Diálogo fotográfico franco-mexicano

LYON, Francia.- La mayor diferencia entre las versiones mexicana y francesa de  la muestra Los Modernos es, sin duda, la gran importancia otorgada en la segunda al «juego de espejos» entre fotografos mexicanos y europeos.

Afamado galerista, fotógrafo, autor de libros de fotografías y de reflexión sobre ese género artístico, Jacques Damez distaba de ser un especialista del arte fotografico mexicano cuando Sylvie Ramond, directora del Museo de Bellas Artes de Lyon (MBAL), lo invitó a participar en Los Modernos como curador asociado de la sección fotografica.

Le encantó ese nuevo desafío y dedicó meses a esa misión «difícil y  estimulante» que le permitió descubrir tanto en Mexico como en Francia y otros países, artistas singulares, y que, por supuesto, le dio la oportunidad de «volver a visitar» las obras de los grandes e imprescindibles «maestros».

Damez plasmó el resultado de sus «investigaciones y exploraciones» en dos muestras complementarias. La primera tiene un carácter histórico y se despliega en dos inmensas salas del MBAL. La segunda, México, Ida y Vuelta,  es más contemporánea y ocupa toda la galería Le Réverbère, que el fotógrafo fundó hace 35 años junto con Catherine Dérioz.

Tina Modotti, Paul Strand, Edward Weston, Manuel Álvarez Bravo y Henri Cartier-Bresson son obviamente las estrellas de la primera sala.

«Son fotógafos a la vez iniciadores e iniciáticos», confía Damez a la corresponsal. La mayoría de las fotos de esa sala fueron tomadas en la década de 1930. Algunas son icónicas. Otras son menos conocidas. Escogí con sumo cuidado los tirajes, casi todos son vintajes, fueron realizados por los autores mismos. Mi criterio de selección, tanto para Los Modernos como para México, Ida y Vuelta fue huir a toda costa de cualquier forma de «mexicanidad» y concentarme sobre  la fuerza de cada escritura fotográfica.»

Después de unos segundos de reflexión, precisa:

«Busqué demostrar que cada una de las fotos que escogí está atravesada  por esa fuerza muy especial que emana de México, por esa especie de onda telúrica única del país. Cada artista se apropria de manera distinta de esa fuerza, de esa onda telúrica, y es así como nace su escritura fotográfica específica.»

La segunda sala dedicada a la fotografia acoge de nuevo a Manuel Álvarez Bravo:

«Es el enlace entre las dos épocas –enfatiza Damez–. Es el eje de todo. Fue el maestro de generaciones de fotógrafos. Es la referencia absoluta.»

Recuerda riéndose:

« Fue quien desvió a Graciela Iturbide del cine y la convenció de dedicarse a la fotografía.»

Al lado de numerosas imágenes de la destacada discípula del «maestro»,  Damez expone, entre otras, obras de Héctor García, Nacho López y  Paco Oritz Monasterio. Deplora que estos «inmensos profesionales» no sean  reconocidos como lo merecen en Francia. Celebra la estética muy específica de García, que   transfigura el fotoperiodismo en obra de autor sin dejar de estar profundamente anclado en la realidad política y social de su país; admira la maestría con la que López, también fotoperiodista, logra «mostrar el rostro escondido de la aceleración del mundo moderno y de su poder de exclusión»; rinde homenaje no sólo al talento de Ortiz Monasterio como fotógrafo, sino a su labor como editor que nutre una profunda reflexión sobre  la fotografia.

«Me interesó ‘entablar’ un diálogo entre Paco Ortiz Monasterio y Denis Roche, poeta, escritor y fotógrafo francés fallecido hace dos años, cuya obra es una interrogación permanente sobre el acto de escribir y el de fotografiar. Roche viajó a Mexico en 1978, y las fotos que seleccioné para Los Modernos y para México, Ida y Vuelta, son características de ese cuestionamiento artístico y filosófico.»

Otro renombrado fotógrafo francés, Michel Plossu, aparece tanto en el Museo de Bellas Artes como en la galería Le Réverbère.

«Plossu tenía veinte años cuando viajó por primera vez a México en 1965 –cuenta Damez–, su meta era filmar comunidades lancandonas en Chiapas. Según él mismo confiesa, ese viaje fue determinante en su decisión de dedicarse a la fotografía. Desde entonces el artista recorre el mundo, pero sigue visitando a menudo México. En 2014/2015 expuso Vámonos, Bernard  Plossu en México, en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Mexico.»

Plossu es uno de los escasos fotógafos seleccionados por Jacques Damez que trabaja tanto el blanco y el negro como el color. Pero utiliza para sus tirajes a color el proceso Fresson, una técnica del siglo XIX que da un colorido ligeramente saturado y un aspecto borroso e irreal a las imágenes.

Destaca la fuerza poética de sus obras en ambas exposiciones. Junto con Ortiz Monasterio, Roche y Plossu, Jacques Damez expone en la galería Le Réverbère trabajos realizados en México por otros ocho fotógrafos: un cubano, Jesse A. Fernández; dos franceses, el muy destacado Marc Riboud, y Françoise Núñez; un canadiense, Serge Clément;  dos belgas, Thomas Chable y Baudoin Lotin, y un mexicano, Oscar Fernando Gómez.

Este último es un personaje muy interesante. Oriundo de Monterrey, y sumamente humilde, sobrevivió como pudo a lo largo de muchos años pero sin jamás dejar de tomar fotografías. Con el curso del tiempo se volvió taxista y fotógrafo de bodas. Él mismo explica en una mini-autobiografía que publica Damez:

«Trabajé así durante mucho tiempo .Aproveché mis viajes como taxista para hacer una serie de imágenes tomadas por la ventana de mi taxi. Les saqué fotos sobre todo a los lugares más desfavorecidos de Nuevo Leon, donde viví cuando niño. Era como hacer mi autoretrato.»

Es esa serie de fotos en color tomadas desde la ventana delantera derecha de su coche la que se expone. Ellas son, de lejos, las más fuertes de toda la muestra.

Tambien resultan inolvidables las tomas borrosas de Chable y una vista nocturna del pueblo de Tepoztlán bajo la lluvia, de Françoise Núñez.

Escribe Jacques Damez en un largo ensayo sobre los fotógrafos que seleccionó para las dos muestras:

«Todos estos fotógrafos tienen a México en la mira. Lo observan con sus conocimientos, sus historias, sus tiempos y enfrentanh un país que no se deja tomar. No van a ‘tomar’ fotos, como se dice comunmente. No buscan ‘la’ o ‘una’ realidad de México, sino su presencia. Y para encontrarla cada uno recurre a su arsenal personal, a sus percepciones, a la alternancia de estallidos de claravidencia. Cada uno busca en la oscuridad, en lo irresuelto de ese espacio que la fotografia fija sobre la veladura del negativo. Cada uno actúa con su  energía, sus compromisos, su técnica. Haber juntado a estos fotógrafos demuestra una vez más que el acto fotográfico no busca ver un sujeto sino que revela a quien lo realiza.»