declaración de bienes de 2014, entregada a la justicia electoral, declaró un patrimonio de poco más de 2 millones de reales (casi 10 millones de pesos), lo que incluye un departamento en Brasilia, tres inmuebles en Río de Janeiro y una villa en la ciudad de Mambucaba, en el litoral de Río.
El periódico Folha de S. Paulo reveló que Bolsonaro se beneficia de un ayuda financiera como diputado para pagar sus noches de hotel en Brasilia, pese a que tiene un departamento en la capital.
También descubrió a una funcionaria fantasma de su gabinete en Brasilia, pagada con dinero público, que trabaja en realidad en su casa de Mambucaba.
Veja encontró el proceso judicial del divorcio de su segunda esposa, en 2007, para determinar la custodia de su hijo. El informe de 500 páginas muestra una cara poco amable del exmilitar: Ana Cristina Siqueira Valle lo acusa de violencia y del robo de un cofre que ella tenía en un banco. Describe que durante sus 10 años de convivencia, Bolsonaro tuvo un nivel de vida elevado y que oculta su patrimonio a la justicia electoral.
Por haber recibido “amenazas de muerte”, Ana Cristina Siqueira se fugó a Noruega con su hijo y Bolsonaro pidió la ayuda de la cancillería para localizar al menor. En la embajada brasileña en Oslo ella reiteró sus acusaciones y pidió que las joyas y el dinero fueran devueltos para regresar a Brasil.
Su exesposa, hoy candidata a diputada por el mismo partido de Bolsonaro, aseguró la semana pasada que “inventó esas acusaciones por el rencor que sentía”. Pero el robo del cofre realmente tuvo lugar, así como la implicación de la cancillería y de la embajada.
Pero las revelaciones de la prensa no cambiaron en nada la imagen de Bolsonaro. Él sigue creciendo en los sondeos y ganó tres puntos más la semana pasada.
Tampoco sus innumerables declaraciones machistas, racistas y homofóbicas han afectado su candidatura. “Una característica de Bolsonaro es la de adherirse completamente a lo que llamamos la ‘derecha pop’. Es decir, presentar un discurso de odio, que en el fondo es muy violento, con el formato típico de las redes sociales: jovial, lúdico. Entonces este discurso de odio no provoca una reacción de tristeza sino risa. Hacer una presentación folclórica, ridícula del odio, hace que la persona no se dé cuenta de la gravedad de las palabras”, añade Solano.
Según los autores del libro, el odio de sus seguidores (contra los negros, los indios, los homosexuales, las feministas) es también una reacción de miedo frente a las ideas progresistas que representan una demanda fuerte de una parte de la población brasileña, en particular las mujeres, que han estado presentes en las calles desde hace tres años.
El programa presidencial del candidato, denominado “El camino para la prosperidad”, es muy impreciso y presenta grandes principios como “la defensa de la familia”, “el respeto a los valores cristianos”, “la protección de la propiedad privada”. Promete “crear empleo”, sin decir cómo; “privatizar las empresas públicas”, sin especificar cuáles; o “reducir el número de ministerios”, sin explicar cuántos.
Dedica la mayor parte de su programa a la seguridad: mejorar el tratamiento a las fuerzas armadas y los policías, aumentar el número de cárceles y legalizar la portación de armas para la “población de bien”.
En la última encuesta electoral de Datafolha (el martes 2), Bolsonaro encabeza las preferencias con 32% de la intención de voto, frente a Fernando Haddad, del PT, quien tiene 21%.
Bolsonaro no ha participado en los debates presidenciales por motivos de salud: el pasado 6 de septiembre recibió una cuchillada en el abdomen. Según sus asesores no tiene capacidad para aguantar dos horas de debate. La justificación es poco creíble, pues ha dado entrevistas largas desde su cuarto de hospital.
Frente a sus adversarios muestra francamente su desconocimiento de la realidad del país y había perdido credibilidad en cada debate en que participó. Pese a lo anterior, más de 30% del electorado asegura querer votar por él.








