“De padres e hijos”

Dentro de Ambulante 2018, la gira de documentales por varios estados del país, De padres e hijos (Of Fathers and Sons; Alemania-Siria-Líbano, 2017) ofrece una experiencia insólita: la de convivir con la familia del soldado Abu Omar y sus ocho hijos, adoctrinados todos y alistados para el entrenamiento yihadista en un enclave de al-Qaeda, al norte de Siria.

El director Talal Derki, refugiado sirio de origen kurdo en Berlín, regresa a su tierra natal para hacerse pasar por simpatizante y documentar, desde el interior, la vida cotidiana dentro del califato.

En el transcurso de dos años, Derki convive con Abu Omar, experto en desactivar minas, y concentra su mirada en este montón de niños que adoran al padre, escuchan con asombro sus palabras, le cortan la cabeza a un pajarillo de la misma manera que Abu Omar lo habría hecho con un enemigo, y juegan a plantar bombas cerca de casa. En compañía de su fotógrafo, Derki acompaña también al jefe de familia en su labor diaria de desactivar minas o disparar de lejos a los del bando opositor.

Cautiva la expresión física de cariño entre padre e hijos, la ternura del progenitor no se disuelve cuando comenta orgulloso que Dios le ha cumplido el ruego de que un hijo suyo naciera un 11 de septiembre, cada uno de ellos lleva el nombre de algún líder caído de al-Qaeda; eso sí, el cerco patriarcal es cerrado, las mujeres parecen no existir, si las niñas salen los niños les arrojan piedras, Abu asusta a una pequeñita de dos años con un balazo por salir sin cubrirse.

Se colige que el señor tiene dos esposas, que desea otros cuatro hijos; entre los amigos alguien comenta que por ahí se puede conseguir un par de hermanas para casarse con ellas y que así no compitan entre sí.

Al principio, la voz en off del realizador introduce el tema y presenta a la familia, gradualmente la voz calla como deslumbrada por la fuerza de estos lazos, la inocencia inseparable del horror y las certezas del dogma. Durante esos dos años, Derki acumuló, sin duda, un material documental inmenso, y da pena pensar lo que habrá sufrido para cortar y editarlo; pero la edición fluye como arroyo sobre esas arenas y piedras del paisaje sirio, y acompaña a los chicos en sus juegos en casas calcinadas por los bombardeos.

Apenas atizba la cámara los horrores, muestra un grupo de jóvenes prisioneros que van a ser fusilados, contempla el rostro con lágrimas de uno de ellos, con la misma ternura con la que observa a los niños retosar en una poza de agua. Soldados de las fuerzas del gobierno, aliados de los americanos, moderados o del cualquier otra tendencia son enemigos que serán igualmente exterminados.Y los chicos, sin salir apenas de la pubertad, arrancados de su familia, ya se entrenan para el combate con balas de verdad.

De padres e hijos está más allá de la denuncia, es una experiencia de vida, lo que permanence en la mente del espectador es la mirada triste de Omar, el hermano mayor que, según comenta el director, ha elegido el camino de la muerte, o queda la mirada del otro hermano en el que se adivina un alma diferente. Cualquier comentario moralizador se antoja inútil.