Un aliado incómodo llamado Israel

En los últimos dos años, jets, helicópteros y drones israelíes han realizado más de 100 bombardeos sobre territorio egipcio… con la aprobación del propio gobierno local.

En El Cairo, la administración del general Abdel Fatah al Sisi niega esos hechos y presiona a los medios de comunicación para que callen lo que llama “noticias falsas” y “periodismo no profesional” –como lo hace el presidente estadunidense, Donald Trump, contra la prensa de su país.

Esta dictadura egipcia, instalada con el sangriento golpe militar de 2013, ha sido incapaz de someter a los diversos grupos de oposición, tanto armados como pacíficos.

Además, se corre el riesgo de que estalle el descontento popular si se conoce que el gobierno local permite que su enemigo tradicional, Israel, ingrese con tropas y ataque su territorio, aunque sea para acabar al grupo terrorista Estado Islámico (EI), porque, según la versión oficial egipcia, el ejército israelí fue expulsado con las “victorias” militares del expresidente Anuar el Sadat, en 1973.

En los hechos, Al Sisi recurre a la ayuda del gobierno de Benjamin Netanyahu, quien considera que mantener el régimen y la estabilidad de Egipto es vital para la seguridad israelí.

Esa colaboración binacional entre antiguos enemigos no es singular en la región. En Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos también se esfuerzan por ocultar su sincronía de intereses con Israel, particularmente por la rivalidad que tienen con Irán.

Información revelada por medios estadunidenses, que indica una creciente cooperación diplomática, financiera y militar con Tel Aviv, sugiere que para estos países árabes la polémica alianza es más importante que la lucha contra la ocupación de los territorios palestinos y lo que ellos han llamado la “liberación” de Jerusalén, tercera ciudad más sagrada para los musulmanes.

Preferencia por Ramala

Dotado su país con tecnología bélica nuclear desde los años sesenta, los funcionarios israelíes se acogen a la política oficial de no confirmar ni negar que poseen armas atómicas, refiriéndose al tema con la muletilla: “Según dice la prensa extranjera”.

Lo mismo hacen cuando son cuestionados sobre la cooperación militar con varios de sus vecinos árabes. Las autoridades responden con evasivas o dicen que se trata de una petición de los gobiernos de esas naciones y porque entienden que anunciarla públicamente generaría disturbios e inestabilidad en la región. Así, sobre la mesa son enemigos, pero por debajo de ella, amigos.

La población en Medio Oriente no olvida que el minúsculo Israel les ha ganado cuatro guerras, que en 1948 expulsó de sus casas a 700 mil palestinos y los convirtió en refugiados, que mantienen ocupados ilegalmente territorios palestinos desde 1967 y que, repetidamente, envía tropas contra los fieles que acuden a la mezquita de Al Aqsa, desde la cual –ellos creen– el profeta Mahoma subió al cielo hace mil 400 años.

En Egipto, la mayoría de los diarios denuncian las políticas del Estado de Israel, critican la ocupación de Palestina y protestan por los ataques de los colonos israelíes contra las mezquitas. Durante los disturbios de 2011 –en la Primavera Árabe–, manifestantes atacaron la embajada israelí y superaron el muro de seguridad. A instancias de Barack Obama, una fuerza egipcia de élite tuvo que entrar al rescate de seis diplomáticos que se habían encerrado en un cuarto de pánico.

En el discurso público de los generales y los políticos egipcios no son admitidas las concesiones hacia Israel. En la calle, el pueblo, que ha escuchado siempre la retórica más encendida, no comprendería un cambio de actitud, la cual podría dar pie a una insurrección.

El único espacio de maniobra es no arrojarle más chispas a la paja. El pasado 6 de diciembre, cuando Donald Trump anunció el traslado de la embajada estadunidense de Tel Aviv a Jerusalén, rompiendo un consenso internacional de 50 años y descarrilando el “proceso de paz” iniciado en Oslo, en 1993, todos los países árabes criticaron o condenaron la decisión, incluido el gobierno del general Al Sisi.

No obstante, un mes después (el 7 de enero), el diario The New York Times reveló que Ashraf al Kholi, oficial de inteligencia egipcio, se comunicó directamente con influyentes presentadores de televisión para pedirles que no elevaran el tono de sus comentarios y, por el contrario, persuadieran a sus audiencias de aceptar la determinación de Trump.

En una de las cuatro grabaciones que obtuvo el periódico, Kholi explica que “Egipto, como sus hermanos árabes, está denunciando el asunto, pero que, después de todo, esto se va a volver una realidad. Los palestinos no pueden resistirse y no queremos ir a la guerra; tenemos demasiados problemas”.

Además, abogó por una solución contraria a las líneas marcadas por los palestinos y por siete resoluciones del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, favorable a las exigencias presentadas por Israel. “Deben hacer concesiones, y si conseguimos una en la que Ramala (sede temporal de la autoridad palestina) sea la capital de Palestina, entonces la vamos a apoyar. ¿Qué diferencia hay entre Jerusalén y Ramalá?”, preguntó Kholi.

Guerra contra los ciudadanos

Aunque el Estado Islámico perdió el año pasado casi todo el territorio que había conquistado en Siria y en Irak, sigue activo en esa región y tiene milicias que le han jurado lealtad en otros países.

El Sinaí es uno de esos territorios ocupados, donde el ejército de Al Sisi se ha mostrado incapaz de vencer, pese a que recurre a tácticas brutales contra la población. En el norte de esa península, a 40 kilómetros del pueblo de Bir al Abed, la mayor ciudad es El Arish, cuyo aeropuerto fue atacado por los yihadistas el 19 de diciembre último, con un misil con el que intentaron destruir un jet que transportaba a los ministros de Defensa y del Interior, y que mató a un militar e hirió a dos más.

En respuesta, el gobierno estableció un perímetro de seguridad de cinco kilómetros alrededor de la instalación aérea, lo que significará la demolición de unos 20 kilómetros cuadrados de casas y plantaciones de El Arish.

Como antecedente, Rafah, otra ciudad del Sinaí, fronteriza con Gaza, también fue parcialmente derruida en octubre de 2014 en la lucha contra el EI, lo que dejó sin hogar a 80% de la población. “Los ciudadanos del Sinaí ya no sienten que se trata de una guerra contra el terrorismo, sino contra ellos”, aseguró Jaled Arafat, secretario del opositor partido Al Karama, en declaraciones al portal Al Monitor.

Diferencia bélica

Los drones, helicópteros y jets usados en los ataques sobre territorio egipcio en el Sinaí no tienen marcas que los identifiquen, explican reportajes de los diarios The New York Times y The Washington Post, publicados el sábado 3. Pero siete oficiales de inteligencia de Estados Unidos y de Gran Bretaña revelaron que pertenecen a las Fuerzas de Defensa de Israel.

En Egipto, el gobierno y los medios de comunicación lo negaron tajantemente. En Israel, las autoridades simplemente se quedaron calladas y la prensa comenzó el análisis de la nueva información.

En el diario israelí Haaretz, el periodista Anshel Pfeffer explicó que las autoridades de ambos países le compran los mismos jets F-16 y helicópteros de ataque Apache a Estados Unidos.

Sin embargo, expone que a diferencia de la fuerza aérea egipcia, incapaz de vencer a unos mil rebeldes en el Sinaí, la israelí es superior porque tiene mejores pilotos, tecnología y sistemas de ataque. La solución, agrega el analista, es que, como en las batallas del año pasado en Mosul (Irak) y Raqqa (Siria), intervenga “una fuerza terrestre que expulse al EI”. Una fuerza que debería ser egipcia, pero que “no está equipada ni entrenada para llevar a cabo una lucha asimétrica en un terreno donde muchos pobladores los ven como ocupantes extranjeros”.

Al igual que otros militares egipcios, el general Al Sisi –quien se presenta como candidato presidencial en las elecciones de este mes– justifica su régimen represivo con la promesa de defender al pueblo de los enemigos que acechan al país.