Edipo, una tragedia de carácter

Hace cinco años, el doctor Elisur Arteaga Nava publicó un insólito libro titulado Edipo, una víctima del destino, donde dibuja al personaje inmerso en sus tribulaciones. Ahora, Ediciones Proceso pone en circulación un segundo volumen, Tragedia y poder: Crónica de Edipo, donde el autor redimensiona la emblemática figura del héroe trágico en 24 capítulos, como en los viejos poemas épicos. Arteaga Nava escribe no una tragedia de situación, como la de Sófocles, sino de carácter, en la cual conjuga las cavilaciones de Edipo –encaminadas a descubrir sus orígenes y a desen­trañar el poder que lo envuelve– con las veleidades de los personajes que lo rodean. A continuación, el postfacio aclaratorio.

Esta Crónica se redactó en función de lugares; no de días y meses del año, como es usual. Uno era el calendario de Tebas, otro el de Corinto y uno más el de Atenas. En el texto original, para apegarse a los usos griegos, cuando se aludía a los tiempos, se hacía referencia a la subida de las Pléyades, cuando comienza a soplar el Noto y otras formas de marcar el tiempo. De haberse seguido con ese sistema, se imponía incorporar un aparato de notas, extremo que no es propio de una obra de la naturaleza de la presente.

El relato está elaborado con base en la versión, arcaica, por cierto, que aparece en las obras atribuidas a Homero, la Ilíada y la Odisea, en las de Hesíodo, Los trabajos y los días y los fragmentos de la obra La Edipodia, hoy perdida. Se complementa con información que aportan Heródoto, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Píndaro, Pausanias, Apolodoro, Higinio, Paléfato, Luciano, Estrabón, Séneca y otros, siempre y cuando su dicho se ajuste a la trama más antigua. Se pasan por alto algunos elementos que los trágicos aportaron con fines dramáticos y por virtud de los cuales alteraron la trama original.

La arqueología de Tebas indica que, cuando menos la zaga de los Siete contra Tebas y de los Epígonos, tienen cierto sustento histórico.

En los textos más antiguos, respecto a la trama de Edipo y su familia, aparece lo siguiente:

Euríalo fue el único que se levantó, mortal igual a un dios,/ hijo de Macisteo, el soberano Talayónida,/ que una vez había ido a Tebas después de la caída de Edipo; para los funerales y allí fue venciendo a todos los cadmeidas.

El otro, también atribuido a Homero, dice:

Vino luego la madre de Edipo, la bella Epicasta,/ que una gran impiedad cometió sin saberlo ella misma,/ pues casó con Edipo, su hijo. Tomóla él de esposa/ tras haber dado muerte a su padre y los dioses lo hicieron/ a las gentes saber. Él en Tebas, rigiendo a los cadmios,/ en dolores penó por infaustos designios divinos/ y ella fuese a las casas de Hades de sólidos cierres,/ que, rendida de angustia, se ahorcó suspendiendo una cuerda/ de la más alta viga. Al morir le dejó nuevos duelos, cuantos suelen traer a los hombres las furias maternas. 

Existe otro texto antiguo, el escolio T a Homero XXIII, 679, que comenta el pasaje de la Ilíada, citado anteriormente, que dice lo siguiente:

El cual en otro tiempo a Tebas fue cuando cayó Edipo. (El signo>) porque dice que murió en Tebas siendo rey, no como los autores más recientes. También Hesíodo dice que cuando el mismo murió en Tebas, Argea, la hija de Adrasto, vino con otros al duelo de Edipo.

En relación con la ceguera de Edipo, corren diferentes versiones: la primera, que no hubo tal, eso es lo que se desprende de la Ilíada; la segunda, la más conocida y que popularizó Sófocles, que el mismo Edipo se cegó. La última, que sostiene que quienes lo privaron de la vista fueron sus hijos. A esa versión corresponde el grabado que aparece en la urna de Volterra, que ilustra la portada de esta Crónica. En los tiempos históricos existe un número crecido de reyes griegos que, al ser depuestos, fueron cegados en previsión de problemas, en especial para evitar que pretendieran recuperar el trono. Esa fue la práctica común en Bizancio. Ese parece ser el trasfondo de la versión que presenta Sófocles.

De lo transcrito se desprenden datos en el sentido de que Edipo siguió reinando en Tebas, por lo que es de entenderse que conservó la vista. De otra forma no se entiende que haya muerto peleando contra los minias.

No obstante lo anterior, Pisandro (fragmento 10 Jacoby), siguiendo, al parecer, a la Edipodia, en su epítome, aporta dos elementos: el de la ceguera de Edipo, tal como lo refiere Sófocles, y el del matrimonio de Edipo con Eurígania, con posterioridad a la muerte de Yocasta.

De Heródoto, Pausanias y Píndaro se desprende el éxodo de los hijos de Edipo. Los descendientes de Polinices se asentaron originalmente en Esparta, dando origen a los égidas, una de las familias reinantes del lugar; de él descendía el legendario legislador espartano Licurgo. Una rama de los descendientes de Polinices salió con rumbo a la isla Caliste, la Hermosa, posteriormente Tera, hoy Santorini; de ahí pasaron a Rodas, Libia y, finalmente, se asentaron en Acragante, hoy Agrigento. Terón, el tirano, pasaba por ser descendiente de Edipo; así lo reconoce Píndaro. Fue considerado un hombre culto y mecenas de los intelectuales de su tiempo. Fue patrocinador de Píndaro y Simónides.

En ese contexto parte esta Crónica. Para su elaboración se tomaron los datos que aparecen en mi Edipo, una víctima del destino. 

El lector puede tener la seguridad de que los datos, costumbres, refranes y dichos que aparecen o se mencionan a lo largo de la Crónica, eran usuales en la antigüedad. Tebas, al igual que Creta, fueron famosas por la homosexualidad de sus hombres. Epaminondas formó el ejército invencible que derrotó a Esparta, con parejas de jóvenes. La homosexualidad de Layo y Edipo está atestiguada por algunos fragmentos de literatura antigua. De la misma forma, hay autores que sostienen que Teseo acabó con Creonte por la impiedad de no permitir que se diera sepultura al cadáver de Polinices; y que el mismo Teseo se llevó las primicias de Helena al raptarla, por lo que ella, como dice Praxila, era una señorita de arriba, pero no de abajo, cuando se presentaron a Esparta los pretendientes a solicitar su mano a Tindareo, su padre putativo. La forma en que murieron Antígona e Ismene no se tomó de las tragedias de Shakespeare; en todo caso ese autor se inspiró en la narrativa griega. Lo relativo al bestialismo fue un fenómeno común en el mundo griego.

Se afirma que el Oráculo de Delfos era sobornable. No es una afirmación gratuita. Existen referencias de que lo fue en muchas ocasiones.

Alguien dirá que es un anacronismo mencionar armaduras de hierro en la edad de bronce griega. Homero hace alusión a ese metal cuando menos en dos ocasiones. Lisias lo hace en su Discurso fúnebre en honor de los aliados corintios. Este autor y otros aportan el dato de que Teseo dio muerte a Creonte, en razón de que había violado el principio sagrado de hacer honras fúnebres a Polinices.

También se dirá que es un anacronismo atribuir a Edipo ser incrédulo o que muestre cierta irreverencia respecto de los Dioses, así, con mayúsculas. No es ninguna novedad, existen testimonios muy antiguos que muestran algún desdén respecto de ellos. Al respecto se deben recordar los dichos de Áyax Oileo de Locres y los hechos de Áyax, hijo de Telamón, rey de Salamina.

En esta Crónica también se afirma que Edipo era gotoso, rubio, con un lunar en la espalda en forma de lanza, que había sido expuesto en una olla y en invierno; se hace así por cuanto a que así lo asientan Aristófanes, Luciano y otros autores de la antigüedad.

Se prescinde del uso del término tiranía, por ser desconocido en los tiempos heroicos anteriores a la guerra de Troya; en cambio se usa los vocablos éketo, como sinónimo de compañero, virrey o vicegobernador, o de wánax, antiguo término para designar a un rey y que aparecen en las tablillas lineal B micénicas.

Los principios relativos a la naturaleza y ejercicio del Poder se extrajeron de Tucídides, Eurípides, Platón, Aristóteles, Polibio, Plutarco y otros. Respecto de suicidios por ahorcamiento, Tebas fue famosa. Lo de exhibir desnudos los cadáveres de las suicidas y lo de los columpios como soluciones fue real. También lo fue lo de los “consoladores” milesios. Aristófanes y otros autores aluden a ellos.

Quienes visiten actualmente el monte Citerón dirán que está lejos de ser lo terrible que se afirmaba que era en la Grecia heroica. Tienen razón, pero se debe tomar en cuenta que fue deforestado reiteradamente; se han construido carreteras que llevan a la cima y que está rodeado de poblados como Villa, puerto Germeno, Platea y otros. Difícilmente alguien puede afirmar haber visto lobos guareciéndose en él.

Lo de las esfinges es un motivo, al parecer de origen egipcio, que tomó cartas de adopción en Grecia. Es un tema recurrente en piezas encontradas en diferentes partes de Grecia y de la Magna Grecia. En Tebas aparecen en un marfil que se exhibe en el Museo Arqueológico. En el manuscrito se distingue entre Esfinge, como nombre de una de las mujeres de Cadmo, de la raza de las Amazonas, tal como lo sostiene Paléfato; y esfinges, seres fabulosos.

Sófocles ubica la muerte de Edipo en Atenas. Eso no va con lo que sostienen los autores más antiguos. Pausanias, si bien reconoce que sus huesos reposaban en Atenas, también informa que habían sido llevados ahí de Tebas.

La afirmación de que Yocasta tenía conciencia de que vivía una relación incestuosa, no es gratuita. Sabía, por el oráculo, que se iba a casar con un hijo que tuviera de Layo; que ella era mayor que Edipo; que éste era muy parecido a Layo, sólo que más joven; que habiendo tenido un hijo, existía la posibilidad de que hubiera sobrevivido; otro elemento, Edipo en la espalda o en alguna parte del cuerpo tenía el signo que era propio de los descendientes de Cadmo y que, por lo mismo, no era extranjero. El último elemento: por el epítome atribuido a Pisandro, se sabe que Edipo llevó a Yocasta a la encrucijada en que había asesinado a Layo y ahí le mostró el cinturón que le había arrebatado al cadáver.

Fue la lascivia y la ambición la que la orilló a caer en incesto. Sabiendo todo lo anterior, no queda más que aceptar que Yocasta sostuvo, a sabiendas, una relación prohibida.

Edipo, por su parte, si bien de buena fe, huyó de su natal Corinto para no incurrir en incesto, no es totalmente inocente. Sabía, por el dicho de sus amigos, que era expósito; por el oráculo, que se casaría con su madre, y por el físico, que Yocasta era mayor que él en edad. Si en verdad temió ver realizado lo predicho, no debió haberse casado, y para el caso de tener que hacerlo, debió casarse con una doncella, a todas luces más joven que él.

Se dirá que a él lo hundió su ambición y que, por ello, pasó por alto esos detalles. Este punto de vista no es del todo claro, puesto que sabía que heredaría el trono de Corinto; aunque ciertamente, para serlo, había el obstáculo de que era un expósito y de que ello era notorio.

Algunos autores de la antigüedad afirman que Tiresias murió junto a la fuente Tilfusa, después de haber bebido agua fría; que su hija Manto se estableció en Asia Menor y que uno de los hijos que ella tuvo de Apolo fue Mopso, el más grande vidente de la época heroica.

En forma complementaria al texto que aparece en la Crónica, se agregan comentarios en forma de escolios; éstos, a decir de las autoridades en la materia:

Se trata, en definitiva, de una derivación de la monodia simposiaca, pero consistente ahora en pequeños poemitas en ático que eran recitados, no cantados, continuando un comensal la recitación de otro por un orden en “zig-zag”, que es lo que significa la palabra. Un escolio era contestado por otro que resultara oportuno… o bien un comensal comenzaba un escolio y era continuado por otro.

Según se desprende de las obras de algunos escritores de la antigüedad, en un número considerable de ciudades-Estado de la Grecia de la edad heroica, contaban con una organización política, en la que la sucesión de la soberanía se alcanzaba a través de una forma de matriarcado. Se convertía en gobernante quien se casaba con la viuda del soberano muerto o con una de sus hijas. Esta circunstancia está reflejada en la Crónica como circunstancia particular de Tebas.

En fin, lo que se refiere y afirma en esta Crónica no es del todo descabellado y sin fundamento.

La mayor parte de los proverbios, refranes y dichos que en el texto aparecen en cursiva fueron tomados de la obra Proverbios griegos. Menandro, sentencias. Otros, que son los menos, de las tragedias griegas y de los autores latinos.

En la redacción de la obra se procuró imitar el estilo de los autores de la antigüedad; si bien ello no corresponde a la manera moderna de escribir, hacerlo le dio un matiz arcaico, como debe corresponder, dada su naturaleza. Lisias, Esquines y Gorgias, por qué no reconocerlo, tienen cierta responsabilidad.

Revisaron el manuscrito original de esta obra, una y otra vez, don Ezequiel Albarrán López, Adriana Florencia Arteaga Guevara y José M. Arteaga Calderón. Hicieron observaciones valiosas; por su intervención se eliminaron muchos errores y deficiencias. Gerardo Laveaga, sin dejar de ser el joven crítico que conocí hace 30 años, hizo observaciones respecto del fondo de la obra y de la colocación del material. Sus críticas fueron atendidas, sus sugerencias incorporadas y los elogios ignorados. A todos ellos muchas gracias.