“El más valiente de los periodistas de México”

El Tigre tiene la camiseta empapada en sudor, pero continúa sacudiéndole tremendos puñetazos a la bolsa colgada del techo del gimnasio. Del gimnasio privado que disfruta dentro de su mansión de San Ángel, un verdadero palacio de tres pisos de altura, diseñado por un famoso arquitecto, pintado de rosa mexicano y rodeado de un parque enriquecido con árboles añosos, donde hay una alberca climatizada y un gracioso estudio que también sirve como cuarto de huéspedes. Tesoros ocultos a la vista de los viandantes por una barda de piedra volcánica de seis metros de altura, que coronan una cerca de alambre de púa y una docena de cámaras de seguridad.

–¡Toma, cabrón! ¡Toma! –repite con odio a cada golpe que le mete al costal, mientras las gotas de sudor le bañan el bigote renegrido, modelo cine mexicano de los cuarenta. Boxeo, gimnasia y tiro al blanco en el stand subterráneo de la mansión, constituyen la rutina matinal del señor director de Interpol México, el célebre primer comandante de la Policía Judicial Federal, Florencio Carranza, bautizado por sus hombres como el “Tigre”, por los periodistas a sueldo como “el azote del narcotráfico” y por los escasos cronistas que se atreven a cuestionarlo como “el más corrupto entre todos los corruptos”.

El más valiente de los periodistas de México, Julio Scherer, aceptó una noche ir a la casa del policía, al que había criticado virulentamente en su semanario Proceso y lo hizo por la curiosidad perpetua que le producían ciertos personajes inquietantes y como una suerte de desafío.

La cena, a la que concurrió Scherer con su esposa Susana y varios policías y políticos con sus respectivas mujeres, no había defraudado las expectativas surrealistas del audaz cronista. Tras escuchar a un trío, una orquesta imitación Glenn Miller y los infaltables mariachis, todos “en vivo”, la “Güerita” Corina Valdez, actriz de varieté y esposa del Tigre, cerró la sección musical de la velada con un corrido, compuesto por ella misma, en honor de su marido. Scherer tuvo que ocultar la risa con la mano desde la primera estrofa: “Ay Florencio, Florencio, Florencio, no hay hombre como tú”.

Al finalizar el corrido, Scherer se acercó al policía para preguntarle con ironía cómo hacía para combinar las demandas de un amor tan totalizador con las impostergables exigencias de su carrera policial.

–Esta pinche puta no vale cinco minutos de mi carrera –fue la inmediata respuesta del Primer Comandante de la Judicial Federal, ante el rostro impasible de la dueña de casa.

En aquel momento, 1985, Carranza estaba en el cenit de esa carrera que lo había hecho célebre en los medios amarillistas, había tenido a su cargo la investigación sobre el caso más resonante de la crónica roja, el secuestro y asesinato del agente de la DEA Enrique Kiki Camarena y el traslado desde Costa Rica a México del capo al que se atribuía el crimen, Rafael Caro Quintero, condenado a cuarenta años de prisión.

Pero él sabía bien que el culpable de las torturas y el asesinato no era Caro Quintero, que había cometido numerosos crímenes en su vida, no el que lo estaba llevando a la cárcel por la presión durísima de la DEA.

Carranza había participado en los tormentos, bajo el comando de hombres de la CIA y con algunas presencias mexicanas que caerían muy alto de sus sitiales si él abría la boca.

Se repetía la historia de los setenta, cuando había reventado a jóvenes guerrilleros de la Liga 23 de Setiembre, cumpliendo (con placer, había que reconocerlo) las órdenes de funcionarios del gobierno mexicano que luego posarían de progresistas.

Algunas noches, cuando sus guaruras le abrían el portón de entrada, había un minuto en suspensión, un momento de enorme debilidad militar, en que gente de Caro Quintero, o del Azul Daniel Esparragoza, se podían vengar “por haberlos metido al bote”. Especialmente el Azul, que también fue “poli” de la Dirección Federal de Seguridad y fue golpeado y humillado junto con su mujer y su hijo por Florencio Carranza. Recién cuando el alto portón se cerraba y los hombres de la guardia lo saludaban con cara de “sin novedad”, el Primer Comandante soltaba la Uzi que había empuñado todo el viaje desde su oficina (…) l

*Fragmento de la novela El hombre que sabía morir (Grijalbo, 2017), del escritor y periodista Miguel Bonasso, quien en esta obra modifica el nombre de Florentino Ventura Gutiérrez, jefe de Interpol-México y comandante de la Policía Judicial Federal en los años ochenta.