Cualquiera puede hacer una mala película, pero no cualquiera logra la peor de la historia y además convertirla en película de culto, como ocurre con The Room (El cuarto), mal dirigida por Tommy Wiseau, exhibida en funciones de medianoche, a reventar, en varias partes del planeta, desde 2003.
Ahora un grupo de productores y actores, solapadamente sediciosos, como son Seth Roger, James Franco, o Judd Apataw –quienes sin dejar de ser políticamente correctos se regodean en un humor fuera de las normas de Hollywood en temas como las drogas, la sexualidad o descalabros morales–, decidieron llevar la historia a la pantalla.
Basada en el libro de Greg Sestero, El artista del desastre (The Desaster Artist; E.U., 2017) sigue los pasos de Tommy Wiseau (James Franco), su encuentro con Greg (Dave Franco), el sueño de volverse famosos en Hollywood, la decisión de hacer una película juntos, la escritura del libreto, la filmación, y el oprobioso estreno en un cine de Los Ángeles donde Wiseau pagó para que The Room permaneciera dos semanas en cartelera y así pudiera calificar para los Óscar; la paradoja es que ahora que James Franco, director y actor de la cinta, recibió un Globo de Oro por El artista del desastre, ésta bien podría recibir un Óscar.
El tema recuerda a Ed Wood, otro peor director del cine americano, pero si Tim Burton se sedujo con el aspecto gótico y la mente tortuosa del personaje, James Franco se inclina por el carisma de Wiseau, la mezcla de inocencia y delirio narcisista de este extraño insecto atraído y calcinado por los reflectores de Hollywood; la trayectoria del mismo James Franco, buen actor que hasta ahora había dado tumbos con las películas que se empeñaba en dirigir, sugiere una forma de identificación, o quizá todo un exorcismo del mal dirigir.
El artista del desastre inicia a los neófitos en The Room y complace, en general, a los idólatras que asisten a las funciones disfrazados, arrojan objetos y repiten sus diálogos (Rocky Horror Show del siglo XXI); la copia, paso a paso, de 25 minutos de las escenas del original parecería innecesaria pero funciona, porque Franco capta el desquiciamiento del rodaje, el absurdo de la lógica de Wiseau, y luego reproduce el momento mágico del estreno, el paso del insondable fracaso al éxito logrado por las peores razones.
Cada quien tiene sus frases favoritas del libreto de The Room, el atractivo proviene de la farsa involuntaria, de la desarticulación entre imagen y trama; Franco y sus guionistas extienden la manera de dirigir de Wiseau al comportamiento y a sus comentarios en su vida, a su admiración por Tennesse Williams, el entusiasmo por James Dean, y al sueño de triunfar en Hollywood. Pero el esmero en calcar el esperpento de la persona nunca se presta a burlarse de Wiseau, James Franco mantiene un equilibrio entre la insensatez y la vulnerabilidad; el acierto consistió en componer un personaje oscuro, cargado de prótesis, pero transparente como un niño de cinco años.








