Después de más de diez años y con una nueva interesante y atractiva producción, vuelve a Bellas Artes Macbeth, la muy importante ópera de Giuseppe Verdi que marcara un distanciamiento entre toda una época de forma de interpretar el Bel Canto, y todo lo que vendría después, el verismo entre esto.
Basada en la Macbeth de Shakespeare, la de Verdi con libreto en italiano de Francesco María Piave se estrenó en el Teatro della Pergola de Florencia el 14 de marzo de 1847, aunque después sufrió varias modificaciones debidas al propio Verdi; la más conocida y utilizada es la de 1865. El dato es importante porque la que se está montando en Bellas Artes es la primera.
El actual montaje, más allá de su función en sí, nos ofrece algunos datos que vale la pena mencionar, como el retorno a la ópera del maestro Alejandro Luna, encargado con el acierto de siempre de la muy buena escenografía e iluminación, y el debut grato de un niño, Mateo Luna. Se da aquí también otro regreso afortunado, el del barítono Alfredo Daza, quien tenía 18 años de ausencia. Macbeth marca también el debut en México del director italiano Guidarini, quien cumplió muy bien su cometido, y el de la soprano húngara Csilla Boross, cuya potencia de voz será por muchos recordada.
Aunque es Macbeth como se nombra la ópera, musicalmente es mucho más importante su esposa, Lady Macbeth, quien tiene tres arias sensacionales, mientras que su consorte tiene solo una, y esto cobra particular importancia aquí porque la voz de la Boross es realmente grande, lo que la hace destacar por encima de todos; empero, ese enorme tamaño se le convierte, a mi juicio, en un problema que no en todo momento logra manejar. Tenemos así que para los pasajes y momentos de bravura, que son los más, su voz es por demás adecuada, pero no le escuché modificaciones para los otros, es decir, fue siempre un canto parejo, “arriba” aunque sin modulaciones, sin los cambios y modificaciones que cada momento requiere.
Mejor fue el retorno de Daza, quien si bien también se vio avasallado por la fuerza del vocal personaje, supo manejar en mejor forma sus diferentes partes y consecuentemente ofreció un canto ondulado, matizado que, por su misma variación, resultó más grato y se escuchó mejor.
Con igual atingencia el bajo italiano Rubén Amoretti y los tenores José Manuel Chú y Orlando Pineda. De muy buena manera se desempeñó el coro a cargo esta vez de Pablo Varela, el que se movió y cantó entendiendo que no es sólo un cúmulo de voces sino la encarnación de personajes, situaciones o atmósferas que encuadran el quehacer escénico.
La concepción atemporal, aunque manteniendo la atmósfera mágica y de penumbra de la puesta en escena debida a Lorena Maza, permite al tiempo apreciar el apego al texto, la libertad creativa en el vestuario de Eolise Kasan y los encuadres escenográficos que Luna presentó en forma admirable –haciendo pasar del bosque umbroso a la sala del trono con una enorme facilidad y con verosimilitud–. Debe agregarse a esto la coreografía y movimientos de otra muy experimentada creadora, Lidya Romero.
Volvió y volvió bien Macbeth a nuestros escenarios.








