La personalidad del nuevo presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, es un ejemplo de facetas múltiples: fue activista contra el apartheid, abogado, líder sindical de mineros, preso político, dirigente socialista, parlamentario, dueño de empresas de todo tipo, director de una compañía minera acusado de pedir una matanza de mineros sindicalistas, uno de los hombres más ricos de su país, cabeza de su partido y, a partir del jueves 15, titular del Poder Ejecutivo.
Sus críticos lo acusan de ser contradictorio e indigno de confianza, de enriquecerse mediante el tráfico de influencias y gozar de grandes lujos mientras su pueblo vive en la miseria; y lo más grave: de traicionar a los mineros y empaparse las manos con su sangre.
Pero el ambiente en Sudáfrica es de entusiasmo. “El cambio (en la Presidencia) ha traído mucho optimismo”, dice Michael Morris, del Instituto de Relaciones Raciales, en entrevista vía Skype con este reportero.
Tal vez no tanto como cuando cayó el régimen racista y Nelson Mandela llegó al poder, en 1994. Pero algo parecido a la emoción durante el ascenso de los predecesores de Ramaphosa: Thabo Mbeki (1999) y Jacob Zuma (2009), especialmente porque en el gobierno de este último el país acabó casi en el desastre.
La captura del Estado
Zuma, cuyo segundo nombre es Gedleyihlekisa, que en zulú significa “el que sonríe mientras destroza a sus enemigos”, es un gato político de nueve vidas que luchó casi hasta perder la última. No fue derrotado en elecciones porque su partido, el Congreso Nacional Africano (CNA), jamás baja de 60% de los votos: fueron sus propios correligionarios, encabezados por Ramaphosa desde diciembre, quienes le impusieron un ultimátum al presidente que ellos mismos habían colocado nueve años antes, emplazándolo a renunciar o ser destituido y enjuiciado. Por ello no pudo terminar su segundo periodo.
Gran bailarín y aficionado a la representación teatral, Zuma hizo del dramatismo y la comedia instrumentos para ganar popularidad y vencer rivales. Durante los debates del parlamento, desplegaba en sus intervenciones humor y cinismo para distraer y evadir. Fue capaz de convertir la palabra “Nkandla” (nombre de la mansión que sería para él el equivalente de la Casa Blanca de Peña Nieto, y por la que pudo haber ido a la cárcel) en un peyorativo de uso popular para ridiculizar a gente necia, estirándolo a “nkaaandla”.
Polígamo en la tradición de su tribu (después de que se divorció de una de sus cónyuges y falleció otra, le quedan cuatro esposas), fue exonerado de la violación a una amiga de su familia. El caso fue escandaloso: admitió que tuvo con esta mujer relaciones sexuales a sabiendas de que ella es portadora del VIH. Para alivio suyo y de sus allegados, dijo que de inmediato tomó una ducha para “no contagiarse” del virus de inmunodeficiencia humana. En Sudáfrica una de cada cinco personas lo tiene. Thabo Mbeki, el antecesor de Zuma, favoreció tratamientos contra el sida basados no en retrovirales, sino en remedios caseros y vitaminas.
Reelecto en 2014, parecía que el pueblo le perdonaría todo, incluso el designar sucesora a su exesposa Nkosazana Dlamini-Zuma. Pero de los 18 delitos que acumuló en nueve años, los que más dolieron a los sudafricanos son los que evidenciaron su enriquecimiento mediante la corrupción. Especialmente costosos resultaron sus lazos con la poderosa familia Gupta, a cuyos miembros y asociados permitió ocupar puestos públicos clave.
Los sudafricanos resumieron la subordinación de las instituciones a los Gupta con una frase coloquial: “Captura del Estado”.
“Mientras más asediado se veía Zuma, el partido lo protegía más, hasta que quedó claro que ya no podía hacerlo”, explica Michael Morris. Era un pacto de impunidad que se sostuvo a pesar de que la mayoría de los ciudadanos y también de la militancia del CNA se tornaban contrarios a Zuma y en pro de Ramaphosa.
Con todo, en la conferencia electiva que el partido realizó en diciembre pasado, Zuma perdió la dirigencia por escaso margen.
“Si 90 delegados hubieran cambiado el sentido de su voto, Zuma se mantendría en el cargo, daría su discurso del estado de la nación, seguiríamos en crisis política y continuaría la captura del Estado”, considera Morris.
Nuevo amanecer
El 11 de mayo de 2017, entonces en calidad de vicepresidente y en respuesta a un cuestionamiento de la oposición, Ramaphosa declaró: “Pido perdón porque no usé el lenguaje apropiado, pero nunca tuve la intención de que mataran a los 34 mineros”.
Tardó cinco años –justo cuando preparaba su intento de reemplazar a Zuma en la Presidencia– en disculparse por una serie de correos electrónicos que envió en agosto de 1992 como director de la compañía minera Lonmin a los ministros de Policía y de Recursos Minerales exigiéndoles “acciones concomitantes” contra los trabajadores en huelga de la mina Marikana. Además de esos 34 muertos, la represión dejó 78 heridos.
Parte de la población recibió su petición coreando la consigna “¡sangre en sus manos, Ramaphosa fuera!”.
Eso no es lo único que el nuevo presidente dejó atrás el pasado jueves 15, cuando tomó posesión tras forzar la renuncia de Zuma. Al parecer también ha olvidado que fue beneficiario de la obligación legal de las grandes empresas de incorporar a negros en sus órganos directivos. Así, se convirtió en uno de los magnates negros conocidos como “Fab Four” o “los cuatro fabulosos”.
“Ramaphosa siempre ha creído que la educación, las artes, el vino viejo y los autos deportivos no deberían estar reservados para los blancos ricos”, escribió su biógrafo Anthony Butler. “Como líder sindical, siempre voló en primera clase”.
Sudáfrica tiene niveles de desigualdad como los de México o Brasil y la mayoría de los habitantes –sobre todo los negros– todavía espera salir de la pobreza.
Ramaphosa no ha tenido empacho en liarse en astronómicas disputas de subasta, como una en la que llegó a ofrecer 2.3 millones de dólares por un búfalo con su cría. “Lo lamento porque era un precio excesivo en el mar de la pobreza”, declaró cuando estalló el escándalo.
“Estamos determinados a construir una sociedad definida por la decencia y la integridad; que no tolere el saqueo de los recursos públicos ni el robo por criminales corporativos de los ahorros tan duramente ganados por la gente común”, declaró, como si nada, en su primer discurso como presidente.
Y, en medio de aplausos, prometió un “nuevo amanecer” para Sudáfrica y su pueblo.








