Durante un paseo de cacería en un lago congelado, mientras una niña, azorada, espera que el padre mate a un ciervo, y el hombre apunta a la cabeza de ella dudando si le dispara o no, Thelma (Eili Harboe) –después de este enigmático prólogo–, una linda y tímida joven, inicia sus estudios en la Universidad de Oslo, y en la biblioteca sufre un ataque de epilepsia, se enamora de una compañera, Anja (Kaja Wilkins), y más tarde muestra síntomas sobrenaturales muy peligrosos.
La maldición de Thelma (Thelma; Noruega, 2017) conjuga varios géneros, y como siempre, la constante en la corta filmografía de Joachim Trier son personajes solitarios, obsesionados por la muerte y un pasado que los corroe, ya sea con Oslo, 31 de agosto (remake de Fuego fatuo basado en la novela del atormentado Drieu Larochelle) o en El amor es más fuerte que las bombas, la cinta con la que se dio a conocer internacionalmente por su reparto de actores famosos (Isabelle Huppert, Jesse Eisenberg), donde se interna en el laberinto de las relaciones familiares.
Con …Thelma, el director noruego da muestra de la madurez de su estilo, sugerente entre lo fúnebre y lo erótico.
La joven Thelma se ve demasiado frágil para la fuerza que la habita, y más en esta familia religiosa que no sabe cómo contenerla; heredera del folclor y los cuentos escandinavos, la heroína de este cuento se enfrenta a la ciencia moderna como las brujas a la Inquisición; pero la figura más aterradora es la de este padre de familia que reúne la condición de confesor, verdugo y represor; detrás del cuidado constante de la madre, una mujer en silla de ruedas, se adivina rencor y rechazo por esta hija diabólica.
Los poderes de Thelma se activan de nuevo con la adolescencia y el despertar sexual; en esta historia de amor mágico, las dotes sobrenaturales se perciben como fuerza erótica; imposible, aquí, separar la metáfora del estupor que naturalmente invade a un adolescente durante los cambios físicos, más aún en el caso de una niña adoctrinada en el miedo al pecado como Thelma, de la realidad concreta que impone el relato, la de tener poderes verdaderos.
El horror típico del género, sustos y sobresaltos, no son para el público sino para la misma Thema, quien sufre los efectos de sus propios impulsos, como la capacidad kinestésica de mover o desaparecer todo aquello (o todo aquel) que le provoque miedo y la amenace. A través de temas de animales, pájaros que se estrellan, serpientes que penetran el cuerpo, o flujos de elementos como el agua, fluyen las imágenes; el hielo, asociado al cristal, o a emociones congeladas, es enemigo del deseo, el trabajo es derretirlo.
Joachim Trier menciona, en entrevistas, influencias obvias: Brian de Palma (Carrie, 1976), Cronenberg (Dead Zone, 1983), Polanski (El bebé de Rosemary, 1968); la lista se hace referencia necesaria porque esta forma de collage exige que su espectador compare el tratamiento de temas comunes como la falta de control en el manejo de poderes psíquicos, fuerzas atribuidas a lo demoniaco, y sobre todo la represión y el prejuicio moral del entorno; en este director, empeñado en controlar la escritura, dirección, fotografía y música de su trabajo, la amalgama se resuelve a manera de un poema, el horror es el de estar vivo, la sorpresa es un amor renovado del cine. La fórmula, bien resuelta, queda entre poesía y buen entretenimiento.








