Al amanecer Kabwita se encamina con un hacha al hombro, Emmanuel Gras lo sigue por detrás, cámara al hombro, seguramente; la luz sale por el horizonte de esa región del sur de la República Democrática del Congo, se respira ligero y la música la compone el viento que agita los arbustos. Por fin aparece un árbol magnífico en la sabana, el hombre se aplica a su tarea. El pacto es evidente, de cerca o de lejos, el director no se le despegará, lo seguirá desde el principio hasta el final de su penoso periplo.
Makala (Francia, 2017) es el tercer largometraje de Emmanuel Gras, artista atraído por la tierra y la fuerza que la mueve; el título del documental es la palabra para carbón en swahili, el fruto del sudor de Kabwita, incansable a sus 28 años, que sueña en construir una casa para su familia con la venta de este combustible en la ciudad. La proeza es descomunal.
Decidido a no caer en la tentación etnográfica, Emmanuel Gras renuncia a presentar algún tipo de tesis social o política, y elude entrevistar a su protagonista, quien se representa a sí mismo; la pretensión es la poesía pura, caso raro y difícil de lograr en el género documental, y el trabajo se hace camino y forma de contemplación; el mito se impone como única manera de dar sentido al esfuerzo y al padecimiento humano. El maestro del carbón construye el mito con cada gesto de su trabajo, la cámara lo ilustra con el ritmo que resulta entre planos a la medida del hombre, de su rostro, y el paisaje inmenso.
Así, la secuencia con el árbol semeja una cacería de un mamut con un hombre solo, armado apenas con un hacha; pese a la compasión que inspira el agobio de todo un día para vencer al árbol, da pena verlo caer, la cámara recorre las ramas retorcidas como enormes colmillos de marfil, la corteza es la piel del animal. Kabwita se siente triste y reza; como sentencia Roberto Calasso, el sacrificio es la culpa.
En la casa de la aldea, la mujer cuida a los tres hijos, cocina ratas para alimentarlos, o saca una espina encajada de la planta del pie de su esposo, a veces también lo ayuda un poco en la difícil faena de juntar la madera para hacer carbón; por momentos parecieran el primer hombre y la primera mujer, expulsados del paraíso y condenados al trabajo.
Magnífica la secuencia de acomodar tronco y ramas, cubrirlos de tierra para fabricar el horno, y luego prender el fuego, todo es arte y precisión; producción de la chispa, distribución del calor, precisión en la espera; el artesano domina la técnica del fuego, el director lo acompaña en tiempo real y edita, sin suturas, los tiempos de gestación del carbón, días quizá, de tal manera que todo parece ocurrir en un tiempo mítico. Sorprenden la riqueza de símbolos (o la ambigüedad semántica) lograda sólo con gestos necesarios, nunca despegados de lo concreto y de lo útil.
El resto es el arduo trabajo de transportar pesadísimos sacos de carbón atados a una bicicleta tambaleante, por caminos y días que parecen interminables; todo el recorrido es a pie, con caídas que sugieren el mito de Sísifo, de la piedra que cae y hay que volver a subir. Siguen la extorsión, el caos urbano, la pureza expuesta a la corrupción.








