El ambiente preelectoral se ha vuelto particularmente tenso en Brasil: con un aspirante presidencial que encabeza todas las encuestas –Lula– pero que difícilmente obtendrá la candidatura, y con una ultraderecha desatada que lleva a cabo actos violentos contra sus rivales políticos, incluso con el beneplácito de las autoridades. Sin el expresidente en la contienda, el electorado brasileño tendrá un muy amplio y disperso abanico de posibilidades para elegir al próximo mandatario. De entre esa maraña, sin embargo, empieza a despuntar Jair Bolsonaro, ultraderechista, racista, misógino y homofóbico…
Río de Janeiro.- La campaña para la elección presidencial del próximo 7 de octubre ni siquiera ha comenzado y Brasil ya vive una tensión inédita.
La noche del pasado 27 de marzo la caravana que acompañaba a Luiz Inácio Lula da Silva, candidato del Partido del Trabajo (PT), fue atacada a tiros cuando recorría el sur del país. No hubo heridos. Además, sobre la carretera fuero regados decenas de clavos con el propósito de ponchar las llantas de los autobuses.
Fue “un verdadero atentado, una emboscada”, lo calificó Gleisi Hoffmann, presidenta del PT. “Si hay una persona que ha recorrido este país en tren, en barca y autobús, soy yo. Hice cuatro campañas electorales, además de participar en las dos elecciones de Dilma Rousseff. Nunca ustedes escucharon hablar de violencia. Ahora lo que estoy presenciado es el surgimiento del nazismo”, advirtió.
Dos días antes, la expresidenta Rousseff convocó a corresponsales de medios internacionales para alertar sobre “el riesgo de una elección muy violenta, con la presencia de milicianos”.
Rousseff, quien se vio obligada a dejar el poder en 2016 después de un “golpe de Estado parlamentario”, describió varias escenas perturbadoras que presenció durante la caravana que este mes acompañó a Lula por el sur del país:
“De un lado estaban los movimientos sociales, los estudiantes, los campesinos sin tierra, con sus banderas rojas, esperando con ansiedad al expresidente Lula. Pero del otro, con un odio evidente, estaban los terratenientes, los militantes del candidato de la extrema derecha, Jair Bolsonaro, con piedras, palos y lazos en las manos. Son verdaderas milicias que salieron del armario después del golpe y que no son fáciles de controlar ahora”, describió.
En casi todas las etapas del viaje de Lula por los estados sureños de Río Grande do Sul y Santa Catarina, estas escenas se repitieron. Lula tuvo que cancelar algunos actos y en varias ocasiones los militantes de izquierda lo acompañaron a su hotel para protegerlo de posibles agresiones de simpatizantes de la ultraderecha, que actuaban con la complicidad de la policía.
“Queremos alertar el mundo que algo muy grave está pasando en Brasil. Parecía que teníamos una democracia consolidada, parecía que nuestro país era muy respetado en la escena internacional. Eso acabó con (el actual presidente) Michel Temer. Ahora estamos viviendo un avance sin precedente del fascismo y hasta el derecho de ir y venir está en riesgo”, reforzó en la misma conferencia de prensa Celso Amorim, canciller durante el gobierno Lula y secretario de la Defesa en el de Rousseff.
Para el PT, autoridades y una parte de la clase política no sólo toleran la violencia, sino que la apoyan e incluso la azuzan:
La senadora Ana Amélia Lemos, del Partido Progresista, alentó a quienes atacaron la caravana: “Quiero felicitar a los que se levantaron contra un condenado; tirar huevos y llevar lazos muestra bien cómo se posicionan los gauchos (habitantes del sur de Brasil)”.
El precandidato del derechista Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y actual gobernador de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, no condenó el atentado contra la caravana, sino que dijo que el “PT cosecha lo que sembró”.
Para Mauricio Santoro, analista político de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, estas escenas de violencia y sus respaldos políticos son, efectivamente, nuevas: “Nunca habíamos visto algo así desde la democratización del país en 1985. Es una consecuencia de la polarización que estamos viviendo desde hace cinco años en Brasil. Es muy probable que Lula no pueda ser candidato, podrían condenarlo en segunda instancia por corrupción.
“El Tribunal Superior Electoral no debería permitir su candidatura porque existe una ley, hecha por Lula, que impide las candidaturas de personas condenadas en segunda instancia.”
Elección inédita
El escenario de esta elección es inédito en varios sentidos. Sobre todo porque a Lula, el candidato que en todas las encuestas tiene hasta 20 puntos más que su principal adversario, muy probablemente se le impedirá participar.
Lula podría quedar preso a partir del próximo miércoles 4, si el Supremo Tribunal Federal (STF) no le concede un habeas corpus preventivo para esperar en libertad que todos los recursos contra su condena de 12 años de cárcel sean agotados, como lo estipula la Constitución.
“Lula tiene todavía dos recursos posibles para intentar una absolución de esta condena en dos instancias superiores: el Tribunal Superior de Justicia y el Supremo Tribunal Federal. Si pierde el habeas corpus preventivo el 4 de abril y va a prisión, puede después presentar al STF un habeas corpus para salir de la cárcel.
“Sin absolución de su condena hasta el 15 de agosto próximo, fecha límite para registrarse como candidato, es muy probable que el Tribunal Superior Electoral lo declare inelegible”, explica Joao Paulo Martinelli, profesor de derecho penal del Instituto Brasileño del Derecho Público.
Nunca antes la justicia tuvo un papel tan importante en el juego electoral de Brasil. Es una consecuencia de la investigación Lava Jato sobre la corrupción en Petrobras y que se volvió un caso polémico por incluir en él a Lula, que no tenía relación directa con la podredumbre en la empresa petrolera.
Fue condenado porque la empresa de construcción OAS aseguró que destinaba uno de sus departamentos a Lula, a cambio de su ayuda para ganar contratos con Petrobras.
Pero el Ministerio Público nunca comprobó qué tipo de ayuda había brindado Lula para recibir ese departamento, que nunca poseyó ni habitó.
A cambio de esa acusación, el dueño de OAS obtuvo la libertad y Lula recibió nueve años de condena en primera instancia y luego 12 años, en segunda instancia.
Por “la ausencia de pruebas materiales”, los abogados de Lula tienen todavía esperanza de una absolución en las instancias superiores. Pero sin tener idea de ese resultado, la elección presidencial es imprevisible.
“Creo que la elección va a girar mucho en torno de Lula. De su presencia o ausencia, de su ida o no a la cárcel. Si no es encarcelado, la derecha va desarrollar una reacción todavía mas agresiva, llamando a protestar en las calles, y va a buscar la confrontación con el PT.
“Si Lula queda preso, el PT va a tener que definir otro candidato y el discurso de sus adversarios va ser menos emotivo, hasta va a perder mucho de su sustento en el caso de Jair Bolsonaro, candidato de extrema derecha que habla sobre todo de la corrupción y ataca continuamente al PT”, analiza la politóloga Esther Solano, de la Universidad Federal de Sao Paulo.
“Un Trump tropical”
Bolsonaro es la otra incógnita de esa elección. “El Trump tropical”, como lo nombra la prensa internacional, es un exmilitar que se volvió diputado federal hace más de 20 años. Forma parte del “sistema político”, se presenta como “el candidato antisistema”, el opositor a “una clase política podrida, corrupta” y en particular al PT, al que dice “odiar”.
La comparación con Donald Trump viene de sus propuestas y de su manera de atacar a sus adversarios:
Bolsonaro está a favor del regreso de los militares al gobierno, del uso de la tortura por parte de la policía y de la posibilidad de que los ciudadanos se armen.
Además es abiertamente racista, homofóbico, machista y tiene procesos judiciales abiertos por haber insultado a negros, mujeres y homosexuales en los últimos años. Hasta ahora ha logrado hacer una campaña exitosa, a partir sobre todo de las redes sociales y de sus 5 millones de sxeguidores. Ocupa la segunda posición en las encuestas, más de 20 puntos atrás de Lula, pero 10 arriba de todos los otros candidatos.
“Existe en el mundo entero un sentimiento antipolítico, que los partidos ya no representan a la gente. Pero en Brasil tal sentimiento es particularmente fuerte y tanto la izquierda como la derecha tradicionales tienen gran dificultad para encontrar una respuesta a ese desafío”, considera Solano, también profesora de estudios contemporáneos de América Latina en la Universidad Complutense de Madrid.
La izquierda brasileña es rehén de la candidatura de Lula, pues nadie parece capaz de reemplazarlo.
Fernando Haddad, exalcalde de Sao Paulo y secretario de Educación en el gobierno de Lula (2003-2011), sería el candidato del PT en caso de que el expresidente no pueda serlo. Pero su nombre no reúne ni 3% de votos.
A la derecha, su participación y apoyo al gobierno de Temer le cuesta cara: Alckmin tuvo 6% en la última encuesta, contra 34% de Lula y 15% de Bolsonaro.
“Hay investigaciones sobre casos de corrupción en el gobierno de Sao Paulo, muy serios, con Geraldo Alckmin. Pero analizamos este resultado muy bajo por la impopularidad del gobierno de Temer, en el cual participó el PSDB, partido de la derecha tradicional.
“Las políticas neoliberales de Temer no tienen absolutamente ningún respaldo ni en el electorado de la derecha, que quería mejorar los servicios de salud y educación”, considera Santoro.
Temer decidió finalmente participar en las elecciones, contra lo que siempre había dicho. Declaró la semana pasada al semanario Istoé que sería “muy cobarde de mi parte no ser candidato”. Pero es muy probable que no sea el próximo presidente: las encuestas le dan 1% de los votos.
Si Lula queda fuera del proceso, los electores no forzosamente votarían por un candidato designado por él. Los votos de la izquierda tendrían al menos cuatro prospectos: un candidato del PT, uno del Partido Democrático Trabajador, otro del Partido Socialismo y Libertad y una del Partido Comunista de Brasil.
A la derecha, además de Alckmin y Temer, están confirmadas las candidaturas de Marina Silva (de la Red Sustentabilidad) y de Rodrigo Maia (de Demócratas), actual presidente de la Cámara de Diputados.
“El gran número de candidatos de izquierda y de derecha es una buena noticia para Bolsonaro. Por eso si la justicia decide tirar de la elección al favorito, la situación es difícilmente previsible”, explica Santoro.
La historia le da la razón: la única experiencia en el mundo donde la justicia tuvo un papel tan fundamental en el destino de un país, como pasa ahora en Brasil, fue en Italia con la operación Manos Limpias. El resultado fue la elección de Berlusconi, quien tenía el mismo discurso de “todos podridos”.








