Todo laberinto esconde un monstruo, Guillermo del Toro siempre lo encuentra en sus películas y se pone de su parte. En La forma del agua (The Shape of Water; E.U., 2017), Eliza (Sally Hawkins), que es muda y trabaja como limpiadora en un laboratorio secreto durante los años sesenta, descubre al hombre anfibio traído del Amazonas en un contenedor, lo alimenta con huevos cocidos y hace migas con él, a diferencia de Strickland (Michael Shannon), sádico militar que se complace en torturar a esa extraña criatura a la que planea matar; Eliza ayuda a escapar a su nuevo amigo y lo esconde en la tina de su casa.
El contexto es el de la Guerra Fría, tiempos de paranoia, con científicos obsesionados en fabricar armas secretas, espías soviéticos e intolerancia racial y sexual. Del Toro puebla esa maraña con los mismos estereotipos, y rememora los temas con el ambiente tétrico de las películas de serie B, el estupendo diseño del hombre anfibio (interpretado por el contorsionista Doug Jones) se inspira en el Monstruo de la Laguna Negra (1954); pero la nostalgia cinematográfica de la infancia del director, enemigo visceral del autoritarismo, se ancla firmemente en el presente de la era Trump y sus grotescos ataques a todo lo divergente.
Como en El Mago de Oz, Eliza cuenta con apoyos y amigos, todos discrepantes; una muy franca y articulada empleada negra (Octavia Spencer), un vecino gay (Richard Jenkins) que es artista ilustrador al estilo Norman Rockwell, el pintor del sueño americano, y a estos se suma el científico que se hace cómplice de ellos y recomienda cómo cuidar al monstruo acuático; pero a diferencia de la volátil Dorothy, Eliza, la heroína de este cuento oscuro y húmedo, escurre sexualidad que la asume sin tapujos. En las tramas de Del Toro, la fantasía se instala en la realidad, el mal proviene de los prejuicios sociales, los nazis o fascistas que ejercen el poder como el terrorífico Strickland.
Del Toro explota las posibilidades que el agua le ofrece, las imágenes fluyen de lo concreto a lo simbólico, todo se ve mojado, como sumergido e inundado, los tonos verdes dominan en el diseño de arte, la cámara nada en el líquido; pero si el monstruo acuático impone el tema de su elemento, la mirada de Eliza predomina desde el principio con ese sueño húmedo que se extiende a su vida sexual en la tina. El papel de muda le permite a esta estupenda actriz británica explorar posibilidades de lenguaje no verbal, derramar compasión, y entregar su personaje al amor fusión, sin escrúpulos freudianos.
Por romántica que parezca, Eliza es una Ariadne decidida a no sacrificar el monstruo del laberinto, ella misma va a tratar de rescatarlo; la única forma del agua es la de su continente, aquí es el laberinto, una figura que por dentro parece retorcida pero cuando se ve completa por fuera corresponde a un mandala, a una imagen de integración.
Desde el inicio de su carrera Del Toro se muestra fascinado por el laberinto, especie de mecanismo de relojería (Cronos, 1993) o semilla de la que nace el prodigio; al público sólo le corresponde aceptar la propuesta rebuscada, que muchos comentarios insisten en calificar de tendencia barroca del director, lo demás es dejarse llevar por la historia que fluye con la cámara de Dan Lausten y la buena música compuesta por Alexandre Desplat.








