Contra las secuelas del narco

TANCÍTARO, MICH.- En estrecha colaboración con los grupos de autodefensa y la alcaldía de Tancítaro, que conjuntamente lograron expulsar de este municipio a los cárteles de la droga, el equipo de Jesuitas por la Paz está iniciando cinco proyectos para ayudar a restablecer el tejido social que resultó dañado por la violencia.

Cynthia García Nieves, integrante de este equipo, comenta a Proceso:

“Es la misma comunidad de Tancítaro la que está realizando el trabajo de reconstrucción de su tejido social. Y nosotros en Jesuitas por la Paz la estamos apoyando en su labor, dándole capacitación y asesorías. De manera que somos un equipo de incidencia.”

Entrevistada en una antigua casona que puso la parroquia del pueblo para instalar al equipo de capacitadores, García Nieves agrega:

“Los grupos de autodefensa se hicieron cargo de la seguridad del poblado a partir de 2013, lograron unir al municipio y expulsar a los cárteles de la droga que tenían atemorizada a la población. Nosotros llegamos aquí tres años después, en 2016, y desde entonces estamos implementando cinco ejes de trabajo para apoyar a la comunidad.”

Estos ejes son: “educación para el buen convivir”, “reconciliación familiar”, “economía social y solidaria”, “gobierno comunitario” y, finalmente, “espiritualidad ecocomunitaria”.

Cada uno de los ejes tiene su coordinador, quien está integrado al denominado Consejo Ciudadano del Buen Convivir, enfocado a restablecer el tejido social dañado por los grupos del narcotráfico, pero también por una cultura más individualista que afectó la convivencia comunitaria.

Según un diagnóstico de Jesuitas por la Paz, en 2005 llegó al municipio el cártel de Los Zetas; en 2006, La Familia; y en 2011, Los Caballeros Templarios. La comunidad empezó a ser afectada por el aumento de homicidios, secuestros y extorsiones.

A tal grado llegó la violencia, que el crimen organizado atacó un par de veces las oficinas de la alcaldía y quemó dos empacadoras de aguacate. Este municipio es el principal productor y exportador de aguacate, conocido aquí como el “oro verde”. Y los aguacateros entonces debían pagar cuotas a los cárteles por cada hectárea cosechada.

Recalca García Nieves: “Todo esto terminó con los grupos de autodefensas, que pusieron barricadas y se organizaron con el gobierno municipal para impedir la entrada a los cárteles de la droga. Éstos sin embargo siguen operando en los alrededores. Pero no en Tancítaro, que quedó como una especie de isla, bien protegida”.

Sin embargo, Ana de la Garza, la psicóloga que coordina el área de “reconciliación familiar”, indica que, dentro de las secuelas que dejó el crimen organizado, quedó el problema de las adicciones, sobre todo del cristal y la mariguana:

“Con la llegada de los cárteles de la droga, aquí proliferaron mucho los sembradíos de mariguana y las ‘cocinas’ donde se elaboraba el cristal. Todavía quedan algunas ‘cocinas’. Esto provocó un incremento en las adicciones, que hoy son un problema de salud, pero también de seguridad pública en el municipio, pues se sigue dando el narcomenudeo y muchas veces los narcomenudistas son también adictos que llegan a delinquir.”

–¿Y esto impacta en la familia, el área que usted atiende?

–Por supuesto. El problema de las adicciones está ligado al de la fractura familiar. Un adicto impacta en las relaciones familiares. Tenemos un equipo de nueve personas que atiende no solo al adicto, sino también a su entorno familiar.

“Es muy común que al salir del trabajo los hombres vayan a tomar o a drogarse con sus amigos, pues existe la idea que es un ‘mandilón’ quien se dedica a su familia y al cuidado de los hijos, actividades vistas como una labor de la mujer. En el fondo subyace una cultura machista que también estamos atacando.”

Junto con el gobierno municipal, Jesuitas por la Paz abrió la Comunidad Terapéutica, un internado de rehabilitación para adictos, el cual tiene actualmente 14 internos en tratamiento.

Las áreas de dormitorios, de enfermería, del comedor y de los consultorios del internado dan a una amplia explanada donde los internos conviven buena parte del día. Ahí juegan basquetbol y volibol. Tienen colgado un costal de arena para practicar boxeo. Todos son jóvenes enfundados en pants y camiseta.

Selene Rodríguez, una de las psicólogas que atienden a los adictos, comenta: “Aquí todos ingresan de manera voluntaria. A nadie se le obliga. Duran seis meses internados; les damos terapia individual, familiar y grupal”.

–¿Realizan algún tipo de actividades educativas?

–Sí, vienen profesores a impartirles clases de primaria y secundaria, para quienes no terminaron esos estudios. También pueden tomar clases de guitarra o electricidad. Los internos que tienen un oficio pueden enseñárselo a sus compañeros.

Y señala a un joven interno que, sobre una larga mesa, tiene extendidas pieles de venado y de borrego. Lo rodea un grupo de compañeros. “Los estoy enseñando a hacer bolsas de piel”, dice el joven.

Selene Rodríguez indica que, aparte del “tratamiento residencial” que se da en las instalaciones de la Comunidad Terapéutica, un equipo de seis sicólogos sale a las comunidades del municipio a dar “tratamiento ambulatorio” a las familias que lo requieran.

Las barricadas de costales que en un principio usaban los grupos de autodefensas, en Tancítaro fueron sustituidas por torreones de concreto o piedra con un mirador techado en su parte superior. Desde ahí vigilan estos guardias comunitarios, equipados con armas y radios para comunicarse entre sí o con la policía municipal, llamada Cuerpo de Seguridad Pública de Tancítaro (Cusept).

El regidor Frey Benicio Zamora Ramírez explica este cambio:

“Las barricadas de costales daban una mala imagen de la población. De plano se veían muy mal, por eso hoy fueron sustituidas por estas casetas de vigilancia hechas con buenos materiales de construcción.”

–¿Cuántas casetas resguardan el municipio?

–Actualmente tenemos 40 casetas de vigilancia. La misma población organizada se va turnando para mantener la vigilancia día y noche. Las autodefensas tienen activados más de mil radios para comunicarse entre ellos o con la policía.

–¿Y cuántas armas tienen?

–No lo sabemos. En 2014 hubo un censo de armas. Se registraron 7 mil. Son muchas para una comunidad de 30 mil habitantes, contando mujeres y niños, pero tenemos que cuidarnos. Estamos priorizando la seguridad, de lo contrario se nos pueden volver a meter los grupos de narcotraficantes que rondan por la zona.