Proveniente de la ciudad de Guadalajara, el grupo joven La Güera, surgido apenas en 2016 bajo la dirección de Temoc Camacho y Michel Alzaga, presentó el pasado fin de semana La caverna me hizo creer en hadas en el espacio escénico La Caja (ex Esmeralda) del INBA.
Comenzó así: Los pies con botas indicaban un ritmo de 4/4 percutiendo el primer tiempo de modo fuerte y macizo contra el suelo, siempre en el mismo espacio sin desplazamiento. Ese ritmo cuaternario irradiaba hacia la mitad superior del cuerpo una energía que conseguía el movimiento de los brazos u hombros como actos reflejos.
Los integrantes, Guyphytsy Aldalai, Xelha López y Daniel Sandoval, junto a los directores, lo repitieron varias veces hasta la acumulación de tensión suficiente que los condujo a estallar en brincos móviles por todo el espacio.
Dicha introducción planteó el estímulo que el cuerpo mismo es capaz de autogenerarse sin dialéctica con el entorno. Fue la manera directa de colocar su tema en cuestión: la impasibilidad traducida a la experiencia del cuerpo.
Luego, como segundo momento, se emularon a los caracoles, criaturas impasibles de la naturaleza. Para lo cual fue necesario un cambio de ropa, diseño de la bailarina Guyphytsy Aldalai.
Los realizadores se quitaron las botas que traían puestas, las faldas largas –hombres y mujeres las usaban– y también las chamarras. En su lugar, cada cuerpo se metió a un saco individual de tela elástica bicolor, magenta intenso para el plano anterior del cuerpo, y crudo natural para el posterior, que lo recubría todo del cuello a los pies y de una mano a la otra.
Gracias a este recurso textil, la emulación del desplazamiento lento de los caracoles fue de acuerdo a las ondulaciones sobre la superficie que ellos realizan para poder avanzar sin alteración ni perturbación. Y sonaba un audio sonoro de trinos de pájaros.
Como parte de este instante escénico, se exploraron, además, las posibilidades expansivas del cuerpo dentro del saco blando, manteniéndolo aislado del medio; y su capacidad de equilibrarse mientras el resto del grupo se movía cuando la bailarina se colocó de pie encima de una base giratoria hecha de cuerpos.
Siguió el tercer momento, más poético que físico en relación con los anteriores: Un hombre solo cargaba sobre la espalda un fardo grande y pesado de ramas muertas que aún conservaban pocas hojas verdes.
La propuesta terminó con un cuarto instante climático, consistente en una marcha colectiva que ignoraba estoicamente los ritmos de la Radetzky March y Voices of spring, obras del compositor austriaco Johann Strauss (1804-1849), porque el reto era caminar a un ritmo propio a contratiempo de aquellos dos, liderado por una de las integrantes del grupo a la que los demás siguieron en forma de communitá.
Todo de principio a fin revisó el tema de la impasibilidad de un modo material, físico y práctico, el cual trajo consigo conceptos como autonomía, resistencia, reserva, abstracción, oposición, rebeldía, transformación y sobrevivencia.
De hecho, la obra está enmarcada dentro de la tercera edición del ciclo de experimentación coreográfica titulado Otras corporalidades, articulado este año bajo el eje temático “los estados de resistencia”, de acuerdo con la curadora Nadia Lartigue.
La clausura del ciclo es este domingo 25 en el Teatro de la Danza con las propuestas Estado de emergencia y Solo con batería, de MáquinadT, Laboratorio puntoD y Galia Eibenschutz, respectivamente.








