La pubertad es de por sí pesada; y entrar, además, a esa etapa con madre moribunda y enfrentarse de repente a un padre tímido e inexpresivo que le acaban de presentar, se siente como el colmo de los males.
A sus 11 años, Alba (Macarena Arias), de frágil textura y ojos tristes, parece resignarse a no ser normal, aunque en la escuela quisiera integrarse; pero sufre el asedio y las bromas por parte de las chicas seguras de sí mismas, que hablan como adultos de besos y encuentros amorosos. A ella la nariz le sangra cuando se haya ansiosa, y la primera menstruación ocurre en una alberca, rodeada de señoras un tanto grotescas.
Alba (Ecuador-Grecia-México, 2016) es el primer largometraje de la ecuatoriana Ana Cristina Barragán, que sorprende con esta historia plena de matices y emociones profundas narrada sin sentimentalismo. La introvertida chica se ve por fuera como parte y resultado de una serie de contrastes, como la relación entre padres divorciados, de clases sociales diferentes, escuela de niñas de familia acomodada donde ella no se acomoda –y peor cuando tiene que mudarse a la casa oscura, asfixiante, con un padre desaliñado que le provoca vergüenza.
El mundo interior de Alba es misterioso, espléndido a su manera. Entre niña, donde muy pequeños animales, como los insectos, son su compañía, y entre mujer madura que cuida a la madre en etapa terminal y entiende que la vida es así.
El proceso de muerte de la madre es de por sí doloroso, peor si el camino hacia la adolescencia depende de la convivencia con un padre que no sabe cómo serlo, torpe para cocinarle o escoger una película; aunque el punto de vista de Alba predomina, la realizadora se esfuerza por mostrar la perspectiva del padre, reto enorme con un personaje inexpresivo que cuando mucho cierra los ojos cuando se siente agobiado, un tipo que alguna vez encapsuló para siempre su depresión, que quedó atrapado en una vida de burócrata, y que ahora hace lo posible por acercarse a una hija a la que no había visto por años.
Alba es el drama de dos desadaptados que tienen en común su timidez, donde las palabras faltan y los silencios abundan. La realizadora tiene claro que el cine es un medio más sensorial que intelectual y prefiere recurrir a sensaciones para grabar en su público emociones profundas, acercamientos a una mariposa, a las manos de Alba que acaricia a su madre, o a las manos del padre de quien la chica se sorprende cuando descubre en una fotografía que algún día fue guapo.
Alba es un personaje bello, compuesto de un tejido de fibras de puros antagonismos, quizás irreconciliables, clases sociales, temperamentos opuestos. La muerte y la parálisis la rodean, mientras la vida brota en ella, y la niña lo entiende muy en el fondo, sabe que le corresponde florecer, pero no sabe hasta dónde podrá lograrlo.
Y todas las sensaciones y detalles que Ana Cristina Barragán construye de manera mejor o peor quedan integradas en un sistema de luz, sensación primordial en el cine, donde el sol representa plenitud y la oscuridad opresión y claustrofobia.








