Símbolo de la lucha obrera contra el racismo y la explotación, el sacrificio de los inmigrantes italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti es recordado cada 1 de mayo desde 1927 como una de las mayores injusticias de la ley pro capitalista. Anarquistas ambos, fueron condenados a la silla eléctrica acusados injustamente de robo y asesinato por Frederick G. Katzmann, procurador de Massachusetts, Estados Unidos, tras siete años de un juicio plagado de irregularidades que desató la protesta mundial. Medio siglo después, el gobernador Michael Dukakis los exculpó. Las últimas palabras de Vanzetti tuvo que escribirlas y se transcriben aquí a manera de poema, luego que el juez no se las dejó pronunciar por apresurar su sentencia a morir (Traducción de Roberto Ponce).
He hablado bastante de mí mismo,
tanto, que olvidé mencionar a Sacco.
Sacco es también un trabajador desde su infancia,
un trabajador calificado, enamorado del trabajo,
con un oficio bien remunerado,
una cuenta bancaria, una esposa buena y amorosa,
dos chamacos hermosos, y un hogarcito lindo
a la orilla de un bosque, cerca de un arroyo.
Sacco es un corazón, una fe, una firmeza de hombre
amante de la naturaleza y de la humanidad,
un hombre que lo dio todo, que todo sacrificó
por causa de la libertad y su amor a los humanos:
dinero, reposo, ambiciones mundanas,
su propia esposa e hijos,
él mismo y su existencia propia.
Sacco jamás pensó en robar o en asesinar.
Él y yo nunca, desde la infancia al día de hoy,
llevamos ni una migaja de pan a nuestras bocas
sin haberla ganado con el sudor de nuestra frente.
Nunca…
Oh, claro que acaso yo sea más agusado,
como algunos han señalado;
soy mejor charlatán de lo que él es;
pero muchas, muchas veces,
al escuchar su voz apasionada
tintineando más allá de lo sublime,
al considerar su sacrificio supremo,
al recordar su heroísmo, me sentí pequeño
ante la presencia de su grandeza
y me vi en la necesidad de aguantar
las lágrimas en mis ojos, y aplaqué mi corazón
con un nudo en la garganta para no llorar
enfrente de este hombre, llamado ladrón y asesino
que ha sido enjuiciado.
Pero el nombre de Sacco vivirá
en los corazones y en la gratitud de la gente,
cuando los huesos de Katzmann
y los de ustedes queden dispersos por el tiempo,
cuando el nombre de ustedes, el de él, sus leyes,
sus constituciones y su falso Dios no sean sino
una nublada remembranza de un ayer maldito,
cuando el hombre era un lobo del hombre.
Si no hubiese sido por estas cosas,
yo habría vivido el resto de mi existencia
parloteando en las esquinas callejeras
para sorna de la gente.
Yo habría muerto en vano, sin lápida,
un desconocido, un fracaso.
Hoy, nosotros dos no somos un fracaso.
Este es nuestro sendero y nuestro triunfo.
Jamás en nuestra vida entera soñamos
con realizar tan gran empresa por el bien
de la tolerancia, de la justicia,
por el entendimiento entre los hombres,
como ahora lo hemos logrado, de casualidad.
¡Nuestras palabras, nuestras vidas, nuestro dolor
no son nada!
¡Arrebatarnos nuestra existencia, las vidas
de un zapatero bueno y de un humilde vendedor
de pescados, lo es todo!
Aquel momento final nos pertenece.
Aquella agonía es nuestro triunfo.








