“Viviendo al límite”

Más hábil para embaucar a quien se cruce en su camino que para cometer atracos, Connie (Robert Pattison), criminal de poca monta, intenta rescatar a su hermano menor, Nick (Bennie Safdie), quien cayó en manos de la policía luego de un asalto bancario improvisado.

Durante una larga noche de adrenalina en los bajos fondos neoyorkinos, pócima donde se mezclan persecuciones, golpizas y escapadas, un parque de diversiones desierto, en una botella llena de LSD líquido, los hermanos Safdie, Josh y Bennie, realizadores de Viviendo al límite (Good Time; E.U., 2017), exponen la pesadilla del malestar urbano americano.

“No hay rehabilitación en Estados Unidos –sostiene Josh en una entrevista para el diario británico The Guardian–. La mayoría de la gente en el sistema penal son víctimas.”

El hecho de que Nick sea un chavo con problemas de aprendizaje a quien Connie arrebata de su sesión terapéutica, y a quien le tocan los golpes y el atropello policíaco, ilustra bien esta manera de pensar. No que Good Time deba leerse como cinta de denuncia, pues el regodeo en la violencia y el ritmo alucinógeno de discoteca, de principio a fin, delatan la predilección de los realizadores, su fascinación por la acción y el rechazo a defender una postura moral.

Pero si al espectador le corresponde hacerse cargo del problema ético que alborota Connie en la estela de destrucción que deja a cada paso –ya sea cuando manipula sin escrúpulos a inmigrantes o cuando se hace pasar, junto con Nick por negro enmascarado durante el asalto o explota sentimentalmente a su novia (la magnífica Jennifer Jason Lee, en una breve aparición)–, lo que circula por la médula de la narrativa de los Safdies es la pugna constante con la autoridad, la inseguridad y las relaciones de poder como respuesta.

Esta colección de razas y especies diferentes se une en su odio hacia la policía.

Por eso, la manera de dirigir, con acercamientos, secuencias laberínticas, cortes abruptos –herencia del Cinema Vérité y del realismo callejero de las cintas neoyorkinas de los 70 (Calles peligrosas, Scorsese), en contraste con efectos alucinantes de zapeo en secuencias de segundos–, no es mera retórica: se siente auténtica porque corresponde a la experiencia visceral de esta pareja de hermanos directores, jóvenes formados en el Queens.

A Connie, tipo por momentos repugnante debido a su carencia moral, impulsivo y patético en su torpeza, lo exonera el cariño feral hacia su hermano, su capacidad de vivir en el aquí y ahora; afanado en escapar del estereotipo de vampiro reprimido de la saga que lo hizo famoso, Pattison se entrega a su papel, sin temor a escandalizar; los Safdies le escribieron una infancia terrible (le dejaron la tarea al público de captarla inconscientemente) y lo dirigen como si se tratara de un actor callejero representándose a sí mismo.

La cadena de absurdos del después de ahora en las que se mete Connie derivan, por supuesto, del After Hours de Scorsese (1985), pero ahí donde Duncan era un mero títere de espíritus traviesos, el anti héroe de Good Time protagoniza una odisea.