Señor director:
La ciudad de Cuernavaca en el estado de Morelos vive desde hace años una desolación y una incertidumbre constante, en momentos, diría, sin retorno en su destino de decadencia. Cuernavaca era hermosa y fue un pueblo tranquilo, que vivía dulcemente su belleza y su esplendor. Su grandeza provenía del pasado, tanto prehispánico como revolucionario. Hernán Cortés conquista la capital del señorío suriano, Cuauhnahuaca, “junto a la arboleda”, que en boca de los extremeños se vuelve Cuernavaca, el 13 de abril de 1521. Y aquí Cortés construye su famoso palacio. Me contaba Gutierre Tibón que fue en Tlaltenango donde se plantaron las primeras cañas de azúcar importadas de la isla Hispaniola, y se establece en Atlacomulco el primer ingenio de México. Todo ello parte del pasado, de un recuerdo perdido y hoy olvidado por los jóvenes, por una sociedad civil a la que “ya nada le importa” recuperar su pasado, su memoria: Y desde luego, también destruida por tanto político corrupto: gobernadores, alcaldes, diputados, funcionarios públicos ineptos, enviciados, que nos han gobernado desde hace años. La culpa es de ambas partes: gobierno y sociedad no han sabido resguardar su propia historia.
Este paraíso de los pocos a costa de muchos se convirtió, a los pocos años, en el infierno de los muchos a costa de los pocos. En ese pasar del tiempo Cuernavaca se transformó en residencia de muchos expatriados. Cambió su carácter temporal y limitado por uno de infinitos núcleos residenciales. Para ricos primero; para clasemedieros, después. Un suburbio del Distrito Federal, lleno de conflictos, carencias, topes, baches, tráfico, corrupción, intolerancia, desgano, poca conciencia y participación social, donde la gente ha perdido el respeto y los valores por el otro, por su pueblo, por sus calles, por denunciar, por sus propias tradiciones. Un centro zapatista al servicio de terratenientes y delincuentes corrientes y comunes. Un hito de Historia trastocado en muy pocos años. La revolución industrial nos pasó por encima. ¿Qué poco queda de ese pasado? Habría que pensarlo bien…Yo diría: no queda nada. Todo se perdió al paso del tiempo. Un horror que tardará años en recuperarse. Bien dicen dos dichos populares: “Si el Señor no edifica la casa, en vano se fatigan los que la construyen…” “Si el Señor no guarda la ciudad, inútilmente se desvela quien la cuida”. Y eso es lo que le pasa a Cuernavaca: ya nadie vela, ni ve por ella. Un ciudad donde la realidad cotidiana supera a la imaginación, a la ficción.
Me gusta ir a Cuernavaca, nací ahí, crecí ahí y aún tengo infinidad de historias que me ligan a mi pasado, a mi presente y, desde luego, a mi futuro. Es una ciudad comprimida en varias que han marcado mi vida. Estoy orgulloso de ser morelense, pero me da vergüenza ver las calles de Cuernavaca llenas de basura, de grafitis, de baches, de calles destruidas por el paso de los años, pero más coraje es ver la corrupción e ineptitud del Ayuntamiento y su burocracia que no hace nada para solucionar estos problemas. En Cuernavaca se vive un clima de desconfianza porque el crimen acecha en todas partes. El crimen es sordo, ciego y necesita un verdadero estado de derecho para detenerlo, para terminar con ese cáncer que lleva años abatiendo a la población, que clama por recuperar la grandeza del pasado enterrado. Decía Antonio Machado que no está escrito ni el ayer ni el mañana, pero sí creo que como sociedad civil debemos escribir nosotros mismos nuestro mañana, que es sólo recuperar nuestros lugares, esos en los que crecimos y que han cambiado drásticamente.
Atentamente
Miguel Ángel Muñoz
Poeta y crítico de arte
Chulavista, Cuernavaca








